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Monseñor José Rafael Quirós Quirós ( «Ofrenda Permanente» )

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OFRENDA PERMANENTE

P Alfonso Mora Meléndez


El VII Arzobispo de la Arquidiócesis de San José, Monseñor José Rafael Quirós Quirós, tiene como lema de su ministerio episcopal una expresión consagrada en la III Plegaria Eucarística, y que marca la orientación de su labor pastoral y de su espiritualidad episcopal.

El Lema es
:

«Ofrenda permanente»


Monseñor Quirós explica la elección de este lema y la incidencia del mismo en su labor pastoral, con las siguientes palabras:

Cristo don del Padre a la humanidad, y a su vez la ofrenda que el Padre acepta. En Cristo y por Cristo somos víctima agradable a Dios. Veo en el llamado que me ha hecho el Señor, un don que me lleva a donarme plenamente, ser ofrenda para todos, para conducirlos al encuentro con el Señor. Es la presencia del Señor en mi vida la que hará posible, "me transforme en ofrenda permanente".

Nos proponemos, en pocas líneas dar una sencilla catequesis para el pueblo de Dios, a fin de que sepamos, no solamente el sentido de este lema para nuestro Arzobispo Metropolitano, sino qué actitud nos corresponde a nosotros, ministros y fieles laicos, de cara al significado y las implicaciones consecuentes.
Nuestro recorrido reconoce la doble vertiente, a saber, la iniciativa de Dios y la respuesta de su pueblo.
Es por eso que miramos qué actitud tiene Dios para con nosotros, y qué actitud en respuesta espera Él de nosotros.

DIOS, OFRENDA PARA EL HOMBRE

El principio fundamental de la Revelación Divina es la donación que Dios hace de Sí mismo: Más que comunicar planes, Él se da a nosotros y nos comunica su Ser. Dicho en otras palabras, se comunica dándose a nosotros.
En términos parecidos habla el evangelista san Juan de la Palabra Eterna que «se hizo carne y habitó entre nosotros».
En el encuentro con la samaritana Jesús le dice: « Si conocieras el don de Dios…»
A partir del don que Dios hace de sí mismo, en el principio de todo don está la iniciativa divina: «Todo don perfecto desciende del Padre de las Luces» (Sant 1, 17; cfr- Tob 4, 19).
La imperfección y el pecado del hombre, lejos de impedir la donación generosa que Dios hace de Sí mismo, la motiva y la impulsa: Dar y perdonar, derramar por todas partes su generosidad, inclinarse con atención y emoción hacia los más pobres y los más desgraciados, es el retrato mismo de Dios, por lo cual Él mismo se define así: «Yahvéh, Dios de ternura y de gracia, tardo a la ira y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34, 6)

La primera actitud que se impone al hombre es abrirse al don de Dios (Mc 10,15). Recibiéndolo, se hace capaz de auténtica generosidad y es llamado a practicar a su vez el don de sí mismo (1 Jn 3, 16).

El don de Dios en Jesucristo
Dios Padre nos revela su amor al darnos a su Hijo (Jn 3, 16), y en el Hijo se da el Padre a Sí mismo, pues Jesús está totalmente lleno de la riqueza del Padre (Jn 1, 14).
En su fidelidad al amor que le une al Padre (Jn 15, 10) realiza Jesús el don completo de Sí mismo: «da su vida» (Mt 20,28).
La venida de Jesucristo muestra hasta dónde puede llegar la generosidad divina: hasta darnos a su propio Hijo (Rom 8, 32). La fuente de ese gesto de Dios para nosotros es una mezcla de ternura, de fidelidad y de misericordia.
Jesús es el don supremo del Padre (Mt 21, 37), entregado por nosotros. La sensibilidad de Jesús a la miseria humana, su emoción ante el sufrimiento, traducen la misericordia y la ternura de Dios.

El don a Dios en Jesucristo
El sacrificio de Cristo es, a la vez, don de Dios a la humanidad y don de la humanidad a Dios en Cristo. Desde entonces o desde allí, los hombres no tenemos ya que presentar otros dones. La víctima perfecta basta para siempre, como afirma la carta a los Hebreos (7, 27).
Pero a esta Víctima perfecta que es Cristo, debemos unirnos nosotros y constituir, con Él, don para el Padre y don para los demás. Porque la gracia no se recibe como un regalo para guardar, sino para que dé frutos. (Jn 15; cf. Mt 13, 12).

El don que no espera ser correspondido
Darse, como Cristo, a los otros, adquiere una amplitud y una intensidad que no tienen comparación. No se busca reciprocidad o recompensa. «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10, 8). El cristiano está llamado a considerar todo, bienes materiales o dones espirituales, como riquezas de las que sólo es administrador. Pero el don de Dios en Jesucristo nos lleva todavía más lejos: Jesús «ofreció su vida por nosotros»,  y así la gracia nos empuja a «ofrecer también nosotros nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3, 16), porque «no hay mayor amor que el de aquel que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Nosotros mismos somos ofrenda en sacrificio espiritual
No podemos ser oferentes con Cristo sin ser ofrecidos con Él, como nos recordaba ya la Encíclica  mediator dei , de Pío XII (noviembre de 1947).
«La Iglesia cada día, ofreciendo a Cristo, aprende a ofrecerse a sí misma», dice san Agustín (De Civitate Dei X, 20); más aún, es ésta la única forma verdadera de hacer memoria en Él; no se trata simplemente de repetir los gestos y las palabras, sino que es preciso entrar en sus sentimientos.
Para poder vivir con sinceridad ese Cuerpo entregado, debemos vivir nuestra vida cristianamente haciéndonos a nosotros mismos don, sea cual sea nuestra vocación específica.
Igualmente, para poder hacer nuestro y ofrecer ese sacrificio en el que Jesús se ha hecho obediente hasta la muerte, debemos consumir nuestra existencia en una total obediencia a la voluntad del Padre, llevando a término plenamente su proyecto de amor sobre nosotros.
En la Eucaristía como en ningún otro momento, se cumple la palabra del Señor: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Celebramos en ella precisamente su gesto de amor, que exige de nosotros otro tanto.
Sabemos que no podemos añadir nada al sacrificio único y perfecto de Cristo, que ya ha merecido todo, y es sobreabundante para todas las necesidades de salvación y santificación del mundo entero. Si hoy lo hacemos presente en la celebración memorial de cada comunidad celebrante, es precisamente para que produzca ahora el sacrificio espiritual de nosotros mismos, del que nos habla todo el Nuevo Testamento (cf., por ejemplo, Rom 12, ss).
El sacrificio sacramental del que participamos nos lleva al sacrificio real de nosotros mismos; y el primero es inútil para nosotros si no asume nuestra vida concreta con los sufrimientos y fatigas de cada día, pero también con las alegrías, con las intenciones y oraciones que llevamos en el corazón por nosotros y por todo el mundo, con el deseo o la necesidad de alabar y dar gracias a Dios, de interceder o expiar. La celebración alcanza su verdadera finalidad cuando hacemos de toda nuestra vida una sola ofrenda, un solo sacrificio con la ofrenda y el sacrificio de Cristo, o una sola alabanza, acción de gracias, intercesión, expiación, que por nuestra parte no tienen ningún valor sino en cuanto están insertados en el culto perfecto que sólo Cristo puede expresar por nosotros y con nosotros; para esto precisamente Él se hace presente con su ofrenda y su sacrificio sobre el altar.
De este modo, las plegarias eucarísticas no expresan sólo el «ofrecemos» que tiene por objeto a Cristo y su sacrificio, sino que piden que el mismo Señor «nos transforme en ofrenda permanente» (Plegaria Eucarística III) o que todos seamos por su Espíritu «víctima viva para tu alabanza» (Pleg. Euc. IV).  
El Canon Romano, al pedir que nuestra ofrenda sea agradable a Dios como la de Abel, Abrahán o Melquisedec, supone en nosotros una actitud de disponibilidad interior y de donación igual de generosa que la de ellos cuya memoria invocamos.

El Señor es mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

(Del salmo 15)



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