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En La Solemnidad De San Pedro Y San Pablo

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En La Solemnidad De San Pedro  Y San Pablo
(1 de julio 2013)
Catedral Metropolitana.


+José Rafael Quirós




HERMANAS Y HERMANOS EN EL SEÑOR:

Con gran alegría celebramos hoy la Solemnidad del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, en quienes tenemos un hermoso ejemplo de amor al Señor, de sincera fidelidad al plan de Dios, y de valentía en la proclamación de la única Verdad, que conduce a quien la acoge hacia la Fuente de toda luz.

1.  El interrogante es claro y desafiante.

Los textos proclamados nos plantean aspectos que son fundamentales en orden a nuestra fe y la respuesta que como discípulos del Señor estamos llamados a dar. Escuchamos cómo san Mateo nos presenta una escena llena de cercanía y por tanto de familiaridad de Jesús con sus discípulos, y la ubica cerca de Cesarea de Filipo. Es ahí donde Jesús les interroga acerca de lo que piensan los demás sobre él, "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" (Mt. 16, 13).Y la respuesta nos hace ver con claridad que de Jesús  pensaron muchas cosas, y lo identificaron con los grandes profetas del Antiguo Testamento, comenzando por Juan Bautista, Elías, Jeremías u otro profeta.

Inmediatamente viene la pregunta de Jesús a sus discípulos "Y vosotros quién decís que soy yo?" (Mt. 16, 15). Se trata de una pregunta directa acerca de la percepción de su identidad.  Es Pedro, quien en nombre del resto, e inspirado por el Espíritu Santo afirma con total certeza "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt. 16, 16). Se trata de la profesión de fe en Jesús, como Dios y hombre verdadero, tal y como lo profesamos en el Símbolo de Fe. No es solamente el Hijo de María y José, descendiente de David, sino que es el Mesías anunciado al pueblo y esperado por todos. El Ungido de Dios enviado a redimir a la humanidad, el Único camino para llegar a la presencia del Padre, la Verdad que debe ser proclamada y que toda persona tiene derecho a conocer, Él es la fuente de la vida. (cfr. Jn. 14, 6).

Tal vez alguien se pregunte  ¿Pedro sería consciente de lo que estaba diciendo? El texto del evangelio nos dice que en ese momento actuó por la acción del Espíritu Santo, en él se manifestó la fuerza y bondad de Dios. Y porque es dócil a la acción del Espíritu, es que escuchamos en la primera lectura, que Pedro fue encarcelado por predicar a Jesús, enseñándonos así que profesar la fe no es una simple manifestación de los labios, sino que implica toda la vida, es decir, que la persona en su totalidad ha de entregarse por la causa del Reino de Dios, sin importar  las consecuencias que de ello se deriven. Es que sólo de los valientes es el Reino de los cielos, de aquellos que profesan su fe con acciones concretas que indican que en verdad se ama al Señor con toda el alma, con toda la mente y el corazón. Convencidos que el mensaje de Jesús es de libertad plena y auténtica, y que todo lo demás, son falsas libertades por cuanto, en el fondo, son cárceles y cadenas que esclavizan doblemente.

En este "Año de la Fe", estamos llamados a renovar nuestra adhesión sincera a Jesucristo, sin mutilar su Palabra, porque muchas veces excluimos aquello que nos incomoda. Abracemos la cruz, tal y como lo hicieron los apóstoles Pedro y Pablo. Hoy, es a nosotros, que nos llamamos sus discípulos, a quienes Jesús pregunta en forma directa ¿Quién soy yo para cada uno de ustedes? cuestionante  a la que debemos responder  como comunidad eclesial y como sociedad. Cabría esperar que nuestra respuesta sea la misma de Pedro, pero, bien sabemos que para muchos hoy Cristo no es el Mesías, el Hijo de Dios, en otras palabras no es su Dios, porque ha sido expulsado de sus vidas y sus ambientes, o ha pasado a ser un simple elemento cultural, que no compromete en nada su seguimiento; de manera que el Señor renueva su invitación a seguirle conforme a sus postulados y condiciones. El cristianismo no es para mediocres ni temerosos.

Quien cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Mesías Salvador, en él encuentra el sentido para su propia vida, elige libremente vivir conforme a sus mandatos, lo ama cumpliendo su voluntad, y se empeña en trabajar por la justicia, la paz, la caridad, la vida como don de Dios. En consecuencia, un discípulo suyo tiene el derecho y el deber de profesar su fe públicamente, de enseñarla, de opinar acerca de la cuestión social, y de adquirir compromisos en la transformación de la realidad.

2. Te daré las llaves del reino de los cielos.

Ante la misión que Jesús confía a Pedro, al decirle "Te daré las llaves del Reino de los cielos" (Mt. 16, 19), considero fundamental recordar que se trata del poder que le es transmitido para guiar a la Iglesia Pueblo de Dios, con la certeza de la verdad y la mansedumbre. A lo largo de los años, la reflexión ha llevado a perfilar dicho poder como servicio a los valores del Reino, y a proponer la grandeza y permanencia de dichos valores al mundo entero. Dependiendo del momento histórico vivido,  cada uno de los sucesores de Pedro, ha tenido presente la primacía del servicio imprimiendo, lógicamente, su propio estilo. Esto nos lleva a considerar que, cada pontificado, como don de Dios, debe valorarse según el momento histórico en que se ubica, sin cometer el error de enjuiciar a todos por igual.

Los títulos dados al Sucesor de Pedro, enfatizan distintos aspectos que nos hablan sobre su servicio, por ello se le denomina como el Siervo de los siervos de Dios, Pastor Universal, Papa, Cabeza del Colegio Episcopal, entre otros; todos ellos todos ellos convergen en la convicción de que Pedro es "el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de fe y comunión." (L. G. 18). En este sentido, las orientaciones que nos han ofrecido pontífices anteriores y en este momento, el Santo Padre Francisco, iluminan nuestro caminar como Iglesia de Jesucristo en esa comunión y unidad de fe. Todos estamos llamados a evidenciar esta realidad de comunión, porque  es "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un Dios Padre de todos, que está sobre todos, entre todos, en todos." (Ef 4, 4). Estos postulados de fe y comunión, han sido comprendidos por nuestro pueblo católico en Costa Rica. Las enseñanzas de los Papas han sido de enorme beneficio para todos nosotros, no solamente en orden a la fe, sino también, en orden a la conformación de nuestra Nación.

Al celebrar esta Eucaristía en acción de gracias al Señor por el Santo Padre, destaco en primer lugar, cómo los costarricenses nos hemos dejado guiar por la enseñanza social de la Iglesia, como hecho importante destaco lo sucedido en la década de los años cuarenta, cuando se promulgaron las garantías sociales y se creó la Caja Costarricense de Seguro Social. Pero es importante tener presente, que dado que la Iglesia es Misterio de Salvación, su presencia en lo social hay que verla desde esta realidad. Quien haga una lectura simplemente ideológica o política de la acción eclesial, seguro dirá, la participación de la Iglesia en Costa Rica se detuvo en esos años. Sin embargo no es así, porque siguiendo las enseñanzas magisteriales y pontificias, desde las diócesis y parroquias la Iglesia ha estado evangelizando e impulsando múltiples iniciativas a favor de los más necesitados y apoyando proyectos comunales, entre otras acciones. De manera que no solo cuando se participa en manifestaciones populares, hay compromiso social.

La misma formación de niños y jóvenes en principios morales y valores fundamentales de la persona, en los centros educativos constituye un aporte invaluable a la paz, al compromiso con los valores humanos  y cristianos. Este no es un privilegio que el Estado otorga a la Iglesia, sino, un servicio a los padres de familia para que ejerzan su derecho fundamental, a que sus hijos sean educados de acuerdo a sus convicciones (Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 16 de diciembre de 1966 en su artículo 18, 4).

Hoy agradecemos al Señor, el regalo que ha dado a su Iglesia este año por los acontecimientos vividos. Por un lado, el final de un Pontificado luminoso como fue el de Benedicto XVI, quien con su renuncia dejó evidenciado su amor al Señor y a la Iglesia. No podemos interpretarlo de otra manera, su fe le llevó a decirnos que en la Iglesia no es el poder por el poder lo importante, sino, el servicio y la disponibilidad hasta donde alcancen las fuerzas humanas. Ese once de febrero, quedará como el día en que el Señor habló fuertemente proponiendo de nuevo la humildad, como un motor fundamental de la historia. De la misma manera, quedará en la mente y retina de nuestros ojos, el momento en que se anunciaba que el elegido en el consistorio de marzo de 2013, era un latinoamericano, el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hasta aquel momento, Arzobispo de Buenos Aires.

Su nombre no se mencionó antes, sino, hasta que lo indicó el Espíritu Santo. Desde el primer momento han sido sorprendentes sus palabras y gestos, porque nos hablan de Evangelio. Al elegir el nombre de Francisco, nos ha llevado a tener muy presente a ese gran reformador de la Iglesia, que sin necesidad de abandonarla o criticarla destructivamente, aportó y sigue aportando el frescor del Evangelio como fuente inagotable.  El Papa Francisco inició su servicio presentándose como el Obispo de la Iglesia de Roma, y, en consecuencia Pastor de la Iglesia Universal.

Francisco ha sorprendido al mundo por su humildad y sencillez, sus gestos se han convertido en todo un lenguaje que nos habla de misericordia, paternidad, cercanía, valoración de la persona, en especial atención a los marginados y excluidos. Pero, lo más importante, es que estos gestos no son poses mediáticas pues, en Buenos Aires ya ese era su estilo. En las múltiples ocasiones que ha predicado sobre la misericordia divina, nos anima a acoger con humildad ese amor infinito. El Papa no se ha quedado en palabras bonitas, sino, por ejemplo con la celebración de la Misa Vespertina de la Cena del Señor el Jueves Santo, en la cárcel romana de menores de Casal del Marmo,
nos dijo mucho. Aquí concretiza la invitación que nos ha hecho de  ir a las periferias humanas. Toda persona es destinataria de la misericordia de Dios, por lo que se le debe anunciar la Salvación en Cristo.

En el Papa Francisco, no tenemos a un teórico de la pobreza.  No son pocos los que se han hecho ricos o escalado en puestos de poder, con hermosos discursos demagógicos. Su estilo de vida nos lo dice todo, por su fe en el Señor, está abierto al cumplimiento de su voluntad en el desapego de lo material y transitorio, para abrazar lo eterno y permanente. Es la Iglesia pobre y servidora  de los pobres y abandonados. Siempre han de resonar en nosotros las palabras de Jesús, "Felices los pobres de corazón, porque de ellos es el Reino de los cielos". (Mt. 5,3) con ello  nos enseña lo determinante de nuestra total apertura a su amor, que debemos proyectar en los más necesitados. Sin duda que esto desestabiliza, porque los ídolos del tener y del  placer seducen fuertemente.

Dado que el servicio humilde y desinteresado es lo propio del Evangelio, y se tiene que vivir así en la Iglesia, el Santo Padre ha sido muy claro en manifestar "
esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note–(Homilía Misa Crismal, Jueves Santo 2013) es que los sacerdotes somos en primer lugar pastores,  sin pretender hacer carrera al estilo del mundo. Qué importante es tener claro esto, ya que hemos sido bendecidos con una vocación,  un llamado gratuito del Señor; por ello también, al ordenar recientemente a unos sacerdotes en  Roma manifestó "sean pastores, no funcionarios. Sean mediadores, no intermediarios", es que no somos asalariados, ni promotores comunales, la Iglesia no es una empresa lucrativa, ni los Obispos somos los dueños de esta empresa y, por tanto, para servir no priman horarios, ni horas extra, ni calificación profesional.

El Santo Padre, un latinoamericano y además Obispo protagonista de la V Conferencia del Episcopado en Aparecida, nos invita una y otra vez a caminar, a llevar el Mensaje del Señor a todos, a no quedarnos esperando a que lleguen las ovejas, sino, abrir las puertas tanto para que entren como para salir en su búsqueda. Se deben tomar los riesgos que haya que tomar para poder avanzar, no se puede estancar la Iglesia en su misión. Recordamos así algo fundamental, "la Iglesia existe para evangelizar." (EN 14). La evangelización es responsabilidad de todos,  clérigos y laicos, llegó el momento de tomar en serio  nuestra vocación cristiana.

Francisco ha logrado que propios y ajenos se sienten cercanos a él,  y se identifican con su mensaje directo, sencillo y lleno de afecto, e invitando siempre a caminar a pesar de la debilidad. Ha presentado la Iglesia como casa abierta a todos, sin renunciar eso sí a principios y valores permanentes. Presentando de esta manera, la importancia del ecumenismo y del diálogo con los no creyentes, en el respeto mutuo, proponiendo siempre la Verdad que es Cristo el Señor.

El mensaje de misericordia y perdón, ha calado en el corazón de muchos alejados de sus prácticas de fe, inquietándolos o retomando el camino. En el mundo, incluyendo nuestro país, muchas personas se han acercado al sacramento de la confesión, expresando sentirse motivadas por las actitudes y palabras del Santo Padre.

Hermanos, vivimos tiempos de mucha esperanza que confirman la novedad permanente del Evangelio y la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, que es quien la guía y la conduce a puerto seguro. Ahora nos corresponde,  en constante discernimiento y conversión, dejarnos interpelar y conducir por ese mismo Espíritu. Acojamos con alegría lo que se nos enseña en el Apocalipsis "Mira, yo hago nuevas todas las cosas." (Apoc. 21, 5) También lo manifestado por San Pablo a los Corintios, "… ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilió con él por medio de Cristo y nos encomendó el ministerio de la reconciliación." (2Cor. 5,17)

Atendiendo a la petición constante del Santo Padre, oremos por él y su ministerio, para que el Señor le regale salud y fortaleza, para conducir el Rebaño Universal siempre a los mejores pastos de santidad, misericordia, conversión, y compromiso con los valores permanentes y siempre actuales del Reino de Dios.

Que por la intercesión de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo,  seamos valientes en la profesión y confesión de nuestra fe, y que afianzados y arraigados en Cristo, toda vez que nos alimentemos de su Cuerpo y Sangre nos comprometamos de corazón, con la verdad, la justicia y la caridad.    ASÍ SEA.


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