Solemnidad de San José Patrono de Costa Rica y Patrono de la Arquidiócesis - IGLESIACR

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Solemnidad de San José Patrono de Costa Rica y Patrono de la Arquidiócesis

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SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ
PATRONO DE COSTA RICA Y PATRONO DE LA ARQUIDIÓCESIS.
CATEDRAL METROPOLITANA,
19 DE MARZO, 2013.


+Mons. Hugo Barrantes Ureña
Arzobispo.

En las Santas Escrituras los grandes protagonistas en la historia de la salvación, son personas humildes.  Es lo que sucede en el caso del Patriarca San José.  San José fue un hombre humilde y silencioso.  Aparentemente fue un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos.  Las lecturas proclamadas iluminan la persona y misión de San José.

Lecturas:

 2da. Sam. 7, 4-5.12, 14-16

Dios promete a David una descendencia que reinará para siempre.  La tradición cristiana ha visto en ese linaje al Mesías, a Jesús, descendiente de David.  De modo indirecto, entra José, pues él es el último eslabón de la geneología davídica.

Rom. 4, 13.16-18.22

Esta lectura, que nos recuerda la fe de Abraham,  se aplica, perfectamente, a San José, hombre justo, que creyó a la Palabra.  San José no se aferra a las exigencias de la ley, sino más bien acoge el don de la fe, como un auténtico descendiente de Abraham.  Esto es lo que le permitió escuchar a Dios y hacer la voluntad de Dios.  La fe fue el secreto, el motor de su vida.

De hecho, San José se convirtió en un instrumento de Dios en acontecimientos que sólo pueden ser atribuidos a Dios, gracias  a la fe y obediencia del humilde carpintero de Nazareth.

Evangelio:  Mt. 1, 16, 18-21, 24

En San Mateo, el ángel hace el anuncio del nacimiento de Jesús  a José.  La primera reacción de José fue de temor ante la responsabilidad que supone  ponerse al frente de la Sagrada Familia.   Pero él era "un hombre justo", lo que significa  que en él prevalece la fe, la rectitud interior y el respeto a Dios.  Respeto, obediencia y humildad figuran en la base de la "justicia" de José.  José  brilla  sobre todo por estas actitudes radicalmente bíblicas, propias de los grandes hombres elegidos por Dios para misiones importantes, que siempre se consideraban  indignos e incapaces de las tareas que Dios les había confiado.  Dios sale, después, al encuentro de estos amigos suyos, otorgándoles fortaleza y fidelidad.  Es el caso de José.

 El culto a los santos:

El auténtico culto a los santos no consiste, según el Concilio, "tanto en la multiplicidad de los actos exteriores cuanto en la intensidad de un amor práctico por el cual, para el mayor bien nuestro y de la Iglesia, buscamos en los santos el ejemplo de su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su intercesión" (LG 51).  "Es por tanto, sumamente conveniente  que amemos  a estos amigos y coherederos de Cristo, hermanos también  y eximios bienhechores nuestros; que rindamos a Dios  las gracias que le debemos por ellos; que los invoquemos  humildemente  y que, para impetrar de Dios beneficios por medio de su  Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor  y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, protección y socorro" (LG 50).

Se escuchan, a veces, voces que vienen de fuera de la Iglesia Católica que afirman que los devotos a los santos serían, más o menos, paganos que se dedican al culto de los ídolos.

Es importante responderles a estas personas sobre el gran valor que encierra el culto a los santos.  Incluso en el credo decimos: "creo en la comunión de los santos".  O sea, creo que somos muchos los que formamos la Iglesia:  a la Iglesia de la tierra hay que sumar los bienaventurados del cielo.  De ahí que veneremos a los santos del cielo como modelos luminosos de vida de fe y les invoquemos para alcanzar su intercesión".  Es cierto que hay muchos santos en la tierra.  Pero es cierto que los santos del cielo viven en Cristo con toda la fuerza de la fe y del amor que tuvieron en la tierra, ahora elevada a la máxima potencia en la gracia de la eternidad.  Para nosotros los santos son la rama segura que nunca más se desprenderá de la vid que es Cristo.

Es comprensible, que por estos  sentimientos los cristianos nos dirijamos a los santos del cielo cuando atravesamos momentos de dolor y angustia.  Es que los santos representan el dichoso punto de llegada del mismo camino atormentado que nosotros todavía estamos recorriendo en la tierra; por eso los invocamos e imploramos su ayuda.  Es lo que sucede en la letanía de los santos que la Iglesia reza, en momentos importantes,  implorando  la intercesión de los "amigos y modelos de vida" que son los santos.

No podemos olvidar que nuestra única esperanza está solo en nuestro único Salvador.  Por lo tanto cuando pido algunas "gracias" a los santos, eso es sólo válido si estoy mirando hacia el centro, pues del centro, que  es Cristo, dimana "la gracia" que es el Espíritu Santo.

 José,  el discípulo:

José es llamado por Dios para servir, como María, directamente a la persona y a la misión de Jesús.  José coopera, en la plenitud de los tiempos, en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ministro de la salvación.  José se entrega totalmente a colaborar en el misterio de la Redención, y siendo lo más importante para el mundo,  sin embargo, sucede al margen de las "grandezas" humanas.

De San José aprendemos que hay que huir de la tentación moderna del activismo.  El activismo es un rasgo característico del hombre contemporáneo.  La multiplicación de actividades, de escenarios, de relaciones, de obras, dan una apariencia de vida y fecundidad.  Y, sin embargo, lo que el activismo encubre es la esterilidad y la falta de un verdadero sujeto, un auténtico discípulo.

Es  iluminador  lo que escribe el Cardenal Joseph Ratzinger sobre la actitud acogedora de María, a la par de la cual podemos colocar a José, que se abre totalmente al don que es Jesús.

"En nuestra manera de pensar, escribía el Cardenal Ratzinger, queda válido sólo el principio masculino: hacer, producir, planificar el mundo y si fuera posible, fabricarlo de nuevo por sí mismo, sin pedirle nada a nadie, haciendo recurso exclusivamente a nuestras fuerzas.  No es una casualidad, creo, que con nuestra mentalidad masculina hayamos separado a Cristo de la Madre, sin darnos cuenta que María, como su madre, podría significar algo para la teología y para la fe.  Toda nuestra modalidad de relacionarnos con la Iglesia parte de una manera equivocada de pensar:  La consideramos casi como un producto técnico que queremos programar con perspicacia y realizar con un enorme dispendio de energías.  Nos asombramos si después sucede lo que anota San Luis M. Grignon de Monfort a margen de una afirmación del profeta  Ageo: "Ustedes siembran mucho, pero cosechan poco" (1,6) (…).  Por esto la Iglesia necesita del misterio mariano, más aún, ella misma es Misterio de María.  Habrá fecundidad en la Iglesia sólo si se somete a este signo, sólo si llega a ser tierra santa por la palabra.  Debemos aceptar el símbolo del terreno fértil, debemos nuevamente volvernos hombres y mujeres que esperan, interiormente recogidos, personas que en la profundidad de la oración, del anhelo y de la fe hacen espacio para el crecimiento".

El silencio de San José:

Vivimos una etapa de la historia, los inicios del siglo XXI, en los que priva el ruido.  Es tal la obsesión por hablar, por comunicar, por contar cosas, verdaderas o falsas, constatadas o rumoreadas, que no hay espacio ni tiempo para el reposo, la reflexión o el silencio.

Si San José pudo oír al ángel y enterarse del misterio, fue gracias a su silencio.  Escuchar cuando uno está inmerso en la turbulencia de noticias y comentarios, de chismes, de dimes y diretes, es francamente difícil, y si es difícil escuchar, mucho más lo será el enterarse de lo que verdaderamente es interesante.

En uno de los  viajes  que realizó el Papa Juan Pablo II a España decía a un número cercano al millón de jóvenes:  El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación.  Sin interioridad, la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma.  ¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad?

Lamentablemente conocemos muy bien la respuesta.  Cuando falta espíritu contemplativo, no se defiende la vida y se degenera todo lo humano.  Sin interioridad, el hombre moderno pone en peligro su propia integridad.

El testimonio personal de vida:  primer medio de Evangaelización.

Juan  XXIII puso bajo la custodia de San José el desarrollo del Concilio Vaticano II.

Nosotros queremos poner bajo el patrocinio de San José la Misión Continental Arquidiocesana.

La figura de San José, humilde, silencioso, pero auténtico testigo por fidelidad en la tarea encomendada lo hace modelo en la tarea de la evangelización.  Él es el discípulo misionero.  Su mensaje es su testimonio de vida.  En San José callan las palabras  y hablan los hechos


Pablo VI, el gran maestro contemporáneo de la evangelización, en su ya clásica exhortación apostólica sobre la evangelización, decía que "para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites.   El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan –decíamos recientemente a un grupo de seglares- o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio. (…) Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y despego a los bienes materiales, de libertad frente a los pobres del mundo, en una palabra, de santidad".

Otro elemento a tener en cuenta es que hoy se hace imprescindible tomar como punto de partida para la evangelización el testimonio antes que las palabras, aunque eso no signifique que haya que renunciar a la confesión de la fe, a la celebración litúrgica, a la alabanza y a la oración, o a la formación cristiana en seriedad, ni al anuncio explícito del Evangelio, como veremos a continuación.

"La primera forma de evangelización es el testimonio", venía a decir Juan Pablo II en su carta encíclica sobre la acción misionera de la Iglesia.  Las palabras no resultan atractivas ya en una sociedad cargada de promesas vacías o tanta palabrería hueca en medios de comunicación social o en literatura que poco o nada aporta al bien del hombre.  Para dar fiabilidad a las palabras escuchadas hoy es necesario contemplar la coherencia de vida con esas palabras.  Son muchos los que anuncian una realidad que después resulta ser falsa en los hechos.  Para convencer a otros hay que vivir lo que se anuncia.  Esto ha sido lo más evangelizador en todo momento, y ahora no puede ser de otra manera.  El convencimiento de otros de la bondad de la vivencia cristiana tiene que venir por el descubrimiento  por parte de ellos de que eso es una realidad.  Ahí es donde debe orientarse el empeño de los cristianos, en mantener una relación personal de cercanía y fraternidad, alegre y esperanzada ante las dificultades temporales, de compasión y entrega generosa a quien más necesidad pueda sentir de nosotros, para ser testigos veraces de una vida de seguimiento de Jesús en autenticidad, a la vez que atractiva.

Para tener estas actitudes propias de la evangelización en este momento el acento por parte de los cristianos debe centrarse en un seguimiento más pleno de Jesucristo, en un amor profundo a Dios, en una renovación interna de la vida, en un compromiso mayor con la comunidad eclesial, en una entrega desinteresada a los demás, en una dedicación más empeñada en construir una sociedad más justa  y humanizada. ¿Será, quizá, que le falta fuerza evangelizadora a la Iglesia hoy porque falta a los cristianos precisamente esto?. ¿No será que hay que comenzar por lo más básico y elemental, la conversión del corazón de los creyentes, para desde ahí proponer la renovación de las comunidades cristianas y la oferta evangelizadora a los creyentes o a los alejados?

Nueva Evangelización:

Cuando hablamos de la Nueva Evangelización, nos referimos a dar una respuesta evangelizadora a la nueva situación en que viven los destinatarios.  Precisamente, el Vaticano II nos convocó a adaptar el mensaje salvador de Jesucristo a las circunstancias concretas de la época.  Lo novedoso es la propuesta pastoral, sin modificar el contenido a transmitir.  En 1989 el Beato Juan Pablo II decía a los miembros de la CAL: "Hay que determinar los métodos más apropiados para los tiempos en que vivimos; buscar una expresión que la acerque más a la vida y a las necesidades de los hombres de hoy, sin que por ello pierda nada de su autenticidad y fidelidad a la doctrina de Jesús y a la tradición de la Iglesia".

Ya no estamos en cristiandad.  Estamos en la diáspora.  Eso requiere una nueva respuesta pastoral que parta de un planteamiento misionero y evangelizador.

En un mensaje reciente,  con ocasión  del Día de la Hispanidad, el Cardenal Marc Ouellet nos dice:

"América Latina necesita una nueva evangelización ante la realidad del cambio tan profundo que se está operando en el interior de la sociedad americana… La cultura global del relativismo y del hedonismo penetra también la realidad latinoamericana por doquier, erosiona la religiosidad popular, atenta contra la institución familiar y la cultura de la vida y deja  a los jóvenes desconcertados, muchas veces huérfanos de padres, maestros, educadores.  Todos estos son ámbitos humanos interpelantes que quieren poner en camino para pasar por la puerta de la Misión en América…

Por ello la Iglesia en América Latina ha asumido como principal compromiso misionero la conversión pastoral.  Esta toma de conciencia arranca de la conversión personal, entendida como la aceptación del Reino de Dios y el compromiso de incorporarse como discípulos de Cristo para darlo a conocer al mundo.

Conversión pastoral, tanto de las personas como de las estructuras de la Iglesia.  Este "estado permanente de misión" implica una gran disponibilidad a repensar y reformar muchas estructuras pastorales teniendo como principio constitutivo la espiritualidad de la comunión y la audacia misionera" (Cardenal Marc Ouellet).    

San José, Patrono de nuestra ciudad capital y de la Arquidiócesis:

Hoy queremos  implorar la protección de San José y su intercesión sobre todos los josefinos.    La lista de situaciones difíciles que enfrenta nuestra  ciudad capital es inmensa.  A todas ellas la Municipalidad de San José trata de dar respuesta.

Hay una alta tasa de desempleo.  Todos somos testigos de las personas en estado de indigencia que deambulan por nuestras calles.

Una de las respuestas a esta situación, de parte de la Municipalidad, es el Centro Dormitorio y atención primaria para habitantes de calle.  En este momento se atienden 105 indigentes diariamente.    La parroquia de la Merced tiene una participación muy directa en este proyecto.

Este es sólo un ejemplo de la búsqueda de solución a los problemas.  Hay que partir del diálogo social, de la unión de esfuerzos en la línea de la solidaridad.   Hay que hacer alianzas.  Unidos somos fuertes.

Si por apego a la justicia y a la verdad hay que reconocer el esfuerzo de la Municipalidad josefina por hacer de nuestra capital una ciudad más humana, más incluyente, es también justo y necesario reconocer que el rostro samaritano de la Iglesia está presente en la Ciudad.    No es fácil contabilizar el trabajo de las parroquias y de las asociaciones de sello católico que trabajan en la ciudad para prevenir y curar los tremendos efectos de la descomposición social.  Sus nombres son de sobra conocidos.

Desde luego, todo es perfectible y mejorable.  Depende de Dios y de la generosa respuesta de los discípulos de Cristo y personas de buena voluntad que nuestras parroquias puedan desarrollar eficazmente los programas de la Pastoral Social.   Necesitamos más manos y más corazones que quieran servir a los más pobres y necesitados.

La palabra iluminadora del Papa Emérito Benedicto XVI es clara y determinante al hablar de la caridad como tarea de la Iglesia.

"La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los sacramentos y la Palabra" (Deus Caritas est 22).

"… el imperativo del amor al prójimo ha sido grabado por el Creador en la naturaleza misma del hombre.   Pero es también un efecto de la presencia del cristianismo en el mundo…  Por tanto es muy importante  que la actividad  caritativa de la Iglesia  mantenga todo su esplendor…

"Por lo que se refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es preciso que sean competentes profesionalmente.
"… Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por si sola no basta.


En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta.  Necesitan humanidad, necesitan atención cordial.  Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse  a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una  atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad.  Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una "formación del corazón… (Deus Caritas est 31).


Agradezcamos al Papa emérito Benedicto XVI por recordarnos, insistentemente, que el servicio de la caridad pertenece a la esencia de la Iglesia.  Hoy sigue sirviendo a la Iglesia, en el silencio de la oración y la contemplación.  Que San José, su patrono (Joseph Ratzinger) lo bendiga y lo proteja.   

Hay mucho que hacer en el campo del ejercicio de la caridad, de modo particular en el contexto urbano.  Pero no hay que desalentarse.  El mismo Papa Emérito Benedicto XVI nos dice que el que sirve "Hará con humildad lo que le es posible y con humildad confiará el resto al Señor.  Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros.  Nosotros le ofrecemos nuestro servicio, sólo en lo que podemos y hasta que Él nos de fuerzas.  Sin embargo, hacer todo lo que está en nuestras manos con las capacidades que tenemos, es la tarea que mantiene siempre activo al siervo bueno de Jesucristo: "Nos apremia el amor de Cristo" (2da. Cor. 5, 14)".  (Deus Caritas est, 35).

El Espíritu Santo ha puesto en las manos del Papa Francisco el timón de la nave de la Iglesia.  Hoy, en la mañana, inició su ministerio petrino.  Suplicamos que Dios lo guarde y proteja siempre, que lo ilumine para que pastores y rebaño   lleguemos a la vida eterna.

A San José pedimos ejerza su patrocinio para hacer de la Arquidiócesis una comunidad de fe, culto y amor,  reconociendo que el ejercicio de la caridad forma parte esencial de la misión de la Iglesia.  Que Dios nos conceda a todos un corazón como el del Buen Samaritano.

Que el ejemplo de fe y obediencia de San José, nos inspire en nuestro seguimiento de Cristo.

¡San José, ruega por nosotros!   


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