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CUARESMA

Tiempo Liturgico


CUARESMA  


La Cuaresma, ¿tiempo de arrepentimiento, conversión y penitencia?


Con la intención de recordarnos la enseñanza conciliar, las normas sobre el calendario litúrgico nos recuerdan que:

«La razón de ser del tiempo de Cuaresma es la preparación para la Pascua: la liturgia cuaresmal prepara a celebrar el Misterio Pascual, tanto a los catecúmenos, haciéndolos pasar por los diversos grados de la iniciación cristiana, como a los fieles que rememoran el bautismo y hacen penitencia»[1].


De hecho, testimonios tan antiguos como el de Eusebio de Cesarea nos muestran cómo, desde el inicio de su existencia, el camino cuaresmal estuvo en dependencia absoluta de la Pascua y su dimensión bautismal[2]. Pero esta perspectiva se perdió cuando, a lo largo de los siglos, la liturgia lamentablemente fue dejando de lado su sentido comunitario para entregarse a una práctica y vivencia mucho más intimista[3].


No debe extrañarnos -entonces- que en las reflexiones litúrgicas del Vaticano II se haya buscado recuperar la perspectiva integral que nosotros, fieles a ese mismo espíritu conciliar, debemos esforzarnos por subrayar y vivir. Por eso, al iniciar un año más este tiempo de gracia que es la Cuaresma, debemos resistirnos a la tentación de reducir su significado a uno solo de los aspectos que la conforman. Por el contrario, estamos llamados a contemplar la extraordinaria riqueza de este periodo, tal y como nos lo esboza la liturgia de cada uno de los domingos que lo conforman.


En el primero de ellos, la Iglesia nos invita a un acto de profunda confianza en el Señor; tal y como nos lo enseña san Agustín cuando, en el “Oficio de lectura”,[4] nos pide fijarnos que en Cristo todos hemos vencido la tentación. De hecho, esa misma es la actitud que se les pide a los catecúmenos[5], que en ese día son elegidos para recibir los sacramentos.


A ellos y a los ya bautizados, en el segundo domingo se nos pide que, como expresión de esa confianza, escuchemos la Palabra del predilecto del Señor. Acción que si bien debe formar parte de la vida ordinaria de todo creyente, la Iglesia nos llama a intensificarla de manera especial durante la Cuaresma; pues sólo de esa manera seremos capaces de descubrir nuestros vicios ocultos, como nos lo enseña el encuentro con la Samaritana en el tercer domingo. Día en el que la Iglesia también prevé que se realice el primer escrutinio: un pequeño rito durante el cual quien se prepara para su inminente Bautismo reconoce, en el silencio de su conciencia, las áreas débiles de su vida cristiana; para experimentar la fraternidad de los hermanos, quienes, aun sin conocer cuáles son exactamente esas áreas débiles que se están reconociendo, acompañan en la plegaria.


Como podemos ver, el tema penitencial y de conversión aparece directamente hasta unas semanas después de haber empezado la Cuaresma, y no se cierra en sí mismo. Pues, en el cuarto domingo, se nos hace entender que el mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida; ya que, al ser lavados en las aguas bautismales, como el Ciego de nacimiento, todos los creyentes son liberados de las oscuridades que podían estarlos dominando, como de hecho se enfatiza en algunas de las oraciones previstas para el segundo escrutinio que la Iglesia propone a los catecúmenos en este día.


Esa visión positiva se hace presente una vez más en el quinto domingo de Cuaresma, al tomarse como evangelio el texto de la resurrección de Lázaro y rezar como oración colecta una plegaria donde se nos recuerda que hemos sido capacitados para una verdadera caridad. Elementos que, junto con el tercer escrutinio y otros detalles de la liturgia de este día, están destinados a mostrarnos que los sacramentos de la iniciación cristiana (que nos preparamos para recibir o renovar) nos dan la gracia de ser arrancados de las tinieblas del mal y conducidos a la resurrección por el camino de la caridad. Sendero que se nos ejemplifica de manera extraordinaria cuando, prácticamente en el cierre de la Cuaresma, se nos invita a meditar en la Pasión del Señor, no para suscitar en nosotros sentimientos piadosos, sino para provocar una verdadera imitación de la entrega de Jesucristo, como lo sugiere la plegaria con la que se bendicen los ramos empleados en esa celebración.


En consecuencia, podemos entender que al mirarla en su conjunto, la Cuaresma aparece como un periodo cuyo eje medular es el Bautismo. La conversión, el ayuno, la penitencia y otros temas semejantes no deben ser desterrados de este tiempo litúrgico, pero tampoco deben aparecer como el centro. Ni siquiera la imagen de Cristo sufriente, tan cercana a la religiosidad popular, tendría que ocupar el puesto de privilegio. Pues ese lugar le corresponde una vez más al Resucitado, a cuya gloria accedemos por los Sacramentos que nos dan la vida eterna.


Ésta es la perspectiva correcta, la que ha sido recordada por el Concilio. Desde ella debemos entender incluso las particularidades rituales con las que -por contraste- la liturgia cuaresmal quiere mostrarnos la grandeza recibida en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.



[1] “Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario”, n° 27:  A. Pardo, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De San Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Editorial Monte Carmelo, 20082, p. 1070.

[2] Cf. Eusebio de Cesarea, “De sollemnitate paschali”, n° 2. 4. 5: P.G. XXIV, col. 693 ss.

[3] Cf. Pierre-Marie Gy, “Historia de la liturgia en Occidente hasta el concilio de Trento”: A.-G. Martimort, La Iglesia en Oración. Introducción a la liturgia, p. 73-90.

[4] Es una de las celebraciones que conforman la liturgia de las horas. Consta de la invocación inicial y el himno, tres salmos y dos lecturas, cada una de ellas con su respectivo responsorio. Puede concluir con el himno “Te Deum” y una oración o sólo con esta última. Se puede celebrar a cualquier hora del día.

[5] En sentido estricto, son aquellos que después de haber manifestado su deseo de recibir los sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), han sido admitidos al camino de preparación que la Iglesia prevé con varios años de duración. Se le llama así también al niño que va a ser bautizado.

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