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Homilía en acción de gracias por el Pontificado de Benedicto XVI. 28 de febrero 2012

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Santa Eucaristía
Gratitud al Señor por el Ministerio Pastoral
Benedicto XVI
28 de febrero 2013

Mons. Hugo Barrantes Ureña
Arzobispo.


El pasado 11 de febrero el Papa Benedicto XVI, “después de haber examinado ante Dios reiteradamente su conciencia”, anunció al mundo la renuncia al cargo pastoral como sucesor de San Pedro, la  que se hace efectiva a partir de hoy, 28 de febrero, dentro de pocas horas, en Roma
Con  un tono resuelto y una mirada tranquila, el Santo Padre declaraba: “he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no, únicamente, con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando…- Y agregaba el Papa: “… en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.”
Su decisión, que nos ha sorprendido a todos y ha causado los más diversos comentarios a nivel mundial, puede entenderse a la luz del mensaje programático del mismo Papa, el domingo 24 de abril del 2005, en la Misa  de inicio de su Pontificado:

“¡Queridos amigos!  En este momento no necesito presentar un programa de gobierno.  Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.  El Papa renuncia, convencido de que esa es la voluntad de Dios.

Justamente, nosotros, los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, hemos enviado esa semana al Santo Padre un mensaje con el cual, en nombre del Pueblo de Dios que peregrina en esta Nación, le manifestamos nuestra sincera y filial gratitud por el acompañamiento paternal y solícito con el que nos ha conducido durante sus casi ocho años de Ministerio Petrino, caracterizado por un testimonio fiel de entrega al Señor Jesucristo y a su Iglesia.
En esta Eucaristía, que nos congrega en la Catedral Metropolitana, queremos agradecer al Señor, Sacerdote de la Nueva Alianza y Supremo Pastor  de la Iglesia, sobre todo por el  extraordinario ministerio de nuestro querido Benedicto XVI, su entrega amorosa al servicio de la Iglesia, en la obediencia y en el silencio.  Ha tenido que nadar contra corriente y sufrir por la Iglesia.  Les ha hablado, con la misma libertad a los grandes y pequeños.  No se ha preocupado por agradar, para ganarse la aceptación, sino sólo por anunciar el amor de Dios manifestado en Cristo.
¡Gracias Señor Jesús, por su entrega y devoción y, por su ejemplo de vida  por  el que hemos descubierto  que tus palabras “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), pueden ser asumidas con coraje y determinación!


I. El sacerdote se realiza en el sufrimiento.
En uno de sus escritos, haciendo referencia al   pasaje de la Carta a los Hebreos que hemos proclamado hoy, el Papa Benedicto XVI  subrayaba: “El sacerdocio no es una actividad de algunas horas, sino que se realiza precisamente en la vida pastoral, en sus sufrimientos y en sus debilidades, en sus tristezas y, naturalmente, también en las alegrías. Así llegamos a ser cada vez más sacerdotes en comunión con Cristo.” (Lectio Divina al Clero de Roma 2010.)
En esta reflexión el Santo Padre nos revela los rasgos de su profunda espiritualidad:  “…al decir  "Ofreció ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas" (Hb 5, 7), reconocemos que Jesús pasa por la prueba y se confronta hasta lo más íntimo de su alma … Y así, vemos que, precisamente, de este modo realiza el sacerdote, la función de mediador, llevando en sí mismo, asumiendo en sí mismo el sufrimiento —la pasión— del mundo, transformándolo en grito hacia Dios, llevándolo ante los ojos de Dios y poniéndolo en sus manos… esta es la realización de su sacerdocio, así lleva a la humanidad a Dios, así se hace mediador, así se hace sacerdote.”  Benedicto XVI es un testigo creíble de que es “por la cruz que se llega a la luz”, de que el sufrimiento es el camino para llegar al auténtico gozo.

II.  El teólogo
Benedicto XVI es un teólogo de oficio.  Y el teólogo es un servidor de la Iglesia.
El teólogo Joseph Ratzinger escribe:
“La teología es un oficio noble e importante, y el trabajo realizado por un teólogo siempre es relevante.  Hacer crítica y ser criticado es también propio de la teología.
Me opuse claramente, es cierto, a una teología que parecía haber perdido el norte y que, por tanto, había dejado de hacer un servicio.  Porque nosotros somos,  sólo, servidores de la Iglesia, y no los que deciden lo que es la Iglesia.  Eso es un punto determinante para mí.
En efecto, exactamente esas palabras – “Esta es su Iglesia, no la nuestra”- significan para mí estar ante un  cruce de caminos que hay que saber distinguir.  Que nosotros no decidimos qué es la Iglesia, y que creemos firmemente que Dios quiere su Iglesia y nosotros  tenemos que saber qué quiere de ella  para ponernos a su servicio”.
El joven teólogo Ratzinger, a los 35 años de edad es llamado como perito al Concilio Vaticano II.  Precisamente  en el año 1961, en vísperas del Concilio, Ratzinger, que en ese momento enseñaba teología en Bonn, escribe: “Un Concilio no es una construcción estrictamente papal, pero tampoco un “parlamento”, y los obispos  no son unos diputados con un poder y un mandato que les viene del pueblo que los ha elegido.  Los obispos no representan  al pueblo sino a Cristo, de quien reciben la consagración y la misión.  Por eso cuando se trata de lo más propio de la Iglesia (es decir, de mantener la palabra recibida recibida  de Dios)  los obispos no hablan tampoco en lugar o por mandato del pueblo, sino en lugar y por mandato de Cristo”.  En el “Informe sobre la fe” el Cardenal Ratzinger afirma:
“No hay una Iglesia “pre” o “post” conciliar:  existe una sola y única Iglesia que camina hacia el Señor ahondando cada vez más y comprendiendo cada vez mejor el depósito de la fe que el mismo Señor le ha confiado.  En esta historia no hay saltos, no hay rupturas, no hay solución de continuidad.  El Concilio no pretendió, ciertamente, introducir división alguna en el tiempo de la Iglesia.

En la mañana del 8 de diciembre de 1965, Pablo VI clausura el Concilio Vaticano II.  El profesor y perito Joseph Ratzinger  extraía consecuencias del Concilio para su tarea  teológica y para su vida de pastor: “La fe de los que tienen un corazón sencillo es el mayor tesoro de la Iglesia; servirla a ella y vivirla es el cometido más alto de la renovación eclesial”   Sin duda, este ha sido el programa de Benedicto XVI.  Es una lección que debemos aprender: para creer en la Iglesia  podría bastar la fe, para servir a la Iglesia se necesita amarla.   

Es urgido por su confesor a aceptar el cargo y escoge como su lema episcopal la frase de la carta de Juan, “Cooperador de la verdad”, y razona: “Por un lado, me parecía ser la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. A pesar de todas las diferencias de modo, lo que estaba en juego y seguía estándolo era seguir la verdad, estar a su servicio. Y por otro lado, porque en el mundo de hoy, el tema de la verdad ha desaparecido casi totalmente, pues aparece como algo demasiado grande para el hombre, y sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad”.
Fue electo Papa el 19 de abril de 2005, sucesor de Juan Pablo II  y eligió el nombre de Benedicto XVI. En el balcón, las primeras palabras de Benedicto XVI a la multitud, antes de que impartiera la tradicional bendición Urbi et orbe, fueron:
“Queridos hermanos y hermanas: después del gran papa Juan Pablo II los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!”.  Aquí se refleja el auténtico Benedicto XVI, un Papa lleno de humildad y amor.

III. “…Para Servir a los hombres”
Desde aquel primer momento, Su Santidad  se presentó como un pastor con gran personalidad y amor inmenso hacia la Iglesia. Estábamos de frente a un pontífice que se iba a caracterizar  por su humildad, dotado de  una gran inteligencia y una envidiable lucidez.
Serían muchos los aspectos a destacar en los 2873 días al frente de la Iglesia católica. En su primera homilía el Papa destacaba: “La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la tarea de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que ha dicho: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es hacer que resplandezca ante los hombres y mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo.” Por esto, quisiera poner  un especial énfasis en el Magisterio de Benedicto XVI, específicamente en sus encíclicas pues considero, que esta puede ser, la faceta más atrayente y la mejor herencia del Papa Maestro.
A.   Deus Caritas Est: Dios es amor
Es lo normal  que la primera declaración doctrinal de un Papa presente una visión programática de su servicio, casi una orientación o proyección de su inaugurado ministerio.
Al presentar la  Deus Caritas Est,  firmada  el 25 de diciembre de 2005,  el mismo Santo Padre explicó que, hacia el final de su vida, el Papa Juan Pablo II quiso abordar esta cuestión y se dirigió incluso a él para hacer un borrador preliminar.

Benedicto XVI retomó este proyecto  y le dio un carácter completamente  nuevo. Se hizo eco para el mundo del mandamiento supremo de Cristo: “Este es mi mandamiento: Que os améis los unos á los otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” ( Ágape)
Así, en esta encíclica –explica Benedicto XVI--, “los temas "Dios", "Cristo" y "Amor" se funden como guía central de la fe cristiana”.  
Precisamente, el Evangelio de hoy pone énfasis en esta realidad: El amor comienza con el Padre y fluye por el Hijo a los discípulos (v. 9).  

El Papa Benedicto XVI dio un fundamento teológico a su instrucción sobre el amor al prójimo, pidiéndonos una atención especial al espíritu con que respondemos a las necesidades de  quienes sufren.
Sin dejar de lado este análisis general, quiero hacer un paréntesis pues en esta encíclica encuentro un aporte  invaluable a nuestra realidad nacional que, evidentemente, puede iluminar la  reflexión sobre la sana laicidad en Costa Rica.

Lejos de una visión laicista del Estado promovida por grupos de presión que buscan marginar y excluir lo religioso de la esfera pública, inhibiendo las libertades individuales, que deberían ser garantizadas para todas las religiones, al impedir que los miembros de las mismas participen, desde los principios éticos propios, en la política o en otros ámbitos de la vida social,
el Papa nos habla del modo correcto de relacionar la religión en su dimensión pública y el Estado. Al respecto dice el Papa:

“a) El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales. El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca.
b) La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética.
c) En este punto, política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre nuevos horizontes mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio.
En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica.

d) La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien”.  (Dios es Amor, 28).

B.   Spe Salvi: Salvados en la esperanza
En el texto, firmado el 30 de noviembre de 2007, el Papa nos invita nuevamente a descubrir que, por encima de las guerras, el hambre, los  desastres naturales, los fratricidios, el terrorismo, es posible vivir con esperanza. De este modo, evocando el pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos: “Spe salvi facti sumus” (en esperanza fuimos salvados) se confirma la sencillez y claridad con que este Maestro comunica.
Antes que una reflexión teórica el Papa nos lleva a cuatro lugares donde esa esperanza se aprende y ejercita.
Primero la oración. Así lo explica Benedicto XVI cuando escribe: “Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces para los demás” (Cfr. No. 33)
El segundo y tercer lugar es el actuar y el sufrir. Y es que “toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto (…) Nuestro obrar no es indiferente ante Dios y, por tanto, tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia” (cfr. No. 35 Spe Salvi). El sufrimiento es también un lugar para la esperanza en cuanto que lo que cura al hombre no es esquivarlo y huir del dolor, “sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (Cfr. No. 37 Spe Salvi).
El cuarto lugar es el juicio: “un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza. Sólo Dios puede crear justicia. Y la fe nos da esa certeza: Él lo hace. La imagen del juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. (…) Es una imagen que exige la responsabilidad” (cfr. No. 44 Spe Salvi). “El juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia (…) Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros” (cfr. No. 47 Spe Salvi).
En su obra “Jesús de Nazaret”, Benedicto XVI ha planteado una pregunta capital: “… ¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es sencilla: a Dios. Ha traído a Dios: ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor. Sólo la dureza de nuestro corazón nos hace pensar que esto es poco. Sí, el poder de Dios en este mundo es un poder silencioso, pero constituye el poder verdadero, duradero” (Jesús de Nazaret página 69).

Dice el Papa: ¡Ha traído la esperanza! “Nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios (…) Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto” (Cfr. No. 31 Spe Salvi).

C.     Caritas in Veritate: La caridad en la verdad
En este documento  de junio de 2009 tenemos la primera encíclica que contextualiza al mundo en la época de la globalización, fenómeno que  como señala Benedicto XVI, necesita “una orientación cultural personalista y comunitaria abierta a la trascendencia (…) y capaz de corregir sus disfunciones”.
Es una encíclica que se inserta en la Doctrina Social de la Iglesia, no sólo porque aborda los problemas sociales más apremiantes para la humanidad en nuestros días, sino porque brinda el criterio del amor en la verdad para la actuación nuestra como cristianos en este nuevo contexto.
El Santo Padre  ha pedido  a los cristianos un compromiso más visible en el área social, siendo consecuentes con las enseñanzas del Evangelio, siendo fieles a las palabras de Jesús, y con la orientación de la Doctrina Social y de nuestros pastores. Como Iglesia, estamos llamados a contribuir al progreso de los pueblos y a la defensa del valor mayor que nos ha enseñado Jesús, la dignidad de la persona humana.

Benedicto XVI señala que “sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador”. El Santo Padre reitera que la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer, y menos pretende mezclarse en la política de los Estados, pero si tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia a favor de una sociedad a la medida del hombre, de su dignidad y su vocación.
Aquí  descubrimos otro tema que empata con nuestra realidad nacional sobre todo,  a partir del fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos respecto a la Fecundación in Vitro. Nos dice el pontífice  que el respeto por la vida “en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos” y afirma que “cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre”.
En la Conclusión de la Encíclica, el Papa subraya que el desarrollo “tiene necesidad de cristianos con los brazos elevados hacia Dios en gesto de oración”, de “amor y de perdón, de renuncia a sí mismos, de acogida al prójimo, de justicia y de paz”, todos estos anhelos, ciertamente los hemos visto reflejados, en estos últimos días, en el sucesor de Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, quiero reiterar, en nombre de mis hermanos obispos, y de todos ustedes, nuestra sincera gratitud y profunda admiración al Papa Benedicto XVI , a este hombre sencillo, que supo servir y servirá a la Iglesia con total entrega y devoción, con gran sabiduría, fidelidad y firmeza.

Su renuncia aflora como un acto de sincera confianza en el Señor, de profunda humildad, de verdadera libertad, de gran coherencia y de inmenso amor a la Iglesia. Por esto, no podemos sino bendecir al Señor por el fecundo pontificado, que nos ha regalado en la persona del papa Benedicto XVI, quien con su paso ha dejado una   estela de sabiduría y bondad.
Ayer miércoles, el Papa Benedicto XVI se despidió en la Plaza de San Pedro.  Estas fueron sus palabras:
“El Señor nos ha dado muchos días de sol y ligera brisa, días en los que la pesca fue abundante, pero también momentos en los que las aguas estuvieron muy agitadas y el viento contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir.
“Siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, , sino suya, y no la dejará hundirse es él quien la conduce a través de los hombres que ha elegido.  Por ello, mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios, porque no le falta a toda la Iglesia, ni a mí, su consuelo, su luz.
“Un Papa no está solo en la barca de Pedro, aún si es su primera responsabilidad  y por esto quiero dar las gracias a todos los que me han acompañado .  Nunca  me he sentido solo para cargar la alegrías y el peso del ministerio petrino.
“He dado este paso consciente de la gravedad y de su novedad, pero con una profunda serenidad, amar a la Iglesia significa también tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre en cuenta  el bien de la Iglesia y no el personal”.   
En los Hechos de los Apóstoles se nos dice que la comunidad  oraba por Pedro.  La gente temía a Herodes Agripa que había encarcelado a Pedro para congraciarse con un grupo.  Los cristianos se sentían incapaces de movilizar la opinión pública para salvar a Pedro.  No tienen más armas que la oración.
También nosotros oramos hoy por el Papa Benedicto XVI y su sucesor.  
Unidos a toda la Iglesia esparcida por el mundo, supliquemos fervientemente a Dios por el Papa Benedicto XVI y su sucesor, como una expresión de amor y profunda adhesión al Vicario de Cristo en la tierra.
¡Oh Dios, que en tu providencia quisiste edificar tu Iglesia, sobre la roca de Pedro, mira con amor a nuestro Papa Benedicto XVI y a su sucesor, y tú que lo has constituido sucesor de San Pedro, concédele que su ministerio sea provechoso al pueblo para que llegue a la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado.  Por Cristo nuestro Señor, Amén.


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