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Comisión Nacional de Liturgia

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COMISIÓN NACIONAL DE LITURGIA

A. HISTORIA:

A lo largo de la historia, la Iglesia  siempre ha cumplido su misión evangelizadora en medio del ineludible  diálogo con la cultura al que le obliga su misma naturaleza. Dicha  interacción se ha movido en el amplio espectro de posibilidades que se  ciernen entre la adhesión y el enfrentamiento, dando paso a que la Comunidad Creyente  manifieste incluso una profunda libertad para establecer su propio  ritmo de reflexión y respuesta. El resultado de esta interrelación,  algunas veces ha dejado expectativas sin responder o incluso sinsabores;  pero, en otras ocasiones, ha dado lugar a grandes logros tanto para la Iglesia como para el resto de la sociedad.
 
 
El  segundo Concilio Ecuménico celebrado en el Vaticano puede ser citado  como un claro y exitoso ejemplo de esta segunda posibilidad.  Pues, la  grandeza de Juan XXIII (y todo lo que en su persona y ministerio puede  ser sintetizado) radica justamente en su capacidad de escucha e  interpretación de los “signos de los tiempos”: él supo descubrir la voz  de Dios en la transformación socio-política vivida a partir de la caída  del “orden antiguo”, en los movimientos renovadores presentes en  distintos niveles eclesiales y en el deseo lentamente acuñado de un  nuevo concilio[1].
 
 
Al  hablar de “aggiornamento”, el Papa Roncalli se sabía intérprete del  querer divino para esa Iglesia que ya vislumbraba la llegada de un nuevo  milenio. Por eso, no dudó en adoptar y propiciar el ansia renovadora,  incluso al precio de firmes intervenciones para reorientar algunos de  los trabajos que se enfrentaban al peligro inconsciente de olvidar el  único referente absoluto-lícito y veraz para la Iglesia.
 
 
Una  de las palancas que el Espíritu puso en manos del Pontífice fue  justamente el trabajo científico y eclesial que venía siendo realizado  por el así llamado “Movimiento Litúrgico”.  Prueba de ello es la  decisión que tomara Juan XXIII respecto del orden de trabajo para la  primera sesión del Concilio: la reflexión inició con el documento “De  Sacra Liturgia”, cuya apertura orientó irreversiblemente a los Padres  Conciliares hacia una equilibrada fidelidad, tanto al Evangelio como al  hombre de su tiempo.
 
 
Como consecuencia, la Constitución conciliar sobre la liturgia “Sacrosanctum Concilium”  no sólo aparecerá como el primer fruto del Concilio.  Se convertirá  también en un importante instrumento para que el Misterio de la Iglesia se despliegue en todo su potencial evangelizador.
 
 
En  ese documento, en efecto, se libera a la liturgia de las visiones  reductivas a las que había sido sometida durante varios siglos, para  redescubrirla en toda su riqueza: culto perfecto en el que somos  asociados a la ofrenda del Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, “lugar  teológico” (“locus theologicus”), espacio donde se fragua la identidad  cristiana y se maduran las opciones de fe, escuela de comunión y fuente  de espiritualidad. Al mismo tiempo, y como efecto y sustento de lo antes  dicho, la  Constitución  conciliar esboza tímidamente una perspectiva eclesiológica que, más  adelante, será objeto de asunción y desarrollo en las ulteriores  discusiones desarrolladas en el “aula conciliar”.
 
 
Una vez más, se hacía latente el milenario principio enunciado por Próspero de Aquitania: « lex orandi, lex credendi  ». De tal modo que, superando la estrecha concepción que hacía de la  liturgia un complicado código comunicacional, el Concilio hizo lo  necesario para devolverle su importancia como epifanía de esa Iglesia;  cuya comprensión “Vaticano II” se había reapropiado y ahora buscaba  revalidar en la práctica pastoral.
 
 
De  este modo, la liturgia no sólo fue camino para llegar al Concilio. Se  convirtió también en el primer medio para una paulatina pero penetrante  extensión de la doctrina conciliar. No sólo porque, aun en nuestros  días, la liturgia sigue siendo el areópago permanente de mayor alcance  que tiene la Iglesia;  sino también porque, desde siempre, la celebración litúrgica ha sido un  importante espacio de estimulación para la inteligencia kinestésica.
 
 
En  Costa Rica, los impulsos renovadores del Concilio Vaticano II fueron  acogidos con el mismo entusiasmo que en muchos otros países del mundo.  En el campo de la liturgia, no faltaron quienes se decidieron a  emprender experiencias que, desde diversas perspectivas, abrieron  brecha. No sólo buscaron transmitir los principios fundamentales que  deberían orientar cualquier cambio, sino que también trataron de  suscitar los primeros pasos de esa transformación.
 
 
Una de esas valiosas iniciativas fue la publicación de subsidios para la celebración entre los que puede nombrarse tanto La  Misa de Cada Día como Palabra y Rito.  Por una parte, prestaba una importante colaboración para el desarrollo  de la “nueva” liturgia en las diferentes parroquias. Pero además, fue el  pretexto que permitió reunir a una serie de sacerdotes y laicos  sensibles al campo de la celebración. Ellos fueron liderados por Alfonso  Mora  Meléndez, presbítero; quien, habiéndose especializado en Música Sacra,  fungía como profesor de Liturgia en el Seminario Central y como  Secretario Ejecutivo de la incipiente Comisión  Nacional de Liturgia (CONALI); cuyo primer presidente fue el entonces Obispo de Alajuela, Mons. Enrique Bolaños Quesada.
 
 
Con  el paso de los años, esa Comisión se vio fortalecida tanto por la  trayectoria que iba realizando como por la presencia de quienes la  enriquecían con sus aportes. Especial mención merece, en este sentido,  Jorge Rivera, presbítero: él obtuvo una licenciatura en Liturgia por el  Instituto de San Anselmo (Roma) y asumió la dirección de la Comisión  Nacional de Liturgia hasta que, al inicio de la década de los noventa,  fue nombrado para desempeñarse como Secretario Ejecutivo de Liturgia en  el CELAM; servicio que nunca desempeñó porque falleció en un accidente  automovilístico poco días antes de asumir sus funciones.
 
 
Alfonso Mora asume nuevamente su antiguo rol en la  CONALI; la cual, a partir del año 1992, tomará sita en el recién inaugurado edificio-sede de la Conferencia Episcopal de Costa Rica (San José, calle 22, ave. 3-5).  Para ese momento, el Presidente de la Comisión era ya Mons. José Rafael Barquero Arce  (otrora Obispo de Alajuela); quien confiaba plenamente en el trabajo  desarrollado por Mora Meléndez. Por eso, este último tuvo todas las  posibilidades para fortalecer el Secretariado Ejecutivo de la CONALI, integrando un valioso equipo conformado por sacerdotes y laicos, tales como Álvaro Sáenz Zúñiga, Juan  Carlos Calderón Vargas y Jafet Peytrequín Ugalde, presbíteros.
 
 
Uno de los miembros de ese equipo, Manuel  Rojas  Picado, presbítero, es enviado al Instituto Superior de Liturgia de  París, donde obtiene una Maestría en Teología con énfasis en Liturgia y  Sacramentología.  Regresa a Costa Rica en el año 2002, e inmediatamente  se integra al trabajo de la CONALI, como primer colaborador de Alfonso Mora.
 
 
En  diciembre de ese mismo año, como consecuencia de la recién acontecida  llegada del sexto Arzobispo de San José, Mons. Hugo Barrantes Ureña, se  inicia un nuevo periodo en la historia de la CONALI. No sólo porque, al  ser nombrado como Vicario Episcopal de Pastoral Litúrgica, Mora Meléndez  se ve obligado a renunciar a su responsabilidad como Secretario  Ejecutivo de dicha Comisión, sino también por el ambicioso proyecto que  en ese momento se asume. En efecto, la reestructuración vivida en ese  momento por la Arquidiócesis de San José se vio como la coyuntura ideal  para ejecutar una idea que se había gestado durante mucho tiempo: el  establecimiento de una parroquia como sede de la Pastoral Litúrgica. Sin  embargo, este proyecto no vio la luz.
 
 
Para  este momento, fue necesario replantear completamente la estructura y el  trabajo de la CONALI. Pues, además de lo ya mencionado, otras  circunstancias hicieron que la mayor parte del personal se separara de  la Comisión: el Secretariado Ejecutivo quedó reducido solamente a tres  personas: además del Secretario Ejecutivo, se tenía la presencia del  joven Allan Jiménez Campos y el Señor Erick Lobo Hernández.
 
 
Los  aludidos laicos recibieron una formación básica. Esto les capacitó para  cumplir adecuadamente las responsabilidades habituales del  Secretariado; al mismo tiempo que, a petición de las diferentes  diócesis, se organizaron talleres de capacitación para los diversos  agentes que trabajan en la dimensión litúrgica de la pastoral:  sacerdotes, lectores, monitores, animadores de canto, etc.
 
 
Con  todo este trabajo, se validó la importancia de que la CONALI estuviera  laborando ahora a partir de un plan de trabajo, elaborado con el aporte  de los directores diocesanos de liturgia y otros miembros de la  Comisión. Pero, además, se corroboró también la urgencia de dar un  fuerte espacio a una formación profunda y sistemática, sustentada en una  actividad reflexiva más allá de la simple normativa ritual.  Sin  embargo, también se fue notando que las dimensiones y exigencias de esta  tarea iban más allá de lo que el Secretariado estaba en condiciones de  asegurar.
 
 
Dadas  estas razones, es evidente que hay tareas que aún siguen pendientes en  el trabajo de la dimensión pastoral de la liturgia de nuestra Provincia  Eclesiástica. En este contexto, vuelve la CONALI a vivir un nuevo  cambio: el presbítero Manuel Rojas Picado, secretario ejecutivo de la  CONALI hasta agosto del 2014, es enviado a realizar su doctorado en el  Instituto Superior de Liturgia de París. Esto significa el inicio de un  nuevo período de la mano del presidente Monseñor Óscar Fernández  Guillén, obispo; y del nuevo secretario ejecutivo Juan Carlos Calderón  Vargas, presbítero; quién desde hace algunos años ha desempeñado una  labor de colaboración para la CONALI.
 
 
Muchos retos por enfrentar a los cincuenta años de la promulgación de la constitución conciliar “Sacrosanctum Concilium”;  y aún queda una enorme reflexión en torno a la acción litúrgica que  debe llevarse a los distintos lugares de nuestras diócesis. Quiera Dios  suscitar los carismas y la sensibilidad necesarios para que desde la  CONALI se pueda extender la riqueza litúrgica que se ha recuperado en el  Concilio Ecuménico Vaticano II.


   
 
[1]
Cf. R. Aubert, “Le demi-siècle qui a préparé le concile Vatican II” in: L.-J. Rogier — R. Aubert — M.-D. Knowles (dir.), Nouvelle Histoire de l’Église, tome V, L’Église dans le Monde Moderne (1848 à nos jours), p. 581-573; J. HAJJAR, “De Pie XII à Vatican II” in: L.-J. Rogier — R. Aubert — M.-D. Knowles (dir.), Nouvelle Histoire de l’Église, tome V: L’Église dans le Monde Moderne (1848 à nos jours), p. 556-580; M. Lamberigts — Cl. Soetens (éd.), À la veille du Concile Vatican II.  Vota et réactions en Europe et dans le Catholicisme Oriental; R. Minnerath, Histoire des Conciles, p. 91-114.
 
 
 
  
  
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