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Estén siempre alegres en el Señor

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MENSAJE PARA LA PASCUA 2017.
“Estén siempre alegres en el Señor”
(Filp. 4,4).

Queridos hermanos y hermanas en el Señor Resucitado:

1. Nos sentimos verdaderamente alegres, porque se renueva hoy la gran noticia de la Resurrección de Jesucristo, El Señor, la cual celebramos llenos de esperanza en la certidumbre de que la muerte ha sido realmente vencida (1 Cor 3, 53-54), y con ella todo aquello que atenta contra la dignidad de los que hemos sido hechos hijos de adopción (Ef. 1,5), gracias al misterio pascual, centro de nuestra fe.

2. Hemos concluido la celebración de los días santos del Triduo Pascual, los cuales han sido un verdadero acontecimiento de salvación que hace patente la oportunidad de una nueva vida que sólo puede ser posible por la inconmensurable misericordia del que nos ha amado hasta el extremo de pagar con la vida de su Hijo (Jn. 13,1).

3. Todo lo vivido y celebrado en esta Semana Santa constituye un gesto de total ternura de Dios, y como nos ha dicho el Papa Francisco, “La mirada de Jesús va más allá de los pecados y los prejuicios; ve a la persona con los ojos de Dios, que no se detiene en el mal pasado, sino prefigura el bien futuro; no se resigna a las cerrazones, sino abre nuevos espacios de vida; no se detiene en las apariencias, sino mira el corazón" (Ángelus, 30 octubre 2016). Esta realidad hace posible que el rostro de los seres humanos, redimidos por la sangre de Jesucristo, brille nuevamente con los signos de vida que su gracia nos concede. Por ello, cada uno de nuestros actos deberían ser testimonio vivo de alegría cristiana por el bien que provocan, por la justicia que instauran en las relaciones humanas, por la verdad que imprimen en los procesos sociales, por la paz que procuran en el auténtico ejercicio del respeto a la dignidad humana, desde la concepción hasta el final natural de los días de todos los hijos de Dios.

4. La certidumbre de esa buena y gran noticia provoca, entre nosotros los fieles cristianos, la más grande y profunda alegría que sólo puede ser entendida si es vivida como expresión y fruto pascual del Resucitado, para inaugurar así una nueva historia para la humanidad, pues se renueva la posibilidad de alcanzar condiciones de vida dignas que estaban siendo sometidas por el drama del pecado y del mal.

5. Esta alegría cristiana-pascual debe convertirse en indiscutible estilo de vida nuestro, para que, justamente, nuestra presencia personal y comunitaria deje huellas, con actitudes concretas, de la infinita misericordia de Aquel que a diario nos atrae hacia Él, con gestos de ternura (Os. 11,4), para que respondamos amándole en el servicio de la caridad cristiana que es la vocación ineludible de todo cristiano (cfr. Deus caritas est 1, Papa Benedicto XVI). Este testimonio de alegría tiene como meta manifestar el anticipo del Reino dentro de una comunidad cristiana que practica la justicia y aporta para el desarrollo de la sociedad la autenticidad evangélica que no negocia con el mal, que renuncia a la pereza de hacer el bien, que no se acostumbra a la violencia, ni esconde el rostro para decir la verdad. Actuar según Cristo produce alegría auténtica y profunda, alegría que no necesita de estupefacientes para activarse, sino solamente la serena y certera cercanía del Resucitado que se deja reconocer al partir el pan (cfr. Le. 24,13-35), realizando el impostergable ideal de comunión entre los miembros de la Iglesia.

6. En esta vida, todos queremos y buscamos la felicidad, pero no siempre la reconocemos como don proveniente de Dios y la dejamos muchas veces condicionada a factores externos y transitorios que la desnaturalizan y desvirtúan, haciendo que muchos cristianos caigan en la frustración y la desesperanza, aunque en sus rostros haya signos de aparente satisfacción, que es una expresión de la pérdida de libertad que sólo el amor del Hijo del Hombre, vencedor de la muerte, es capaz de restituir en cada uno de nosotros. El acontecimiento de la Resurrección nos desafía a pensar, reconocer y aceptar la alegría como don pascual.

7. Estar siempre alegres no es convertir nuestra vida cristiana en una experiencia religiosa que se resuelve desde el intimismo espiritual de “sentirme a gusto” con algunos actos de caridad, o cumplirle al buen Dios asistiendo a los actos litúrgicos para sentirme personalmente bendecido, pero, por otro lado, dándole la espalda al que es de mi propia sangre (cfr. Is. 58,7c). Estar siempre alegres debe ser una actitud permanente que se hace visible por la calidad de presencia y cercanía de los bautizados en el mundo. Presencia y testimonio de alegría pascual de los creyentes - al igual que la mujer que halló la moneda perdida y se alegró (cfr. Le. 15-8-10)- cristianos que también hacen fiesta y convidan a otros para compartir sin reservas lo que está siendo motivo de su más auténtica y profunda felicidad: la vida nueva en Jesucristo Resucitado.

8. El creyente, que reconoce en Jesucristo el origen y la razón de su alegría, debe sentirse comprometido con los otros hermanos de la comunidad para que también disfruten, profunda y auténticamente, de esta buena noticia. “La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia’’ (Gaudium et spes 1).
Por ello, todos debemos sentirnos capaces de ser pregoneros y testigos de esta gran verdad, pero no desde el discurso agradable externamente, sino desde los actos cotidianos de coherencia con el mensaje evangélico y sus exigencias, aquí y ahora. No se trata, pues, de actos capaces de atraer el aplauso o la humana admiración que provocan, sino que deberían ser una humilde y auténtica aportación que nos permita constatar que en Dios tenemos vida para siempre, y que esa vida nueva implica personas con pensamientos y actitudes alegres y esperanzadoras, para llegar a ser sociedades cimentadas en el ejercicio de los auténticos valores.

9. Urge, por tanto, que nos presentemos ante el mundo con verdadera alegría, por la condición que tenemos y la misión que realizamos, para hacer de nuestras comunidades lugares donde auténticamente se vive con actitud de hermanos, donde la regla cotidiana es el respeto a la dignidad de todos sin importar procedencia y condición social, lugares en los que la injusticia no tiene cabida y es denunciada, donde la pobreza es derrotada por la solidaridad cristiana, y finalmente, comunidades donde la dispersión social es vencida por la fuerza de la comunión, la indiferencia es disuelta por las actitudes de sabernos todos humanos y corresponsables de nuestro bienestar.

10. Estar alegres en el Señor -que ha vencido a la muerte- es retornar a la esperanza de que no quedaremos defraudados en la búsqueda de un mundo distinto y mejor, en el que no haya cabida para las guerras, la violencia, el egoísmo, la indiferencia, la corrupción y el engaño, sino en el cual se cultiva a profundidad la vivencia de la paz y la justicia, que sólo son posibles si Jesús Resucitado es el Señor de nuestra vida y de nuestra historia. Concluyo con las siguientes y esperanzadoras palabras del Papa Francisco, a fin de que nos animen e impulsen a ser testigos creíbles de la alegría cristiana como verdadero don pascual: “Acrecentemos el fervor, la dulce y confortable alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y la certeza de la presencia de Jesús vivo y presente entre nosotros, es razón suficiente para que asumamos vivir como evangelizadores en todos los ambientes en los que nos desarrollemos” (Evangelii gaudium 10).

Con los mejores deseos de una profunda, auténtica y perdurable alegría pascual, les saluda y bendice cordialmente.

Monseñor José Manuel Garita Herrera
Obispo de Ciudad Quesada
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
16 de abril, 2016

 
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