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CELEBRACIÓN EN HONOR A SAN JOSÉ OBRERO

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CELEBRACIÓN EN HONOR A SAN JOSÉ OBRERO
Mons. José Rafael Quirós Quirós
Arzobispo de San José
 
 
Excelentísimo Señor don Luis Guillermo Solís Rivera, Presidente de la República; Pbro. Guido Villalta Loaiza, Vicario General de la Arquidiócesis; Pbro. Marco Tulio Molina, Vicario de Pastoral Social; sacerdotes concelebrantes;  Dra. Sandra García Pérez, Alcaldesa de San José;  Lic. Víctor Morales Mora, Ministro de Trabajo y Seguridad Social;  MSc. Marco Tulio Fallas Díaz, Viceministro de Educación Pública; señoras y señores dirigentes de las organizaciones de trabajadores, señores empresarios y empresarias, miembros de las pastorales sociales parroquiales, trabajadoras  y trabajadores todos, hermanas y hermanos aquí presentes y quienes se unen a nosotros por la transmisión de Radio Fides.
Al celebrar hoy la Fiesta de San José Obrero, nuestra Iglesia Arquidiocesana se regocija al saludar a todas y todos los trabajadores de nuestro país, que a ejemplo de san José, procuran el pan de cada día para sus familias. Pan, fruto del trabajo y del esfuerzo humano.
Destaco en primer lugar que el papa León XIII recomendó a todos los obreros  la veneración de san José como patrono.  Y fue el papa Pío XII quien instituyó el primero de mayo, como fiesta litúrgica de “San José Obrero”. Con firmeza, expresaba el Papa: “El humilde obrero de Nazaret no sólo encarna, delante de Dios y de la Iglesia, la dignidad del obrero manual, sino que es también el pródigo guardián de ustedes y sus familias.” (Cfr.  A.C.L. I).
Hoy venimos a alabar, bendecir y proclamar la gloria de Dios en la memoria de san José. Porque él es el hombre justo, esposo de la Virgen Madre de Dios, quien con su trabajo, rectitud de vida y fidelidad al plan de Dios, cumplió la misión encomendada al frente de la Sagrada Familia de Nazareth. Desde su trabajo de humilde carpintero, San José nos ayuda a concebir el trabajo  como una bendición de Dios, que llama a toda persona a sentirse colaboradora en la obra de la creación y servidora en la transformación del mundo como espacio donde debe reinar la fraternidad y la justicia.
Son iluminadoras las palabras de San Ambrosio, cuando afirma: “Cada trabajador es la mano de Cristo que continúa creando y haciendo el bien.” (Cfr. CDSI, 265)
En el mismo sentido San Juan Pablo II, al inicio de su Encíclica “Sobre el trabajo humano”, manifiesta: “Con su trabajo el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos”. (Cfr. L.E 1).
En esta ocasión valoramos no solo el trabajo, sino en particular la persona del trabajador y la trabajadora, que a semejanza de san José, responden a una vocación universal de transformar el mundo con su labor cotidiana. No podemos olvidar que la persona es la medida de la dignidad del trabajo: « En efecto, no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona. » (Cfr. Juan Pablo II, L.E, 6).
Ustedes trabajadores y trabajadoras de todos los campos del saber y quehacer humano, gozan de una misma dignidad y le dan un valor ético al trabajo. Por eso, esta fecha del 1° de mayo, es importante no solo para la Iglesia, sino  para el  mundo entero.
Por lo que considero oportuno echar una mirada al escenario nacional, para señalar algunas de las situaciones sociales que afectan principalmente a los trabajadores costarricenses.  Entre ellos el  índice de desempleo que alcanza el 9,7 %, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INEC) para el último cuatrimestre del 2014, es decir, 220.175 desempleados, afectando más a las mujeres, en un 11.8% de la población ocupada. A lo anterior hay que sumar el incremento del subempleo.
La falta de empleo golpea a la persona, a  su familia y a la sociedad misma, por cuanto  se incrementa la pobreza,  el binomio desempleo y pobreza van de la mano y se afectan mutuamente. A lo anterior hay que sumar el hecho que  la pobreza lleva muchas veces a la deserción escolar y que, unida a la exclusión educativa, aumenta la posibilidad de engrosar el índice de desempleo y pobreza. De esta manera, el resultado es el  lamentable trinomio: baja escolaridad, pobreza y desempleo.  Esas variables están determinadas por las políticas públicas y las fuerzas de la economía nacional e internacional.
Dar respuesta a la urgencia del desempleo es una tarea que nos involucra a todos, sin distingos de banderas ideológicas, credos religiosos o posición social; así el empresario, el sindicalista, el servidor público, quien trabaja en el sector privado, el solidarista, el trabajador independiente o el cooperativista, todos estamos llamados a construir una sociedad que responda a los desafíos presentes, pero con visión de futuro, teniendo como fundamento los valores más nobles, patrióticos y humanos, que expresen un amor auténtico a la Patria.
Las causas del desempleo y el subempleo son de índole estructural, por lo que requieren de un esfuerzo patriótico y ético de todos los sectores del país.
Apreciamos los esfuerzos de aquellos empresarios y empresarias que hacen lo posible por sostener las fuentes de trabajo, pese a los altibajos en el crecimiento económico, y no pensando solamente en la maximización de las utilidades, sino, también, en el bienestar del país y de los y las trabajadoras, garantizando los derechos laborales de estos y la buena calidad de su empleo. 
Es necesario también,  poner cuidado  a la situación  de la mujer jefa de hogar, la mujer migrante, la trabajadora doméstica, las que habitan en las zonas de menor desarrollo social,  las que integran la población más vulnerable de nuestra sociedad. 
El pasado 8 de marzo, día internacional de la mujer, el papa Francisco, en el rezo del Ángelus, dijo: “Un mundo donde las mujeres son marginadas es un mundo estéril, porque las mujeres no sólo traen la vida sino que nos transmiten la capacidad de ver más allá (…), nos transmiten la capacidad de entender el mundo con ojos diversos, sentir las cosas con corazón más creativo, más paciente, más tierno”.
No se puede marginar el tema de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en aquello que mira a la justa remuneración. Al respecto, en la pasada audiencia general del miércoles 29 de abril el Papa subrayó: "¿Por qué se da por sentado que las mujeres deben ganar menos que los hombres? ¡No! Tienen los mismos derechos. La discrepancia es un escándalo puro".
Es constatable que la sociedad costarricense ha venido viviendo un proceso de transformaciones, que han incidido en nuestra manera de vivir y relacionarnos. En dicho proceso hemos perdido y ganado a la vez.
¿Qué hemos perdido?  En cierta medida la capacidad de colocar el bien común por encima del bien particular. Entendiendo por bien común el conjunto de condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que  permiten a las personas alcanzar su plena realización y la construcción de una sociedad realmente solidaria.
También hemos perdido la comprensión amplia de la solidaridad, pues muchas veces somos solidarios únicamente cuando hay una emergencia de cualquier tipo y hemos dejado de lado lo que san Juan Pablo II nos enseñaba, al decir que la solidaridad no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Cfr. SRS 39).
La insolidaridad ha llevado a la búsqueda de los intereses particulares, antes que el bien común. Qué importante es tener presente la enseñanza del apóstol san Pablo: “Nadie busque su propio bien, sino el del prójimo” (Cfr.1 Co 10, 24). Desde el Magisterio de la Iglesia, la propuesta es clara,  “El objetivo de la paz, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor”. (Juan Pablo II, SRS, 39)
Atendamos al llamado que nos hace constantemente el Papa Francisco, globalicemos en nuestro país la solidaridad.
Por tanto, en orden a esta globalización, ¿estamos dispuestos a renunciar a privilegios como expresión de la solidaridad y del bien común?
Les invito a que una vez más nos dejemos iluminar por San Juan Pablo II, cuando nos enseñaba: “El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoístamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás.” (cfr. SRS 39)
No quiero dejar de lado otros temas sobre los cuales hay que insistir, y que los señalamos los Obispos en la Carta Pastoral “Hacia una Costa Rica más solidaria”, del año 2012, tales como el “ de las políticas públicas en cuanto al modelo de desarrollo, la justicia salarial, la protección y promoción del empleo, la salud pública, la política económica, la distribución del ingreso y la solución al déficit fiscal, la sostenibilidad y la gestión del riesgo, seguridad ciudadana, la equidad, la corrupción y la construcción de oportunidades para todos y todas”. (Cfr. 77).
Asimismo, nos sentimos fuertemente golpeados por la ola de violencia que está cortando la vida de muchos, especialmente jóvenes. Involucrémonos todos para que este problema no siga creciendo pues el mal no es solo de un determinado sector o territorio, nos alcanza a todos.
Todo nos lleva  a destacar la importancia del fortalecimiento del Estado social de derecho, que es fruto del pacto social de los costarricenses, iluminados por los valores cristianos y  el magisterio social de la Iglesia.
Para ello se hace urgente cultivar la solidaridad en la búsqueda del bien común, convencidos que más que el camino del diálogo, debemos hacer del diálogo el camino.
La experiencia que hemos tenido desde mediados del año pasado a esta fecha, donde nueve gremios magisteriales en bloque han dialogado con las autoridades del Ministerio de Educación Pública, y como fruto del mismo han negociado y encontrado respuestas a la gran mayoría de sus demandas es un  fiel ejemplo de ello.
Dos mesas de negociación han favorecido los salarios completos y oportunos de los educadores, y el desarrollo de una agenda en beneficio de nuestros estudiantes; pues se han tratado temas que redundan en el mejoramiento de la educación costarricense.
También, me llena de esperanza, los encuentros que  tuvimos los Obispos de la Conferencia Episcopal con el Presidente de la República, la coalición sindical Patria Justa, la UCCAEP y la Asociación Empresarial para el Desarrollo,  sobre temas que estos sectores consideraron medulares para el desarrollo nacional. Destaco su vivo deseo de dialogar sobre temas urgentes en los cuales coinciden.
A unos y otros les animo, para que ese anhelo de diálogo llegue a concretarse, en aras de seguir construyendo entre todos la paz social, sobre la base de la justicia. Empeñémonos todos, incluido el poder legislativo, para que los  proyectos-país, en un marco de pluralismo y unidad, vayan marcando el norte hacia el cual caminemos.  Pongamos el bien común y  la solidaridad como eje del servicio de los partidos políticos, los gremios y las organizaciones sociales, académicas y religiosas.
En sentido contrario, la confrontación social como único recurso, en nada contribuye a la construcción de la sociedad solidaria, pacífica y justa que necesitamos. Los pueblos que han tomado ese camino, hoy están profundamente divididos, con muchas heridas y sin un norte definido.
Finalmente, recuerdo el  importante papel que deben jugar los medios de comunicación social en el fomento del diálogo y la negociación, para facilitar la discusión pública de temas que interesan a todos los ciudadanos.
A ustedes queridos trabajadores y trabajadoras, gracias  por su esfuerzo diario y por engrandecer Costa Rica con su testimonio de laboriosidad. Les felicito de todo corazón.
Invoco la intercesión de san José Obrero para que llegue el pan a todos los hogares, por el trabajo honesto de sus miembros. Que al participar dentro de poco de la Mesa donde el pan y el vino, frutos del trabajo de la tierra cultivada por humildes trabajadores y que se convertirán en el Cuerpo y Sangre de Cristo, nos fortalezca a todos para seguir empeñados en la construcción de un mundo más fraterno.
 
ASÍ SEA.
 
 
 
 
 
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