Aniversario Dedicación Catedral - IGLESIACR

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Aniversario Dedicación Catedral

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Aniversario dedicación Catedral


El Cuerpo de Cristo: verdadero Templo para el encuentro con Dios
En la escucha de la Palabra de Dios, la Iglesia encuentra de forma permanente el camino que le permite descubrir el paso de Dios en ella; y un momento como éste, en que celebramos la Santísima Eucaristía con motivo del aniversario de la dedicación de la iglesia Catedral y del altar, no puede ser interpretado adecuadamente, sino, como el paso de Dios que salva.
En la conciencia más antigua del pueblo de Israel, está anclada la firme convicción de que Dios es infinitamente más grande, que toda realidad creada. Es por ello, que para Israel, resulta fuera de toda lógica la pretensión de edificar un templo que pueda encerrar la presencia de Dios. Salomón, en el testimonio del libro de los Reyes, convierte esta conciencia en plegaria:
« ¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡Cuánto menos en este templo que he construido!» (1Re 8,27)
La Escritura se aleja de las concepciones paganas, que hacían de sus dioses, objetos que podían manejar a su arbitrio, y que por ello les permitían circunscribirlos a los muros de un templo.
Para Israel, Dios trasciende todo límite humano, pero al mismo tiempo, es un Dios que se ha hecho cercano a su pueblo, salvándolo de la esclavitud de Egipto y caminando junto a él a lo largo del desierto.
De allí, que el Antiguo Testamento nos hable de cómo, por indicación del mismo Dios, Moisés en el desierto construye una "tienda" (cfr. Ex 25,8), destinada a resguardar las tablas de la ley, y que a lo largo del camino, sería el signo de la presencia protectora de Dios, peregrinando junto a su pueblo. La Tienda será
"lugar del encuentro", de un Dios cuya gloria desciende oculta en la nube, y del pueblo que peregrina en medio de esperanzas y cansancios, anhelos y tentaciones.
Visualizamos así, cómo para la fe del Antiguo Testamento, el Santuario, al igual que más tarde el templo de Jerusalén, no son expresión de ningún dominio del ser humano sobre Dios; sino fundamentalmente, "lugar" en el que se significa el "encuentro" entre Dios y la humanidad, encuentro siempre portador de la salvación divina.
La sabiduría que el rey Salomón había pedido a Dios para gobernar a su pueblo, se materializa en todos los detalles que entretejen la construcción del gran Templo de Jerusalén y que confluyen en la celebración de su "dedicación": todo expresa aquí la sabiduría que actúa, y en la que se funden, la que es propia del gobernante, con la de todos aquellos artesanos que con su trabajo han edificado esta obra, y que será confirmada por Dios en el signo de la nube que desciende (cfr. 1Re 8,10).
Las palabras del rey, son expresión de la conciencia, de que en aquel "lugar santo", por la «plegaria», se renovará de forma permanente el «encuentro» entre Dios y su pueblo.
El Nuevo Testamento nos revela un horizonte a un mayor. Por el Misterio de la Encarnación, en el vientre virginal de María, la Hija de Sión, Jesucristo se convertirá en el lugar pleno, en el que acontece el encuentro de Dios con el hombre. En su "Cuerpo", la eternidad y el tiempo se unen sin distancias ni confusión; "Dios se ha hecho hombre, para que el hombre, se haga semejante a Dios", enseñan reiteradamente los Padres de la Iglesia.
En su Hijo encarnado, Dios ha venido al encuentro de la humanidad, y la humanidad, ha encontrado el camino para llegar hasta el corazón de Dios. Es por ello, que dejando atrás toda posible absolutización del templo como el lugar en que acontecía el "encuentro" entre Dios y su pueblo, nos hallamos con la afirmación de Jesús mismo, que indica que su "Cuerpo" es el verdadero templo (cfr. Jn 2,21) en el que la humanidad vive la experiencia de encontrarse con su Padre (cfr. Jn 14,9).
Esta afirmación fundamental de nuestra fe, se proyecta como luz que ilumina de esperanza el caminar del pueblo creyente. La presencia permanente y cercana de Jesucristo en su diario caminar, es una realidad desde la cual se revela el sentido más profundo de sus alegrías y tristezas, de sus anhelos y trabajos, de su búsqueda permanente. En ella de forma plena,
"se esclarece el misterio del hombre" (GS 22), el sentido de su presente y de su futuro. «No vi templo alguno en la ciudad —afirma en este sentido el vidente del Apocalipsis— porque el Señor Dios, el Dueño del universo es su Templo, lo mismo que el Cordero» (Ap 21, 22).
La fuerza de estas afirmaciones nos ayudan a comprender cómo, en la perspectiva de Jesús, el culto que a Dios agrada, no es el simple hecho de encontrarse en un "lugar", en "un espacio físico determinado"; sino que el verdadero culto, el que se ofrece
"en espíritu y verdad" , es aquel que se vive como experiencia de encuentro con Él.
En esta perspectiva se entiende la afirmación del documento de Aparecida en la que citando al Papa Emérito Benedicto XVI señala que:
"no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva".
El templo en cuanto edificación material, trasciende su sentido, y se convierte en signo de Jesucristo mismo, en quien se realiza el encuentro definitivo entre Dios y la Asamblea creyente, y a partir de quien, la comunidad eclesial se sabe
«linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para  anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable»  (1 Pe 2,9).

Debe fortalecerse nuestro caminar pastoral.
En consecuencia, si afirmamos que la experiencia de encuentro del hombre con Dios, acontece en Jesucristo vivo, en su Cuerpo; debemos entender que consecuentemente, hablamos de una experiencia de carácter sacramental y eclesial.
San Pablo señala a la comunidad creyente:
"sois edificio de Dios", y dejando claro que el cimiento de esta edificación es el mismo Jesucristo, subraya que por la acción del Espíritu, la comunidad eclesial es constituida "templo de Dios".
Se evidencia así, la íntima y misteriosa relación entre Jesucristo y su Iglesia. El encuentro del hombre con Dios acontece en Él y en la realidad de su "Cuerpo" que es la Iglesia. El Cuerpo de Cristo, es el Templo de Dios, y ese Templo en su dimensión eclesial, somos nosotros.
Es por ello, que una dimensión constitutiva de nuestra fe, es su carácter comunitario, y este se vuelve acontecimiento en la experiencia del "encuentro". De allí la preocupación en nuestro caminar  pastoral en señalar que muchas veces no hemos llegado a captar
"las dimensiones más profundas de nuestra fe trinitaria".
El proyecto de Aparecida, que orienta nuestro actual proceso pastoral, nos hace constatar  
"el debilitamiento de los vínculos comunitarios" (DA 44) que como expresión del individualismo, viene a ser uno de los rasgos que expresa el cambio cultural que vivimos. La realidad cultural actual  habla de un replegamiento del individuo sobre sí mismo, "que conduce a la indiferencia por el otro, a quien no necesita ni del que tampoco se siente responsable" (DA 46).
Este rasgo marca todos los campos de la vida del ser humano: la economía, la política, su relación con la naturaleza, etc. Se trata de una clave de construcción del entramado social, que estimula un estilo de vida insolidario, sin referencia al "Otro", ni a los otros (Cf. DA 44. 358; DI 3), y que genera, la construcción consecuente de un modelo de sociedad "excluyente" (Cf. DA 54. 62. 65)
Aparecida nos propone redescubrir como horizonte de nuestra vida de creyentes, la dimensión comunitaria de la experiencia de fe, identificando las raíces más profundas de la vida de la Iglesia; y desde este reto,
"repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia —la misión de la Iglesia— en las nuevas circunstancias…" (DA 10), que configuran la realidad de nuestra región.
Debemos  por lo tanto, en el camino pastoral por el que transitamos,
«ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas…» reafirmar nuestra identidad como Iglesia, y comprometernos en gestar nuevos espacios comunitarios que humanicen la vida y desde los cuales, podamos lanzarnos a asumir los retos que nos impone el fortalecimiento de la institución familiar, la promoción de nuestros jóvenes, la defensa de la vida en todas sus expresiones, y la globalización de una solidaridad tal, que sea capaz de gestar una nueva realidad, sin exclusiones, sin violencia, y por lo tanto, donde todos "tengan vida y vida en abundancia" (Cfr. Jn 10,10).
Hoy queremos afirmar como iglesia arquidiocesana
«que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella "nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión". Esto significa que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa». (DA 156). Dios no ha querido salvarnos individualmente, sino, como pueblo.

La Catedral: su significado sacramental

El que conmemoremos hoy la Dedicación de esta Catedral y de su altar busca expresar el anhelo de una Iglesia que lucha por asumir compromisos concretos frente a los retos que le impone el nuevo milenio y las circunstancias cambiantes de nuestro tiempo; de una Iglesia que quiere ser en medio de la sociedad sacramento de la comunión y de la caridad querida por Dios. Por ello, hemos de vivir esta Santa Eucaristía como compromiso de comunión, y deseo sincero de llevar a muchos el anuncio de la Salvación.
Al participar dentro de poco del Sagrado Banquete, asumamos los compromisos de fraternidad y comunión que en el mismo se significa.


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