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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES- 02-08-2017

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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES
MIÉRCOLES 2 DE AGOSTO, 2017, CARTAGO
 
Monseñor Javier Román Arias
Obispo diocesano de Limón
 
Querido Pueblo Católico de Costa Rica,  Señor Presidente de La Republica y Señora Primera Dama, Señor Nuncio Apostólico, Hermanos obispos,  religiosas y religiosos. Hermanas y Hermanos todos.
 
La Iglesia en nuestro país, hoy está de fiesta, porque celebra con fe y cariño a la Madre común, nuestra Negrita, a María invocada como Nuestra Señora de los Ángeles, a quien los costarricenses, cada año visitamos con fervor y devoción para agradecerle su intercesión amorosa y pedirle su protección maternal.
 
Hoy queremos unirnos a todos los peregrinos y a todos los costarricenses que han llegado a este Santuario como aquellos que han visitado los otros lugares dedicados a la Negrita -o que nos acompañan a través de los medios de comunicación social-, a rendirle homenaje y veneración filial a nuestra Patrona. Y, para ello, qué mejor forma de hacerlo que por medio de la escucha de La Palabra.
 
En el texto de la primera lectura que hemos escuchado, nos encontramos con el elogio que la sabiduría personificada hace de sí misma. Estamos en el centro de interés del libro del Eclesiástico. La sabiduría, como si fuera una persona, se alaba a sí misma. También habla en su nombre, el sabio que la posee.
 
La sabiduría nos presenta el proyecto de Dios sobre el mundo y los seres humanos. Va más allá de la razón humana, porque viene de Dios.
 
La Iglesia aplica este texto a María, la Madre de Jesús, al llamarla “Trono o Sede de la Sabiduría” ¿En qué sentido? María es sede de la sabiduría en el doble sentido carnal-biológico, porque llevó en su seno al Hijo de Dios, que es la sabiduría encarnada; y en el sentido ético-espiritual, porque acogió la Palabra de Dios, haciéndola objeto de amorosa custodia, en lo íntimo de su corazón.
 
Por eso, hoy la contemplamos como la mujer en la cual el Hijo de Dios se hizo hombre y, por medio de su maternidad divina, somos adoptados como hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. Por medio de ese espíritu de adopción que hemos recibido, podemos llamar Abba a Dios, es decir, Padre y liberados de toda esclavitud, desde la redención de Cristo que, desde aquel primer Viernes Santo, nos la ha dado como Madre de la Iglesia y de la humanidad.
 
La contemplamos firme y, a la vez,  como madre dolorosa, al pie de la cruz del Señor. Viendo al Hijo agonizar y morir, María reviviría en sí misma la fe de Abrahán, el cual creyó que "Dios es capaz también de dar la vida a los muertos" (Heb 11,19; ver Rom 4,17).
 
La Escritura no da noticia de una aparición de Jesús resucitado a su madre. María, sin embargo, realizó otro tipo de visión en la fe. Ella había aprendido a recorrer su itinerario de fe pascual, ya desde el día en que el anciano Simeón, le había pre-anunciado el destino doliente de su Hijo.
 
Como enseñan nuestros pastores latinoamericanos en el documento de Aparecida: Con ella (María), providencialmente unida a la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4), llega a cumplimiento la esperanza de los pobres y el deseo de salvación.
 
La Virgen de Nazaret tuvo una misión en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañado a su hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: “Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya” (Jn 19, 27).
 
Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu (cf. Hch. 1, 13-14), María cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos… (DA p. 267).
 
La Virgen María es bienaventurada tanto por haber dado a luz a su Hijo según la carne como por haber prestado fe a la Palabra del Señor. Incluso la misma maternidad divina fue consecuencia de su pronta obediencia al querer del Padre Celestial.
 
 
Ella llevó a Jesús, como decía san Agustín, antes en el corazón que en su vientre.
 
Tal es también la vocación de toda la Iglesia. También ella es llamada a escuchar y penetrar incesantemente el sentido de las Escrituras. Los signos de los tiempos, los acontecimientos del mundo en medio del cual vive y obra, especialmente cuando sopla la tempestad y todo parece naufragar; cada acontecimiento concreto, tanto en la historia de la Iglesia y del mundo como en la pequeña historia de cada creyente, nos sirve para confrontarnos con la palabra profética de Jesús: "Yo estoy con ustedes siempre..." (Mt 28,20).
  
Valores de la mujer que resplandecen en María
 
Siguiendo las huellas del Evangelio, es posible advertir valores de la personalidad femenina, que resplandecen en la figura de la Virgen María.
 
En primer lugar su capacidad de entrega a Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según su voluntad” (Lucas 1:38). El consentimiento de María es una ofrenda total a Dios y manifiesta toda la fuerza de entrega, confianza y de amor, propia de la mujer.
 
En segundo lugar, su capacidad de entrega al prójimo. En el pasaje de la visita a Santa Isabel se manifiesta la capacidad de la mujer de entregarse al prójimo. María se fue con prontitud a la región montañosa de Judá y se puso al servicio de Isabel en el momento de su necesidad (Lucas 1:39). Por su riqueza interior y personal, por sus características, la presencia de la mujer tiene un influjo humanizante y santificador en beneficio de la persona, de la familia y de la sociedad.
 
En tercer lugar, su capacidad de iniciativa. Las bodas de Caná manifiestan la capacidad de intuición y de iniciativa de la mujer. Con osadía, María se dirige a Jesús y le convence para anticipar su hora. El milagro le revela como Salvador y suscita en los discípulos la fe que salva (Juan 2:11). La iniciativa de María obtiene un claro reconocimiento. Ella está llamada a tomar la iniciativa en la misión evangelizadora, así como el hombre.
 
En cuarto lugar su fortaleza en la prueba. En el momento del sufrimiento María manifiesta su fortaleza moral, su fidelidad absoluta y el seguimiento generoso al Señor. Junto a la Cruz ella testimonia que en los momentos dramáticos la mujer es constante, es fiel y es fuerte. En ella el amor al Señor es más fuerte que la turbación del dolor.
 
Junto a la Cruz, María es consagrada como cooperadora en la obra de salvación, con una misión de maternidad universal. El discípulo amado del Evangelio es símbolo de todos los discípulos que, amados por Cristo, reciben a María por madre. María influye en la generación espiritual de todos los discípulos de Cristo. Asimismo, la mujer es llamada a ejercer una misión de maternidad espiritual, en vista de la humanización y cristianización del mundo entero.
 
La figura de María ofrece así el modelo perfecto del discípulo del Señor. Ella es testigo del amor, que edifica a Cristo en los corazones.
 
María enaltece la dignidad de la mujer
 
El papel que Dios en su plan de salvación confió a María eleva la dignidad e ilumina la vocación de la mujer, en la vida de la Iglesia y de la sociedad de hoy.
 
Se trata de una función única, exigida por la realización del misterio de la Encarnación: la maternidad de María era necesaria para dar al mundo al Salvador, verdadero Hijo de Dios, pero también perfectamente hombre.
 
María, realizando esa forma de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer puede cumplir concretamente su misión. Ante el anuncio del ángel, la Virgen no busca satisfacer ambiciones personales. San Lucas, nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar su servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino de salvación.
 
Se trata del valioso servicio que tantas mujeres, siguiendo su ejemplo, han prestado y siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.
 
Pienso hoy en las madres, nuestras madres, que a pesar de las dificultades o situaciones dolorosas dijeron SÍ A LA VIDA. Igualmente, las madres que con paciencia y piedad nos transmiten el don de la fe, una fe sencilla, auténtica y arraigada en la vida.
 
Pienso tambien, en las esposas entregadas, esforzadas, trabajadoras, consejeras y guías seguras en los momentos de dificultad.
 
En las miles de agentes de pastoral y docentes que, superando obstáculos de todo tipo, donan con generosidad su tiempo y su conocimiento para orientar a nuestros niños y jóvenes en el amor a Dios y las enseñanzas de la Iglesia.
 
Las religiosas activas y de clausura que se gastan y se desgastan en la educación, la caridad, la salud, los proyectos de promoción humana entre aquellos que la sociedad aparta o desecha y las que ofrecen su oración por nosotros y el mundo entero.
 
Por último y no menos importantes, aquellas mujeres sin distingo de edad o condición, que en medio del mundo, los ambientes de trabajo, la política, la academia y la ciencia, contribuyen con su conciencia, espiritualidad y rectitud de vida a hacer del mundo un mejor lugar para vivir.
 
¡Gracias mujeres! ¡Gracias de todo corazón! ¡Qué sería de la Iglesia y del mundo sin ustedes!
 
Valor de la vida y la maternidad
 
La figura de María recuerda también el valor de la maternidad, y en ella, el infinito e innegociable valor de la vida humana. En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia.
 
Como nos recuerda el Papa Francisco, “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. (Jornada Mundial de la Paz 2017)
 
Las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, y de la fuerza de la esperanza. No se dan por vencidas y siguen peleando hasta el final para darle lo mejor a sus hijos. ¡Qué sería de nuestra sociedad sin las madres!
 
A quienes no la conocen, los invito a visitar la Posada de Belén, una de las tantas obras sociales de la Iglesia en nuestro país, que nació para acoger y acompañar a las niñas a las que le fue robada su inocencia y que a pesar de todo dijeron, SI A LA VIDA EN SU VIENTRE.
 
En este lugar se acompaña, forma y capacita a estas madres adolescentes para que una vez cumplidos los 18 años, posean herramientas para salir adelante junto a sus pequeños.
 
Es nuestra manera de respaldar con obras la defensa de la vida desde la concepción y hasta la muerte natural. Actualmente hay 65 jóvenes y sus hijos, pero queremos duplicar o triplicar la capacidad en infraestructura para atender muchas más que se encuentran en esa situación.
 
Estas muchachas son ejemplo de la fuerza sobrenatural de las madres, que no es otra cosa que la gracia de Dios en sus vidas, que las empuja a dar siempre más de sí, a superarse, a tener valor y a conservar la fe a pesar de los problemas y dificultades.
 
María es modelo de esperanza cristiana
 
A ejemplo de la Virgen, las mujeres, al igual que los hombres, están llamadas a ser agentes de esperanza en medio del mundo. María no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, o que injuria contra el destino de la vida cuando es hostil.
 
Es en cambio una mujer que escucha, que acoge la existencia así como se presenta, con sus días felices, pero también con sus tragedias, como cuando su Hijo fue clavado en el madero de la cruz.
 
Las madres no abandonan su misión y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo amado.
 
Ella estaba ahí. Los evangelios no dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor. Solo dicen: ella “estaba”. Estaba en el momento más difícil, y sufría con su hijo.
 
María,  no se fue y ni se va tampoco hoy. María está ahí, ¡está aquí! fielmente presente.
 
Conocemos el dolor de nuestras madres, traspasadas por la violencia, la pobreza y la exclusión social. Golpeadas por la falta de oportunidades, por el abandono y el peso desbalanceado de las responsabilidades del hogar.
 
Particularmente, en mis visitas a los pueblos de Telire,  he conocido el dolor de madres indígenas que ven morir a sus hijos por enfermedades que se podían prevenir, por falta de una atención médica más constante, por desnutrición y falta de condiciones mínimas para vivir.
 
Sufren porque las escuelas a las que van sus hijos son ranchos viejos, con piso de tierra y pupitres de troncos. Sufren porque saben que salen de sus casas con hambre y regresan con hambre, porque para ellos los comedores escolares están limitados por las dificultades para trasladar los alimentos.
 
Sufren porque ante la enfermedad y los embarazos tienen que cruzar ríos caudalosos. Para ellas no hay puentes ni caminos.
 
Hoy quiero que su voz resuene fuerte en todo el país. ¡Basta de abandono! ¡Basta de olvido y marginación! Su dolor es una obligación de todos los costarricenses, no solo de los funcionarios públicos y las instituciones, todos y cada uno debemos de implicarnos en esta causa, ¡EN ESTA COSTA RICA DESCONOCIDA!.
 
Sufren también nuestras madres agobiadas porque sus hijos han perdido el camino, porque han dejado que el mal penetre en sus corazones o porque están enfermos o sin empleo.
 
Sus oraciones NO serán ignoradas. Madres, no dejen de orar y de pedir por sus hijos. Dios las escucha y actuará según su voluntad.
 
La Virgen al pie de la cruz es una imagen icónica de valor y de fe. Ella está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamado sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.
 
Por esto todos nosotros la amamos como Madre y confiados venimos a pedirle su intercesión. No somos huérfanos, nos recuerda el Papa: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios que nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido.
 
Que en los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza.
 
AMÉN.
 
 


 
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