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La Concepción de Padre en y desde Jesucristo
Autor: Seminarista Allen Calvo Rancel

La Concepción de Padre en y desde Jesucristo

Allen Calvo Rangel (Arquidiócesis de San José)


1. Introducción.

Hablar hoy del Padre no es tan sencillo como podría pensarse pues estamos viviendo un momento histórico particular en donde la figura paterna está siendo menoscabada. La imagen de padre en la actualidad, muchas veces se relaciona con términos que no necesariamente, son los más adecuados: progenitor, proveedor, el que impone las leyes, etc. En este sentido y con mucha más razón, la concepción de Dios Padre Todopoderoso presenta dificultades, al respecto W. Kasper nos ilustra[1]:

La afirmación central del nuevo testamento de que Dios es el Padre de Jesucristo y Padre de todos nosotros resulta actualmente difícil de comprender y de realizar para muchas personas. Esta dificultad se debe en parte a que la palabra “padre” es una palabra ancestral de la historia cultural y religiosa de la humanidad. En el pasado, esta palabra significó mucho más que progenitor. El padre es el origen y la mismo tiempo el protector y promotor de la vida. Del padre depende la vida del hijo; él la da y la acepta libremente. Así el padre representa el orden legítimo de la vida. Es la expresión del poder y la autoridad, como también de la entrega, la bondad, la asistencia y la ayuda. Tras una larga historia, esta imagen del padre nos resulta actualmente problemática [...]

Las ciencias modernas, en especial las ciencias sociales (psicología, sociología, antropología, etc) tienen diferentes formas de explicar el deterioro paulatino de la imagen paterna. Lo cierto del caso es que esa imagen, de una u otra manera, se proyecta en Dios; es más, en el ámbito de nuestra fe cristiana corremos el riesgo de concebir y presentar a un Dios que es cualquier cosa menos Padre de Misericordia. Predicamos al Dios del Credo pero nos olvidamos de Dios que, con su amor, es el fundamento de nuestra fe.

Todo lo anterior lo mencionamos pues no cabe duda que urge rescatar la imagen verdadera de Dios, que se trasluce en plenitud en la persona de Jesucristo, y es en Jesucristo donde podemos acudir para contemplar al Padre en su aspecto divino y en su condescendencia hacia nosotros.

Así las cosas, este trabajo tiene los siguientes objetivos:

1.1. Objetivo General.

* Presentar, en una forma breve y sencilla, el rostro misericordioso del Padre que se concretiza en Jesucristo.

1.2. Objetivos Específicos.

* Describir someramente la visión de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

* Mencionar, tomando como punto de referencia la Sagrada Escritura, el papel de Jesucristo en relación al Padre.

* Aplicar todo lo expuesto a nuestra experiencia de fe.

El desarrollo del tema en cuestión será de la siguiente manera:

* El Dios Padre Todopoderoso en el Antiguo Testamento.
* El Dios Padre en el Nuevo Testamento.
* Este Dios Padre en relación a nosotros y nuestra respuesta a Él.
* Consideraciones finales.

2. El Dios Todopoderoso en el Antiguo Testamento.

Para poder hablar de Jesucristo como aquél en el cual se puede tener acceso al Padre, es necesario hacer un breve recorrido de lo que para Israel significó Dios Todopoderoso primeramente en el Antiguo Testamento.


2.1. Dios como padre en el Antiguo Testamento.

Hay que partir del hecho de que Dios se revela al hombre, es un Dios que habla en lenguaje humano, por tal razón la palabra padre es fundamental en la revelación bíblica[2]; de hecho, la paternidad de Dios Padre va en relación directa al acontecimiento de la alianza que él mismo pacta con su pueblo escogido. Es la experiencia concreta de una acción salvadora realizada en la historia. Dios es el señor de toda realidad, es el soberano por excelencia, por tanto, la alianza es reflejo de ello en tanto y en cuanto Dios libremente y por misericordia escoge a Israel, pueblo de su predilección, y le acompaña en su caminar como pueblo (Os 2,1, Sal 89,27).

Israel siente confianza al Padre y apela cotidianamente a su misericordia en miras a la conversión. (Sal 139, 51, Is 63, 15s), esto por cuanto Israel se sabe propiedad de Dios: Ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos... serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Pacto sellado con la sangre de los novillos: Esta es la sangre de la alianza que Yahvé ha hecho con ustedes, según todas estas palabras (Ex 19-24). La alianza entonces es el acto más grande de la misericordia de Dios y esto abarca no sólo al pueblo como tal sino también la vida individual de cada persona; es superior a la justicia en el sentido de que la misericordia está a la base de ella. La misericordia de Dios va más allá de los parámetros humanos. Al respecto el papa Juan Pablo II nos ilustra[3]:

De todo esto se deduce que la misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo con Él. Bajo este aspecto precisamente la misericordia es expresada en los libros del Antiguo Testamento con una gran riqueza de expresiones [...]

El Padre entonces en el Antiguo Testamento es cercano, está en medio de su pueblo y la leyes, las prerrogativas y, en fin, los mandatos son medios para agradar a ese Dios que libera y permanece con su pueblo, son guías para andar correctamente en su voluntad. La dignidad de padre sólo compete en realidad a Dios[4]:

La remodelación que sufre el tema del Padre en el antiguo testamento pone de manifiesto lo propio y específico de la fe veterotestamentaria: la libertad y la soberanía de Dios, su trascendencia, que es libertad en el amor y que por eso se revela históricamente como condescendencia de Dios en la inmanencia, como ser-con –nosotros [...]

2.2. Dios Padre y Madre en el Antiguo Testamento.

Conviene aclarar que el término Padre como tal se usa pocas veces en el Antiguo Testamento, se usa como sinónimo el término Señor, el cual expresa la relación de Israel con Dios, reconocido como creador del mundo, Señor de la historia, Dios de la alianza (Dt 32,6, Is 63,16, Jr 31,9). Sin embargo, cuando se quiere resaltar la ternura y la misericordia de Dios se usa el término Madre. La alianza de Dios con su pueblo y la promesa de salvación y presencia constante en la historia de Israel, son las bases que poco a poco, van a fortalecer la relación de intimidad, tanto que Yahvé llamará a Israel mi primogénito (Jr 31,9, Ex 4,22-23). Es un caminar en donde Dios poco a poco se da a conocer como Padre: Yo enseñé a Efraín a caminar, tomándolo en mis brazos[...] ¿Cómo voy a dejarte Efraín?, ¿cómo entregarte, Israel? Mi corazón se me conmueve, mis entrañas se estremecen (Os 11,3.8-9). En este sentido, tenemos el aporte de F. López y D. Amenábar[5]:

Dios es un Padre que educa a través de los acontecimientos de la historia; un Padre bondadoso (Sal 103,13) que rodea de ternura y cariño a su hijo aun pequeño que acaba de salir de Egipto y que está dando los primeros pasos como pueblo de Dios: ¡Si es Efraín, mi niño, mi encanto! Cada vez que lo reprendo, me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión (Jr 31,20). Yahvé es un padre con entrañas (corazón, compasión, cariño, capacidad de pensar) de Madre: como consuela la propia madre, así los consolaré yo (Is 66,13). ¿Olvida la madre a su hijo pequeño? ¿Olvida ella mostrar su ternura al hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ella se olvide yo no te olvidaré! (Is 49,14-15). Pero a la vez es el Padre exigente que posee autoridad y moldea a sus hijos (Is 45,10-11) a lo largo del tiempo; un Padre que castiga, si es necesario, por el propio bien del pueblo escogido [...]

Estas formas de ver a Dios reviste de esperanza al pueblo pues Dios no es un Dios sólo de un presente inmediato sino que proyecta al futuro. La diferencia con el Dios del Nuevo Testamento es que el Antiguo mira más a la particularidad del pueblo más que al aspecto concreto e individual de cada israelita, aunque no es algo que se pueda pontificar del todo.

3. El Dios como Padre en el Nuevo Testamento.

3.1. Aspectos generales.

El nuevo testamento constituye la culminación de todo lo que en el antiguo testamento se tenía en relación a Dios. Dios es el Padre por antonomasia, al respecto Fray C. Macisse nos dice[6]:

En el Nuevo Testamento los evangelios ponen en labios de Jesús la palabra “Padre” 170 veces cuando se refiere a Dios. Con eso quieren indicar que esa era la forma como Jesús se dirigía a Dios. Estadísticamente hay que señalar que en Marcos se tiene 4 veces; en Mateo 42; en Lucas 15, y en Juan 109 veces. En contexto de oración está una vez en Marcos, 5 en Mateo, 6 en Lucas y 9 en Juan.

No hay duda que el ministerio de Jesús, tanto en palabras como en obras, tiene referencia inmediata al Padre. Cristo es el que da a conocer al Padre y hace participar de ese conocimiento a los pobres y sencillos, toma en cuenta a los que el mundo no toma en cuenta[7]:

En aquel momento, Jesús lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo:

Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; y nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer.

Volviéndose a los discípulos, les dijo a ellos solos:

Dichosos quienes vean lo que ustedes están viendo; porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver esto que ustedes ven, y no lo vieron; quisieron oír esto que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Esto que sólo los pequeños y sencillos pueden ver es el reino de Dios que va muy en relación a la calificación de Dios como Padre. En Jesús está la manifestación plena del Padre, es más, el Padre se revela excelentemente en Jesucristo. El Padre es origen, punto de partida y fin de la obra redentora de Jesucristo. El reino de Dios no es aquel en donde impera la fuerza y el poder, ni mucho menos es un sistema político; es más bien, la presencia de Dios real y operante en la historia cuya base es el amor y la gratuidad, al respecto W. Kasper nos dice[8]:

La absoluta independencia de las condiciones intramundanas y la pura gratuidad son notas características del reinado de Dios en la actitud de Jesús. Su amor hacia los pecadores, hacia los alejados de Dios, es una cara de este mensaje; la otra cara, fundamento de la primera, es su presentación de Dios como Padre amante y misericordioso. Ella expresa con perfecta claridad que el reinado de Dios tiene su origen en Dios, que es pura gracia, exquisita misericordia. La correlación de los dos aspectos aparece de modo impresionante en la parábola del amor de Dios Padre (Lc 15,11-32).

Dios aparece en el Nuevo Testamento como el origen de toda realidad, sin que él mismo tenga origen[9], y este origen tiene un rostro personal concreto y puede ser llamando por su nombre (Padre). Él no sólo es el origen, es también el futuro de la historia, es la razón de toda esperanza (Rom 15,13). Es también el amante en libertad y el libre en el amor, que se ha manifestado como tal en Jesucristo: tal puede ser la fórmula del anuncia neotestamentario sobre Dios[10].

3.2. La novedad de la revelación de Jesucristo: el término Abbá.

La novedad de la revelación de Jesucristo es mostrar al Padre como cercano no sólo al pueblo, sino a cada persona en particular; sin embargo sería un error afirmar que en el Antiguo Testamento no se ve a Dios como Padre. Se le ve como Señor -como ya lo mencionamos con anterioridad-, pero se le ve también como Padre; bajo los siguientes parámetros, en el Antiguo Testamento[11]:

Dios no es Padre porque engendra en forma física sino porque ha llamado a los hijos de Israel para que sean pueblo de hombres libres; es Padre porque ama y por que elige en medio de la tierra a un pueblo, porque guía su camino por la ley, porque le lleva hacia un futuro de verdad y autonomía. De esta forma, sin usar casi el término de Padre, Israel ha comenzado a realizar eso que podríamos llamar la gran revolución del símbolo paterno.

Jesucristo se dirige al Padre con el término Abbá el cual designa una relación de íntima confianza. Abbá es un término hebreo diminutivo de papá: papi. De hecho, esto es una novedad porque llamar a Dios así no era común, más aún, era impensable en muchos ambientes judíos pues se tenía la noción de que a Dios se le agradaba por cumplir la ley al pie de la letra; era un Dios poderoso y omnipotente que sin embargo estaba lejos de lo cotidiano de la vida. Dios no necesariamente era concebido como un Dios personal a pesar de los testimonios veterotestamentarios de su paso por en medio de su pueblo. Esta novedad nos lo describe C. Macisse[12]:

Al dirigirse así a Dios, Cristo ha introducido una novedad absoluta. Él habló con Dios como el niño habla con su padre, con la misma simplicidad, con igual intimidad y confiado abandono. Con esa palabra, Jesús manifestó la esencia misma de su relación con Dios. No se trata sólo de plena confianza. También esa palabra expresa la sumisión libre de un hijo adulto para con le padre a quien ama, y la seguridad que tiene Cristo de haber recibido del Padre el pleno conocimiento de Dios. Para un judío era totalmente indecoroso y, por lo mismo, inadmisible, dirigirse a Dios con esa palabra tan familiar (Mc 14,36).

Jesús enseñó a los discípulos a dirigirse a Dios a su manera (Lc 11,2; Mt 6,7-14) y con eso les dio autorización para tomar de sus mismos labios la invocación ABBÁ. De esa manera los asoció a su relación con Dios [...]

Resumiendo, Jesús tenía una relación única, muy íntima, con el Padre al cual llamaba Abbá y no retenía para sí esta relación, quería que los demás entraran en esta relación filial a través de él. Tanto es así, que enseña a sus discípulos a orar dirigiéndose primeramente a Dios como Padre nuestro (Lc 11,1-4).

3.3. El rostro del Padre revelado por Cristo.

Cristo es la imagen perfecta del Padre, es decir, Dios se revela a la humanidad a través de Cristo, su Hijo amado. La imagen es la reproducción, se supone perfecta, de una o varias facetas de una persona. En este sentido, el rostro del Padre se revela en Jesucristo[13]. Al respecto, es maravilloso lo que nos dice Juan acerca de Jesucristo[14]:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida –pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó [...]

El mismo Jesucristo nos afirma[15]:

Nadie puede llegar hasta el Padre sino por mí. Si me conocieran, conocerían también al Padre. Desde ahora lo conocen pues ya lo han visto. Entonces Felipe le dijo: -Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta. Jesús le contestó: -Llevo tanto tiempo con ustedes, y ¿aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre.

Cristo nos da a conocer al Padre a través de sus hechos y sus palabras. En los hechos destacan las obras concretas de misericordia: los milagros (motivo de escándalo para los judíos) y estos Jesús los realiza no sólo para demostrar su mesianismo sino, ante todo, por designio del Padre: Yo les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta; Él hace únicamente lo que ve hacer al Padre: lo que hace el Padre, eso hace también el Hijo (Jn 5,17-19). Con respecto a las palabras podemos decir que van en línea paralela a los hechos: Yo no hago nada por mi propia cuenta; sólo enseño lo que aprendí del Padre (Jn 8,28). Por tal razón, las palabras de Jesús tenían autoridad y transmitían todo lo que el Padre quería para con los hombres: vida, paz, seguridad y esperanza.

Sintetizando este apartado, conviene mencionar lo que Juan Pablo II nos dice en Dives in Misericordia[16]:

De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió “misericordia”. Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente “visible” como Padre “rico en misericordia”

3.4. Atributos del Padre.

3.4.1. Padre, origen de la vida y es la vida misma de Cristo.

Debemos entender vida como todo aquello que el Padre hace y todo lo que él es. En Cristo, Abbá expresa el origen de todos los seres, el origen de toda la vida, pero principalmente expresa el origen eterno de su vida divina y el origen de su vida humana[17]: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios (Lc 1,35).

Expresa también la mutua pertenencia que denota una igualdad: Padre, todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío (Jn 17,10). También la superioridad paternal: El Padre es mayor que yo (Jn 14,28) y de la misma manera afirma la igualdad: El Padre y yo somos uno ( Jn 10, 30). Así las cosas, el Hijo recibe todo eternamente del Padre, el Padre es el origen de todo lo que Jesús es y de todo lo que Jesús hace. Pero recibe todo del Padre y posee todo lo que el Padre posee. Es un solo ser con Él[18].

La vida del Padre es toda su acción salvífica y sobra decir que Cristo es el Salvador y Redentor. La Plegaria Eucarística IV nos ilustra al respecto[19]:

Porque tú solo eres bueno y la fuente de la vida, hiciste todas las cosas...con sabiduría y amor... y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste a todos la mano para que te encuentre el que te busca... y tanto amaste al mundo, Padre santo, que al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como Salvador a tu único Hijo, y porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó, envió... al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo [...]

3.4.2. Padre amoroso.

La esencia de Dios es que él es Amor (I Jn 4,16) y ese amor lo ha manifestado de manera suprema en Cristo: Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él (I Jn 4,9). El amor supremo del Padre nos aparece en Cristo: Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes (Jn 15,9). En su caminar por el mundo, Cristo ha mostrado la bondad del Padre y en este sentido L. Armendáriz nos dice[20]:

Por su actividad y su palabra a favor de todos, especialmente de los mas desheredados, Jesús ha mostrado un rostro de Dios que no quiere el sufrimiento ni el mal, ni la enfermedad, ni las lágrimas, ni la muerte, ni el desprecio, ni la explotación del hombre. Quiere la vida y la salud, quiere la felicidad y la alegría, quiere la libertad y el amor. Es un Dios de delicadeza y de presencia acompañadora, un Dios Providencia..., un Dios Padre.

El amor de Dios se manifiesta en obras concretas y podemos decir que la obra más grande de su amor es su mismo Hijo hasta el punto de morir en la cruz precisamente por amor. De hecho, estamos llamados a practicar obras de amor: Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros (Jn 13,34), o Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso (Lc 6,36).


3.4.3. Padre providente.

Jesús siempre presentó la Providencia de su Padre como un llamado a nuestra fe; es decir, la Providencia nos hace mirar con ojos de esperanza el propósito de Dios para nuestra vida, inclusive el sufrimiento. La providencia es un estímulo para tener una actitud confiada en Dios: No se inquieten diciendo: ¿Qué comeremos? ¿qué beberemos? ¿con qué nos vestiremos? Esas son las cosas de que se preocupan los paganos. Ya sabe el Padre celestial lo que necesitan (Mt, 6,31.32).

La Providencia es para todos sin distinción, es universal: Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos (Mt 5, 45).

3.4.4. Padre misericordioso.

La misericordia del Padre se trasluce en la misión del Hijo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos; para anunciar un año de la gracia del Señor (Lc 4,18s); inclusive podemos decir que en toda su vida, en todas sus acciones, en todas sus palabras, pero principalmente en su propia Pascua, en su muerte y resurrección Cristo nos muestra la misericordia de su Padre[21]. El pasaje de los evangelios que más ilustra esta misericordia es la del Padre Misericordioso (el hijo pródigo) Lc 15, 11-30. Además Jesús usa varias imágenes para ilustrar esa cualidad: el Buen Pastor (Jn 10).

Por otra parte, este Dios Misericordia comprende la debilidad, perdona, acoge, anima, levanta y hace caminar. Para él, nadie está demasiado hundido ni definitivamente perdido, si está dispuesto a escuchar la palabra que “pone de pie”[22].

3.4.5. Padre redentor.

La iniciativa del Padre en la redención es muy clara en el Nuevo Testamento: el padre envía la Hijo, y la vida terrena del Hijo encarnado culmina en su sacrificio El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados (I Jn 4,10). Si hemos dicho que el Padre y el Hijo son uno, conviene afirmar que el Padre sufre con su Hijo en la cruz, el Padre estaba presente, íntimamente unido a su Hijo crucificado, y en un parto doloroso entregaba su amor a todos los hombres[23].

3.4.6. Padre universal.

La paternidad de Dios es para todos: Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados nos volvió a la vida junto con Cristo- por pura gracia han sido salvados- nos resucitó y nos sentó junto a Cristo Jesús en el cielo (Ef 2,4-6). El Padre a todos nos ha devuelto la vida a través de su Hijo y esto con su muerte y su resurrección.


3.4.7. Otros atributos.

Es importante mencionar otros atributos del Padre[24]:

§ Es un Dios de verdad. No quiere la mentira, la hipocresía ni la doblez. Quiere la sencillez, la espontaneidad, la confianza, la fe.

§ Es un Dios de adultos. Respeta la libertad de cada uno; confía responsabilidades, deja al mundo continuar su camino; un Dios que no oculta el dolor ni niega la muerte.

§ Un Dios que siempre quiere más. Espera de nosotros una conversión sincera y un compromiso en la construcción de su reino en la tierra.

§ Es un Dios fiel. Ama la lealtad, la constancia, la fidelidad, la entereza y la valentía de llevar adelante los compromisos adquiridos. La responsabilidad confiada debe ser asumida.

4. Nuestra respuesta de fe al Padre.

Tenemos que partir de la premisa de que la paternidad de Dios nos involucra no sólo en la forma de entenderla sino también en la forma de asumirla puesto que Dios está con nosotros. Así entonces, K. Rahner nos refuerza esta premisa[25]:

Dios está con nosotros por sí mismo y no meramente a través de dones limitados hechos a una criatura limitada. Tradición y Sagrada Escritura dan testimonio con reiteración incansable de este último misterio de nuestra existencia, de que Dios se nos comunica a nosotros en su infinita e inconcebible realidad propia en gracia y en vida eterna. Nos comunica su mismo Espíritu, que investiga las profundidades de la divinidad, que es la propia vida íntima de Dios; Padre e Hijo vienen y habitan en nosotros de tal modo que somos una misma cosa con Dios, así como el Hijo es una misma cosa con el Padre desde toda la eternidad; no somos ya meros siervos, sino hijos verdaderos de Dios, nacidos de Dios. Un día veremos y amaremos a Dios, no en el espejo ni en las parábolas de la mediación de lo creado, sino inmediatamente y cara a cara [...].

La respuesta al amor de Dios (su paternidad), es un acto libre de la voluntad humana y esta respuesta si es positiva compromete a toda la persona en todo su quehacer. El abrirle la puerta del corazón a Dios implica seguir radical y fielmente a Cristo, sin excusas ni silogismos. Sin embargo, el método de Dios para ejercer su paternidad en nosotros es respetuoso, al respecto J. Galot nos dice[26]:

El Padre no quiere, pues, entrar en un alma más que cuando las puertas se abren por sí mismas. No las fuerza. Pero una vez que ha entrado, acogido por una voluntad que se ofrece libremente a Él, ¡con qué complacencia lo hace! Su corazón paternal se goza en venir a descansar en el corazón del hombre...Su entrada en el alma la hace con tanta delicadeza que fácilmente pasa desapercibida. El Padre no es de esos huéspedes inoportunos que imponen su presencia como un peso, y menos todavía se presenta como un personaje cuya importancia provoca tensión por sí misma. Nosotros lo llevamos en nuestro interior sin ponernos a dudar de ello, sin experimentar ninguna molestia ni estorbo. Es Él quien amolda su presencia a la forma de nuestra existencia, quien acepta seguir el ritmo de nuestra vida para transformarla en algo mejor por esa intimidad con Él [...]

En la medida en que cada persona responda a Dios de forma libre y sincera, en esa medida responderá a los demás hombres; inclusive, entre más se tenga la experiencia de Dios Padre que es amor, en esa medida se dará a otros la guía que necesiten para ir al encuentro con ese Padre.

Por supuesto, que la respuesta a Dios y el compromiso que se deriva de esa respuesta no se puede entender sin una fe firme y convincente y si no nos abrimos al auxilio de la gracia que al fin de cuentas es lo que nos sostiene.

Epílogo.

Como mencionamos al inicio de este trabajo, vivimos en una sociedad carente de paternidad. Hay mucho paternalismo y pocos referentes de autoridad lo cual produce en la persona mucha inseguridad, poco sentido de trascendencia y el sentimiento de no sentirse amado. Por tal razón, se hace necesario retomar y reforzar en nuestra fe cristiana, la paternidad de Dios reflejada en Jesucristo. Nos permitiremos entonces enumerar las siguientes conclusiones:

§ En el antiguo testamento la imagen de Dios era la de aquél que libera, acompaña y conduce a su pueblo. Es la imagen de elección y gratuidad divina que va de la mano con el poder creador y con la libertad absoluta de Dios. La palabra expresa de Padre aparece pocas veces y cuando aparece se refiere a momentos claves en donde el pueblo experimenta zozobra, al punto que, para dar esperanza al mismo pueblo, algunos profetas presentan a Dios como Madre. La alianza y la ley son las bases de la relación de Dios con su pueblo.

§ Jesucristo en el nuevo testamento amplía y perfecciona con sus palabras y obras la concepción de Padre al llamarlo Abbá. Esto denota la unidad del Padre con el Hijo que se trasluce en actos de misericordia para con los hombres. Dios es Padre de un pueblo pero Padre también de cada persona individual, por lo que tiene un carácter universal.

§ Dios respeta el corazón del hombre, no lo obliga a corresponder a su amor pero el que responde debe asumir el compromiso de ser agente propagador del reino que, al fin de cuentas, es la buena noticia de la salvación y la cercanía de Dios en y durante la historia.

§ Por último, es urgente presentar una correcta imagen de Dios a las personas, pues si hay un menoscabo de la paternidad natural en las personas, ¿Cómo no presentarles la misericordia de Dios en palabras y hechos?. El mismo Dios nos pedirá cuentas tarde o temprano de si fuimos o no agentes de esperanza y fortaleza en este campo tan delicado.

Bibliografía.

1. P. ALBERTO ARANDA C., M.Sp.S. Año del Padre: Itinerario Litúrgico. Colección Tercer Milenio, CELAM, Bogotá, 1999.

2. FRANCISCO LÓPEZ FERNÁNDEZ, DOLORES AMENÁBAR AGUIRRE, Dios, Padre y Madre. Colección Tercer Milenio, CELAM, Bogotá, 1999.

3. FRAY CAMILO MACISSE, ocd, Reflejar el Rostro Misericordioso del Padre. Colección Tercer Milenio, CELAM, Bogotá, 1999.

4. JEAN GALOT, S.J, El Corazón del Padre, Madrid, Caparrós Editores, 1995.

5. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Dives in Misericordia, Roma, 30 de noviembre de 1980.

6. MISAL ROMANO, edición 1989.

7. KARL RAHNER, Dios con Nosotros, BAC, Madrid, 1979.

8. WALTER KASPER, El Dios de Jesucristo, Ed. Sígueme2, Salamanca, 1986.

9. REVISTA SAL TERRAE, Artículos Difíciles del Credo I, Mayo, 1998.

[1] KASPER, WALTER, El Dios de Jesucristo. Salamanca, 1986, p 161

[2] KASPER, WALTER, El Dios de Jesucristo, p 167.

[3] JUAN PABLO II, Carta Encíclica Dives in Misericordia, Capítulo III, # 4.

[4] KASPER, WALTER, El Dios de Jesucristo, p 168.

[5] LÓPEZ FERNÁNDEZ FRANCISCO y DOLORES AMENÁBAR, Dios , Padre y Madre, 1999, p 31-32.

[6] MACISSE, CAMILO, Reflejar el Rostro Misericordioso del Padre, 1999, p 16-17.

[7] Lucas 10,21-24

[8] KASPER, WALTER, El Dios de Jesucristo, p 169.

[9] KASPER, WALTER, El Dios de Jesucristo, p 172.

[10]KASPER, WALTER, El Dios de Jesucristo, p 172.

[11] X. PICAZA, Padre, en el Dios cristiano. Diccionario Teológico, Salamanca, 1992, p 1005. En: MACISSE, CAMILO, Reflejar el Rostro Misericordioso del Padre, p 16. El subrayado es personal.

[12] MACISSE, CAMILO, Reflejar el Rostro Misericordioso del Padre, p 17.

[13] Entendemos rostro lo que caracteriza más a una persona físicamente y si la característica principal del Padre es su misericordia y su amor incondicional a la humanidad, sobra decir que Jesucristo es ese rostro del Padre encarnado.

[14] I Jn 1.2

[15] Jn 14, 6-9

[16] JUAN PABLO II, Carta Encíclica Dives in Misericordia, Capítulo I, # 2. El subrayado es personal.

[17] ARANDA, ALBERTO, Año del Padre, Itinerario Litúrgico, 1999, p56.

[18] ARANDA, ALBERTO, Año del Padre, Itinerario Litúrgico, p57.

[19] Misal Romano, Plegaria Eucarística IV.

[20] ARMENDÁRIZ, LUIS Ma, Creo en Dios Padre Todopoderoso: Tres formas de la omnipotencia divina. En : Revista Sal Terrae, Mayo 1998, p 402.

[21] ARANDA, ALBERTO, Año del Padre, Itinerario Litúrgico, p 68.

[22] ARMENDÁRIZ, LUIS Ma, Creo en Dios Padre Todopoderoso, p 402.

[23] ARANDA, ALBERTO, Año del Padre, Itinerario Litúrgico, p 79.

[24] Cfr ARMENDÁRIZ, LUIS Ma, Creo en Dios Padre Todopoderoso, p 402-403.

[25] RAHNER, KARL, Dios con nosotros, 1979, p 31.

[26] Galot, JEAN, El Corazón del Padre, 1995, p 111.

 
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