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Homilía de Monseñor Guillermo Loría Garita, Obispo de San Isidro de El General. 02 de Agosto de 2013

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SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES
VIERNES 02 DE AGOSTO DE 2013
HOMILÍA
(Monseñor Guillermo Loría Garita, Obispo Diocesano de
San Isidro de El General)


LA GRAN FIESTA MARIANA DE COSTA RICA


Mis queridos hermanos y amigos:

Celebramos en toda Costa Rica la fiesta mariana más significativa del año, siguiendo una larga tradición de devoción y amor a la Virgen bajo esta advocación tan querida por todos los costarricenses: Nuestra Señora de los Ángeles, tanto así que cientos de miles de hermanos y hermanas han peregrinado hasta este Santuario, casa de Nuestra Amada Negrita.

Actualizar el significado que tiene para la Iglesia en Costa Rica la Fiesta de la Virgen de los Ángeles es siempre de gran provecho pastoral. En este año 2013 en el que vivimos la experiencia del Año de la Fe, siguiendo los pasos y las enseñanzas de Su Santidad, el hoy Obispo Emérito de Roma, Benedicto XVI, también nos hemos regocijado al acercarnos a la bondad de Dios a través de su Hijo presente en la Santa Eucaristía, en el recién concluido Año de la Eucaristía, cuyo IV Congreso Eucarístico se verificó en esta Diócesis de Cartago que hoy nos acoge.

Cada diócesis, cada parroquia, ha caminado por la senda de la espiritualidad eucarística enriqueciendo la vida y la espiritualidad de los habitantes de nuestro país.

Nos anima la figura del Sumo Pontífice, Su Santidad el Papa Francisco, un regalo de Dios para la Iglesia Universal, un Vicario de Cristo salido de estas tierras del Continente de la Esperanza.

Y desde luego, nos regocijamos porque Dios ha mirado con ojos de misericordia a nuestro pequeño pero fervoroso país, obrando de manera milagrosa sobre la salud de una hija de la Iglesia, quien por intercesión del Papa Juan Pablo II, nuestro querido Papa viajero, hoy está completamente sana para la gloria de Dios.

Este milagro, que llevará a los altares de la santidad al Beato Juan Pablo II en pocos días, es un ejemplo de la presencia de Dios en medio de nosotros. Su extraordinario amor hacia los costarricenses debe ser correspondido con una actitud coherente con la fe que profesamos.

La imagen morena de María Virgen sobre esta piedra con su hijo en sus brazos, es todo un símbolo de la importancia de la Madre del Señor para la fecundidad de la acción evangelizadora entre nosotros.

Costa Rica siempre acude a María, su Madre y Modelo, viviéndola como expresión de comunión en el amor fraterno que se proyecta hacia la sociedad, especialmente en aquellos pobres y excluidos.

La Virgen de los Ángeles nos coloca frente a una historia de aceptación del Evangelio que ha fructificado en el nacimiento de comunidades cristianas, unidas por el fervor a la Madre del Salvador único que es Jesucristo el Señor.  La devoción a María nos ha alentado y nos ha llenado de esperanza porque sentimos que María camina con nosotros. Ahí esta la Madre enseñándonos a ser fraternos y a disponernos a cumplir la voluntad de Aquel que es su Hijo Nuestro Señor.

La Virgen nos evoca, además, uno de los rasgos más típicos y atrayentes de la Iglesia: su vocación misionera. En cualquier frontera de la misión que la Iglesia ha ido abriendo, han estado siempre presentes misioneros para anunciar y testimoniar con sus vidas la Buena Noticia del Evangelio de Jesucristo, el Salvador de la humanidad.

En total sintonía con el espíritu de la Quinta Conferencia de Obispos en Aparecida, descubrimos a la Madre de Jesús, nuestra madre también, como discípula y misionera. Ella es "la primera discípula" (DA 25), la "imagen perfecta de discípula misionera" (DA364), "la discípula por excelencia" (DA 451). La "gran misionera de nuestros pueblos" (DA 25). "Del Evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo" (DA 266).

La Iglesia tiene un sello mariano que se muestra en múltiples manifestaciones de religiosidad y piedad. Ella nos atrae, pero no hacia sí, sino para acercarnos a su Hijo,  aquel de quien ella dice, "hagan  lo que él les mande" (Jn 2, 5).  ¿Y qué nos manda Jesús? Como creyentes no solo hemos de conformarnos con escuchar la Palabra, sino que es necesario ponerla en en práctica, para no convertirnos en "platillos que con sus ruidos aturden".  (1 Co 13, 1)

¿Que le pide el Señor Jesús a los cristianos de Costa Rica? Nos pide una conversión sincera para que seamos creíbles. En una sociedad cada vez más secularizada, más indiferente, más pluralista, tenemos que recuperar nuestra identidad cristiana;  el divorcio entre la fe y la  vida, es el drama que, en nuestros tiempos, está haciendo daño a la  Iglesia y a toda la sociedad.

Hoy se vive de una manera y se predica una fe no experimentada. La vida coherente de un cristiano católico da credibilidad a la Iglesia y la hace crecer, mientras que una vida tibia o indiferente, destruye esta credibilidad. Cuando perdemos la identidad, se daña la credibilidad de la Iglesia. No podemos seguir viviendo un cristianismo por mera costumbre, esto nos llevaría a  la superficialidad  y nos convertiríamos en "funcionarios de la religión y de lo sagrado", (palabras de Monseñor Agustín Radrizzani. Buenos Aires, Argentina al cierre del año sacerdotal)  cayendo en el permisivismo y la pérdida de la noción de pecado.


Es una urgencia y una necesidad ser testimonios de vida cristiana en todos los ámbitos. Pienso en la economía, la política, el mundo universitario, la cultura, el arte y el deporte. Quienes nos miren convencidos de las motivaciones que nos llevan a vivir nuestra vida de fe en lo privado y en lo público, entenderán que Dios es capaz de llenar de sentido la vida.

Vivir de acuerdo con lo que se cree, aceptar incomprensiones, persecuciones, antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: ésta es la coherencia;  aquí se encuentra el núcleo más íntimo de la fidelidad al Señor.

Costa Rica vive tiempos de cambios, es ésta una época de heroísmos, de compromiso y de trabajo. De cara a las elecciones nacionales del próximo año, y en medio del período electoral, hago un llamado sincero a los candidatos a puestos de elección popular, para que configuren sus propuestas con el legítimo interés superior, el bien común, la justicia y la solidaridad, que brotan del encuentro con Cristo.

Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Aquí es donde se prueba al cristiano verdadero, capaz de dar razones de su fe y no doblegarse por presiones ideológicas, económicas, políticas, o del tipo que sean.

Sólo puede llamarse fiel una coherencia que dura toda la vida. El "hágase" de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el "hágase" silencioso que repite al pie de la cruz  (cfr.  Lc 1, 38;  Jn 19, 25)  Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público. Es asumir, como Cristo las consecuencias del ser y su misión. Tomemos con toda responsabilidad nuestro ser cristiano, en todos los ámbitos de nuestra vida. Contamos con la ayuda de Dios, la que nos ha dado por su Espíritu, y la de María que queremos tomar como modelo.

En la vida del cristiano, la Santísima Virgen María representa, indudablemente, el ejemplo más alto de colaboración al plan de Dios llevado a cabo por una mujer. Y ello es tanto más ejemplar cuanto menos se considera a María como una criatura celestial, destacando en cambio su plena y rica humanidad.

A partir del Evangelio nos podemos preguntar por el sentido de la vida. En la cruz está la vida. Sin embargo los signos demuestran que le tenemos miedo a la cruz, no queremos sufrir.  La sociedad actual, la cultura moderna, solo nos ofrece la comodidad;  pero la comodidad es peligrosa sobre todo en los ambientes de Iglesia. Por eso el Papa Francisco nos ha reiterado la necesidad de una Iglesia de puertas abiertas.

La comodidad en todos los ámbitos del servicio es dañina porque no nos compromete con el prójimo. Nos hacen invisibilizar las necesidades básicas imperantes de muchos costarricenses, que demandan ubicarnos en sus situaciones concretas de salud, vivienda, educación, fuentes de trabajo, cultura y recreación.

La Virgen María nos enseña a estar en camino, y no cualquier camino, sino el camino de su Hijo que es duro pero con una gran recompensa. Es camino de cruz, de flagelación, de corona de espinas, es camino de muerte. Pero en la muerte por la verdad está la vida. Es la invitación que se nos hace en esta mañana, a no temer ser discípulos abnegados, valientes y decididos por la obra evangelizadora, que hoy es urgente y necesaria.

CONCLUSIÓN:

¿Cual Costa Rica queremos construir y dejar como herencia a las generaciones que vienen detrás de nosotros? Una Costa Rica que sea capaz de enarbolar la bandera de la honestidad, que recupere el rostro de la transparencia, y que sea nuevamente un modelo de estilo de vida para el resto del mundo.  Debemos retomar el rumbo correcto que es Jesús y sus enseñanzas;  queda mucho por ser recuperado.

Animo a los jóvenes para que no tengan miedo de abrazar la cruz de la pureza, y a que no se dobleguen ante tanta oferta de superficialidad y mediocridad con la que hoy el mundo los quiere engañar. Su deber hoy es ser auténticos y, como se les dijo en el mensaje final del Concilio Vaticano II hace ya 47 años:  "sois vosotros los que vais a recibir la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia. Sois vosotros los que, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas de vuestros padres y de vuestros maestros vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o pereceréis con ella"  (Mensaje del Concilio a toda la humanidad, 07 de diciembre de 1965). Ustedes son los constructores de una nueva sociedad, de una Iglesia con rostro joven.
Con la propuesta de vida cristiana de la primera Carta Encíclica de nuestro querido Papa Francisco, Lumen Fidei, abracemos con sinceridad esa luz que nos viene del creer en Dios, esa es la fe: "Tener certeza de obtener aquello que no vemos" (Heb11; 1) pero no se nos olvide que una fe sin obras es muerta, tal como lo afirma el Apóstol Santiago (cfr.  St 2, 14 – 24).

Caminemos con la Virgen María y, como ella, seamos hombres y mujeres de esperanza, que comparten y viven la alegría de la fe en Aquel que es el centro de la vida y de la historia de la humanidad.
Así sea


 
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