La Trinidad en la Catequesis Paulina
Autor: Seminarista Luis Adolfo Mora Castcante
Universidad Católica
Anselmo Llorente y La Fuente
Seminario Central de Costa Rica
II de Teología
Trabajo de Investigación:
“La Trinidad en la Catequesis
Paulina”.
Prof. Pbro. Mario Quirós.
Estudiante: Luis Adolfo Mora Cascante
Fecha de entrega:
22 de Octubre del 2003
Gloria al Padre, Y al Hijo, y al Espíritu Santo...
Como era en el Principio, Ahora y Siempre, por los Siglos
De los Siglos. Amén.
I. Introducción.
Siguiendo los lineamientos que el autor nos propone, titulamos este trabajo utilizando el término catequesis, porque “el concepto de Revelación impregna ordinariamente la actividad catequética (...) El concepto de catequesis siempre refiere a un aprendizaje y un entrenamiento de toda la vida cristiana, es decir, es una escuela de fe”[1].
Y esto es precisamente lo que intenta hacer Pablo, dar desarrollos personales muy catequéticos a partir de temas bien específicos.
Ciertamente es lógico que no vamos a encontrar en Pablo una catequesis trinitaria al estilo de los grandes como Orígenes o Eusebio de Cesaréa, ni tampoco vamos a encontrar las fórmulas que profesó el Concilio de Nicea o el I y II de Constantinopla, pero sí vamos a encontrar en él una reflexión teológica basado en las enseñanzas primitivas. Por ejemplo, en Tesalonicenses Pablo habla de Dios como nuestro Padre y refiere siempre a Cristo como nuestro Señor. El sentido es claro: “Dios es nuestro Padre, por cuanto que su Hijo es nuestro Señor (...) y aunque la referencia al Espíritu Santo no está tan consolidada, se puede decir que se camina hacia ella”[2]:
“Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor”.
I Tes.1,3.
“Un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y en todos”.
Ef.4,5-6.
Así pues, siendo concientes de cómo la labor catequética se vuelve importante para una verdadera acción misionera (como la realizó Pablo) y básica para poner los cimientos de la fe, es que nos adentramos en la aventura “descubrir” la Trinidad en los escritos paulinos.
II. Objetivo General.
En nuestras lecciones no sólo de “Cristología” en el I Semestre sino también en “Misterio de Dios revelado” en el II semestre, hemos hecho énfasis en el número veintidós de la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, que dice entre otras cosas:
“En realidad, el misterio del hombre no se aclara de verdad, sino en el misterio del Verbo Encarnado. Adán, el primer hombre, era en efecto, figura del que había de venir, Cristo el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (...) Así pues, el hombre cristiano, asemejado a la imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu con las que se capacita para cumplir la nueva ley del amor”[3].
Es en este sentido que el este número me ilumina para un objetivo general:
Ø Volver nuestra mirada al misterio Trinitario para así descubrir en este, a un ser humano que pese a sus sufrimientos y angustias, es capaz de responder a una vocación en el amor por la esperanza que le da el saberse imagen de ese Dios.
III. Objetivo Específico.
Es posible que este objetivo general no sea alcanzado de la noche a la mañana. De hecho se requerirían muchísimos objetivos específicos que lo logren, mas esto requeriría de un curso completo de Trinidad y demasiada lectura sobre Magisterio, Biblia y en este caso, conocer más a fondo el pensamiento paulino. Sin embargo, con este objetivo específico pretendería lograr al menos una parte del mismo.
No es un secreto para nadie que en nuestro mundo hay muchas corrientes que hacen una mala lectura no sólo de Pablo, sino de la Sagrada Escritura en general. Grupos como los así llamados “Testigos de Jehová” pregonan en sus escritos lo escandaloso que puede sonar hablar de “Tres Personas, un solo Dios Verdadero”; ni siquiera reconocen que el Espíritu Santo sea Persona.
Con estos argumentos, creo que la consecuencia no se deja esperar: gente confundida que se llena de temores. Y ya que el Seminario y todo cuanto se hace ha de tender a una línea pastoral, he pensado en este objetivo como un medio de entender que si estamos regidos por una ley que es la del amor (“Gaudium et Spes”), la ley del Espíritu, entonces debemos:
Ø Interpretar de manera correcta los escritos en los que San Pablo nos refiere a la Trinidad.
En otras palabras, no hacer una lectura equivocada sacando conclusiones que ni siquiera existen en el Texto Sagrado. En este caso, en los escritos paulinos.
IV. La teología de Pablo.
La teología de Pablo es ante todo una soteriología . La doctrina trinitaria es presentada bajo este esquema, en cuanto que las Personas están presentadas sobre todo, en relación con el plan de salvación en el que cada Persona interviene a su manera. El Padre lo concibe y lo quiere, el Hijo lo ejecuta inmolándose sobre la cruz y el Espíritu Santo lo aplica a cada uno de los fieles comunicándoles y elevándoles a la participación de la vida divina[4]. Sobre este punto, que sería el eje central de la teología de Pablo volveremos más adelante. Pero en el centro de todo está la cruz de Cristo; acto supremo de obediencia al Padre, fuente de los dones comunicados por el Espíritu Santo particularmente a través de la economía de los sacramentos. La cruz es para Pablo el instrumento de la pacificación universal: una pacificación que sobrepasa los confines de la humanidad: “Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los dividía, la enemistad, anulando en su carne la ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad”. [Ef. 2, 14-16].
De manera que entonces el Padre en su amor por los hombres concibió desde la eternidad el plan de reconciliación mediante el sacrificio de su Hijo, a quién Él dio a la humanidad para que viniera a ser su propia cabeza y la levantara de nuevo de la ruina del primer Adán.
El Hijo realizó el plan divino tomando naturaleza humana, la forma o condición de esclavo y contraponiendo a la desobediencia de uno (esto es, Adán), por la cual todos fuimos constituidos pecadores; la propia obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, que aseguró a todos el don de la justificación. Esto implica justamente la liberación o redención de la esclavitud de la culpa y la adopción como hijos de Dios.
Entre estos es fundamental la participación del Espíritu Santo y su acción en la comunidad de los creyentes y en cada uno de ellos. El Espíritu Santo, el don del Padre y del Hijo, enseña y mueve al creyente a dirigirse confiadamente a Dios con el apelativo de “Abbá”.
La acción del Espíritu, que después de la glorificación de Jesús llena de sí mismo la vida de la Iglesia. La vida cristiana comienza con una toma de posesión de parte del Espíritu Santo, el cual es al mismo tiempo, sello divino y prenda de garantía: “Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu Santo” [II Co.1,21].
V. Lugares Trinitarios en la Catequesis Paulina.
Es necesario aclarar que esta exposición no se trata de una evolución del pensamiento paulino con respecto a la Trinidad. De lo que se trata más bien es de una síntesis sincrónica sin entrar en muchas controversias como por ejemplo la autenticidad de las cartas o bien las cartas pastorales[5]. Esto porque si nos adentramos en el kerigma o fórmulas prepaulinas, aunque puede ser muy interesante, sería demasiado amplio. Sólo para poner un ejemplo de lo que estoy anotando en este punto, podríamos citar el siguiente texto:
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”.
II Co. 13,13.
Esta es una solemne fórmula trinitaria de bendición. Cristo es el autor de la salvación, del perdón y de la justificación. El Padre con su amor está en el origen del plan salvífico y el Espíritu Santo es el don concedido. En el orden de las Personas Cristo ocupa el primer lugar, porque este saludo parece ser un ulterior desarrollo de una bendición más breve: “Que la gracia de Cristo sea con vosotros” [I Tes. 5, 28; II Tes. 3,18]. Texto por lo demás pareciera ser de origen litúrgico, es decir, eclesial y no tanto de Pablo.
Lo mismo sucedería con este otro texto:
“... el cuál, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre...”.
Ef.2, 6-7.
Texto que más bien es binario en lugar de ser trinitario. En todo caso, en Pablo no son demasiado abundantes los lugares claramente trinitarios. Dependiendo de las interpretaciones de algunos de ellos, que podrían ser oscuros, podrían citarse unos treinta o cuarenta textos[6]. Lo que sí es cierto, es que contamos con el material “suficiente” [quiero decir, el básico y necesario], para lograr lo que nos hemos propuesto.
1. textos binarios y trinitarios.
Evidentemente, son más frecuentes los textos en que aparecen el Padre [o QeoV] y el Hijo; el Hijo y el Espíritu. Y es más frecuente todavía textos en que se mencionan las personas aisladamente. Quizá aquí lo interesante es determinar si la doctrina trinitaria paulina debe verse explícitamente en los textos trinitarios o bien en los lugares donde aparecen las personas relacionadas. La respuesta es casi obvia, tiene que ser la segunda opción, pues a Pablo no le interesa las fórmulas precisas y perfectas sino más bien que la acción de Dios es descrita de modo parecido a como se describen las tres Personas en otros textos. Así pues, llegamos a la conclusión de que en Pablo hay unidad en cuanto a la descripción de la acción divina. Analicemos algunos textos:
“Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena”.
II Tes.2, 16-17.
“Cristo está asociado al Padre en una obra común. Está ahí implícita la divinidad de Cristo, reafirmada frecuentemente en las cartas paulinas. Es el amor de Cristo y del Padre hacia los hombres. Ya lo dice Romanos en el capítulo cinco, versículo ocho: “más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. En otras palabras, Cristo es la causa última de todas las misericordias de Dios para con el ser humano”[7]. Así pues, en este texto aparece sólo la intervención de Dios a través de su Hijo. Pero al mismo tiempo puede ser comparado con el siguiente, en donde encontramos la acción del Espíritu:
“Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Rm.5,1-5.
En este texto no sólo encontramos lo que ya mencionábamos anteriormente en II Tes.2,16, [el Padre y el Hijo aparecen en una acción consoladora en los corazones por el amor, infundiendo esperanza en la gracia], sino que el Espíritu Santo es el Mediador de esa esperanza y de ese amor, porque como sabemos procede del Padre y del Hijo, como rezamos en el credo. “Y esta esperanza no puede engañar [Salmo 22], porque Dios no puede dejar incompleta su obra. Esta tuvo principio por un acto supremo de su amor, cuando estábamos nosotros en estado de enemistad con Él y está madurando en efecto del mismo amor que ha tomado posesión del corazón cristiano y allí obra misteriosamente. Se trata del amor que Dios tiene hacia nosotros, atribuido al Espíritu Santo que se nos ha dado y que habita en nosotros permanentemente; pero el Espíritu no puede menos que suscitar en nosotros la correspondencia al amor divino; está la naturaleza misma del amor recíproco”[8].
Hijo y Espíritu son protagonistas, así lo manifiesta Pablo al decir:
“Evidentemente sois una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones [...] Porque El Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos; así es como actúa el Señor que es el Espíritu”.
II Co.3,3.17-18.
Ahora bien, esa libertad, al final de cuentas tiene su origen en el Padre, que envía a su Hijo y da la Economía del Espíritu. Lo atestigua la carta a los romanos: “Porque la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de muerte. Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne a fin de la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu”[9].
En estos textos descubrimos la obra maravillosa de Cristo, que por medio del Espíritu Santo transforma el corazón de los fieles, incitándonos a la observancia de la ley. Así, en la vida cristiana, por la acción interna de la Trinidad, se realizan las antiguas profecías. En resumen, podríamos decir que Pablo no tiene fórmulas fijas en lo concerniente a la actividad divina trinitaria conjunta en cuanto salvadora, aún cuando haya actividades específicas no intercambiables. Vemos que esa acción, o algunos aspectos de ella, son descritos en unos textos con intervención de dos Personas (en ocasiones de una sola) y otras veces con las tres Personas.
Ahora, lo que sí es cierto es que podemos encontrar textos claramente trinitarios, como por ejemplo:
“Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios”.
I Co. 2, 10.
“Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones”.
II Co. 1, 21-22.
Estas expresiones de Pablo proceden del Antiguo Testamento [la unción hecha los reyes, los sumos sacerdotes: I Sam.9,16; Ex. 28,41 y del Mesías; del sello como pertenencia a Dios y protección celestial: Ez.9,4; Is.44, 5]. Este texto no sólo es importante por su fondo sacramental ( los verbos en aoristo designan los ritos de la iniciación cristiana, por los cuales todos los fieles en el Bautismo reciben una sagrada misión), sino que también es un texto netamente trinitario porque comienza por el Padre que es el origen de todas las cosas y los bienes, realizados por medio de Cristo con la participación del Espíritu Santo, que es precisamente el que imprime sello de consagración[10].
“Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común”.
I Co.12, 4-6.
Es decir, todos los carismas tienen el mismo origen, son dones provenientes del Espíritu Santo (v.4), del Hijo (v.5), del Padre (v.6). Todos los carismas son expresión del poder y de la gracia divina del Espíritu Santo, pero se refieren a la nueva vida dada por Cristo y lleva al Padre, de Quien tiene origen y en Quien se concluye el designio de la salvación y su actuación[11].
“Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna”.
Tito 3, 4-7.
Estamos convertidos, no por méritos nuestros, sino por la misericordia de Dios: en el lavatorio regenerador y renovador del Bautismo (Él nos da su gracia). Pablo aquí lo que quiere afirmar es que el Espíritu Santo es Aquel que Dios Padre derrama sobre nosotros con abundancia y así el cristiano recibe un “baño espiritual” en el que justificamos y renovamos nuestra vida. ¿Qué tiene esto que ver con la Trinidad? Mucho, pues como dijimos al inicio, la salvación es una acción de Dios que es Trino, en donde cada una de las Personas cumple “su función”. Ya lo dirá Romanos 8,15 cuando somos nosotros quienes por la presencia del Espíritu Santo clamamos “Abbá, Padre” y el el versículo 22 leemos: “pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”. En otras palabras, lo necesitamos.
VI. Contenido Teológico de los Textos Trinitarios.
El contenido trinitario de la catequesis paulina está relativamente más estudiado que otros puntos, puesto que coincide en gran parte con las afirmaciones doctrinas generales del Apóstol sobre la Trinidad.
Es muy común afirmar que “Cristo es el centro de la teología paulina”[12], pero es a partir de Cristo que Pablo desarrolla toda su visión del misterio cristiano. Es en la Resurrección de Cristo que el Apóstol ve el punto culminante de la acción salvadora de Dios, descubriendo que no tiene origen en Cristo sino en el Padre : “Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva”[13]. También vemos la naturalidad con que Pablo habla del “Padre de Nuestro Señor Jesucristo” como el que tiene la iniciativa: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, en los cielos, por Cristo”[14].
En otras palabras, podemos decir que de Cristo y del Padre no hay dificultades mayores para entender y explicar los conceptos paulinos. La personalidad del Espíritu es la que podría plantear algunas dificultades sobre todo por la ambigüedad de algunos textos. Sin entrar en mucha controversia, puede afirmarse que Pablo concibe el Espíritu Santo como un “tercero” a la par del Padre y del Hijo, aunque esto no es necesario enfatizarlo mucho. Así por ejemplo tenemos este texto: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!”[15].
Sin duda, el problema de la Trinidad inmanente en Pablo es complicado. Autores como Sabatier afirman lo siguiente: “Pablo, que no admite en absoluto la igualdad de Cristo y del Padre, no parece haber tenido idea de la personalidad del Espíritu”[16].
Hoy por hoy no es fácil negar, a menos un germen de concepción en las afirmaciones trinitarias que hace el Apóstol, aunque desde luego no vamos a pretender que sean fórmulas al estilo de los Concilios de Nicea y Constantinopla. De hecho, Pablo de la actividad de las Personas: El Padre envía al Hijo, el cual obra la salvación de los hombres y al Espíritu que la aplica. Hay en efecto, dentro de las cartas paulinas, suficientes datos para hablar de distinción de Personas de la Trinidad, de las relaciones entre ellas, las actividades respectivas, las procesiones, etc. Sin embargo, el mismo Sabatier (anteriormente mencionado), dice que lo trinitario no tiene excesiva importancia en Pablo.
Esto quizá porque como mencionamos más arriba, encontramos más textos unitarios o binarios que trinitarios. Más bien, en realidad, lo que parece es que Pablo se preocupa de la Trinidad de otra manera. Vamos a plantearlo así: “Pablo no se preocupa por una doctrina teórica de la Trinidad. En su catequesis no va a ser importante precisar exactamente las relaciones y funciones entre las Personas [...] Pero sí se interesa por la acción salvadora objetiva, es decir, en Dios, y subjetiva, en el hombre. Su perspectiva es eminentemente soteriológica y dinámica”[17].
Para él lo importante es lo que significa Dios para el hombre, lo que ha hecho en la historia en favor de la humanidad. De ahí que se comprenda que no mencione la Trinidad sino solamente cuando quiere aclarar puntos de su catequesis y lo hace a su estilo, es decir, mencionando a la Persona según el mensaje que quiere transmitir. Esto desde luego no significa menosprecio alguno por la Trinidad (no es que Pablo lo vea como un elemento secundario), más se trata de una óptica menos teórica: sus textos son kerigmáticos, son de vivencia.
VII. Función de la Trinidad en Pablo.
¿Cómo aparece la Trinidad? Actuando. A Pablo le interesan las Personas de la Trinidad en relación con el salvado. Por ejemplo, Cristo es el que justifica, da la paz, da acceso al Padre, el cual es el punto de partida y llegada de esta acción por el amor que le tiene al hombre. El Espíritu es quien concretamente hace participar de tal amor y pone en marcha la actitud de esperanza del hombre salvado, lo que implica toda la vida cristiana.
La inhabitación del Espíritu, con su procedencia del Padre y del Hijo, produce efectos bien concretos en la vida del creyente: vida nueva, salvada y resucitada, junto con una conducta acorde con ella.
“¡Pero no!, Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que durmieron. Porque habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo”.
I Co. 15, 20-22.
Entendemos aquí que la obra de la salvación es de los tres. Es el Padre quien ha enviado a su Hijo con la misión de dar la vida por la humanidad y ha sido resucitado con la fuerza del Espíritu Santo. Esta es la Trinidad actuante, la Trinidad económica: “El Padre es el origen de la salvación, conocerla es la “sofia Qeou” según I Corintios 2, 7; Cristo es el realizador de ese plan con su muerte, pero es el Espíritu de Dios quien da a conocer esto a los hombre: “Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu”.”[18]
La resurrección de Jesús indica el principio de una nueva humanidad. Él es primicia. Quiere decir que Él es el primero de la muchedumbre que viene después (nosotros), de modo que así como Cristo, nosotros correremos la misma suerte. Pablo llama a Jesús primogénito entre muchos hermanos en una gran familia en la que Dios es el Padre. Aquí recuerda que Él es como el tronco, la fuente generadora de la estirpe nueva, diferente de la engendrada por el primer Adán. Después de la victoria final, Cristo pondrá en las manos de Dios Padre el Reino que le había sido dado. Cristo no realizó en su nombre la redención y la conquista del mundo, sino bajo la dependencia del Padre (v.27). Sin embargo, Jesús, en cuanto Dios, participa de la soberanía del Padre y en cuanto hombre, condivide el destino de los seres creados: sufrió, pero resucitó. Se sometió al mismo Dios.
Esto también refleja que el Espíritu, que es conocedor de lo secretos divinos, es revelador interior del hombre: “ ¿Qué hombre conoce lo que en el hombre hay; sino el espíritu del hombre que en él está? [...] ¿Quién conoció jamás la mente del Señor para poder enseñarle?[19]” Esto es, entrar en el sabio designio, lo que supone una transformación del cristiano. Este texto también nos pie para comentar que la realidad de la Trinidad es una realidad de compenetración (Circuminsessio y circumincessio), es decir, como substancia es Uno, pero por las relaciones entre ellos, lo sabemos Trinidad, no tres dioses, sino un solo Dios verdadero en tres Personas, pero que actúan en una comunión misteriosa.
Así pues, el matiz característico de la acción divina en este texto es más bien eclesial y comunitario, y lo que hace es presentar la función concreta de la acción trinitaria: la salvación.
Por otro lado, liberación y filiación son modos que utiliza Pablo para describe la acción salvadora de Dios. Eso lo encontramos especialmente en el contexto de los Gálatas:
“Cuando vino la plenitud de los tiempos, mandó Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para que salvase a los que estaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación”.
Gal.4,4-5.
Es la era mesiánica, la era de la madurez, que coincide con el envío del Hijo. Esta la inaugura y la llena. El Hijo entra en el mundo sometiéndose a las condiciones comunes a todos los hombres, para adquirir, por decirlo así, el derecho de liberarlos de la esclavitud. En otras palabras, ya no somos esclavos y se inaugura lo nuevo, ¡somos hijos de Dios! Esta filiación adoptiva es, sobretodo, una relación de amor que nos une a Dios de manera personal y que se renueva constantemente bajo la acción del Espíritu que está en nosotros. Se realiza de una manera superior la promesa divina hecha a Abraham, pues se realiza en Cristo, causa eficiente de nuestra liberación de la esclavitud y de nuestra adopción de hijos[20].
De este modo es patente una relación del Padre al Hijo y al Espíritu Santo y una relación entre estos dos, que intervienen en la misma acción. Hasta tal punto, es íntima esta relación que surgen dudas sobre si este espíritu de su Hijo es cosa distinta del mismo Hijo o es una mera forma de designarlo, pero lo más probable es que sea una distinción entre Hijo y Espíritu[21].
Ahora bien, dice que “para que recibiéramos filiación”. Esta adopción es, ante todo, una realidad ontológica. Aunque Pablo no lo explica, recurre a la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones. El Espíritu se dice del Hijo por razones de relación trinitaria, pero, hemos sido merecedores de ese Espíritu, así como también de la filiación, por el Hijo (no lo recibimos por naturaleza, es decir, como título real, sino por adopción. Sin embargo, somos verdaderamente hijos, pero en el Hijo: Podemos clamar: “Abbá, Padre”).
Presentamos ahora otros textos ejemplificantes de la Trinidad:
“Pues por medio de Él, tenemos unos y otros libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu”.
Ef. 2, 18-22.
“... misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu, que son gentiles sois herederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio [...] misterio escondido desde siglo por Dios, Creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea manifestada a los Principados [...] mediante la Iglesia, conforme al previo designio eterno que realizó en Cristo Jesús, Señor Nuestro [...] Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda la familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior”.
Ef. 3, 5-6. 9b-10. 14-17.
Aquí, la Trinidad aparece en una relativa claridad: El Padre pone en marcha por su iniciativa bondadosa el misterio salvador y es también el punto final de ese proceso, es origen de toda paternidad y correlativamente de toda filiación. Este es el misterio económico de la sabiduría revelado en estos tiempos. El Hijo por su parte, realiza la acción de bendición total, perdón y rescate y recapitula todo en Él, por lo que podemos convertirnos nosotros mismos en alabanza y gloria del Padre. Por Cristo tenemos acceso al mismo Padre y somos ciudadanos de la casa de Dios. En otras palabras, llegamos a la unión con el Padre por estar fundados en Cristo; por Él tenemos la realización de la promesa, toda gracia. El Espíritu Santo interviene y aplica todo el misterio. En Él se da el acceso al Padre obtenido por Cristo. Por el Espíritu conocemos este misterio. Por Él el hombre interior es fortalecido en el mismo misterio[22].
Con este acto de doblar rodillas (v.14ss), Pablo expresa la intensidad de su oración, dirigida al Padre, del cual procede toda familia (el término griego sugiere la idea de paternitas: paternidad de Dios), por lo que no hay distinción entre judíos y griegos. El objeto de la oración es robustecer la fe y la vida interior de los creyentes. Tal refuerzo no puede esperarse sino del Espíritu Santo y tiene como resultado el progreso de la vida del hombre interior: el hombre renovado por la fe y unido por la gracia, a Cristo cabeza, en oposición al hombre exterior, viejo, que debe ser depuesto (Cfr. Ef. 4,22)[23].
Casi de forma total, Pablo, en su catequesis habla de la Trinidad, pero la Trinidad funcional o económica. Ciertamente hay insinuaciones que dejan entrever una concepción más o menos precisa de las relaciones intratrinitarias o Trinidad inmanente. Por ejemplo, el texto de Romanos: “Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado apóstol, elegido para predicar el Evangelio de Dios, que por sus profetas había prometido en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo, nacido de la descendencia de David, según la carne, constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de santidad a partir de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo Nuestro Señor...”[24]podría interpretarse como esa relación inmanente de la Trinidad, pues el Padre envía a su Hijo para la misión de morir y resucitar por el rescate de muchos. El Padre “le ha reconstituido en la gloria anterior a la Encarnación como recompensa de las humillaciones y de los sufrimientos pasados [Cfr. Fil. 2,8ss]”[25]. El Hijo cumple esa misión, Él es el Rey Mesiánico que al resucitar nos devuelve lo que habíamos perdido por el pecado y el Espíritu Santo que manifiesta esa gloria en la resurrección y que es el don más grande que Cristo Resucitado comunica a sus apóstoles y a la humanidad. Sin embargo, debemos decir que aunque Pablo tiene su concepción propia de lo que es la Trinidad inmanente, no lo comenta mucho. Más bien, - y ya lo habíamos comentado más arriba -, el interés de Pablo está en exponer una catequesis y para tal efecto no separa la teoría de la práctica. Cuando Pablo expresa su doctrina, no lo hace como mera especulación, sino que tiene repercusiones concretas en la vida y actitudes cotidianas del cristiano[26].
Así pues, lo trinitario está en medio de la vida cotidiana. Nos lo expresan textos como: Gal.5, 16-25; Ef.4,30; Fil.3,3; II Tes.2,16-17. Son textos que nos ayudan a ver hasta qué punto la postura ideológica paulina es algo repetido y constante y no meramente circunstancial.
“Por mi parte os digo: si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne; pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicas [...] En cambio, el fruto del Espíritu es amor alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias”.
Gal.5, 16-18. 22-24.
“No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención”.
Ef.4,30.
“Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena”.
II Tes. 2, 16-17.
Es entonces en este sentido que Pablo utiliza su doctrina con fines soteriológicos. Esto puede sonar muy lógico y hasta evidente, sin embargo, lo que se quiere resaltar aquí es que las razones por las cuales a veces pareciera que hay textos “confusos” [sólo se habla de una Persona, sólo de habla de la relación entre uno con el otro], lo que llamamos “textos unitarios”, “textos binarios” o “textos propiamente trinitarios”, cumplen la función de dar una catequesis kerigmática para la conversión. De ahí que hablemos de función soteriológica.
VIII. Conclusión.
En importante decir algunas palabras finales para determinar si nuestros objetivos se cumplieron en el trabajo realizado. Para tal efecto, y para mayor facilidad, presentaré por medio de viñetas dichas conclusiones:
* Efectivamente Pablo utiliza la doctrina trinitaria en sus escritos, aunque desde luego no podemos decir que los aplique siempre de manera clara y precisa, sino que todo obedece a una evolución en su pensamiento y a la larga, muy posterior de la Iglesia (Concilios).
* Los textos en relación con la Persona del Espíritu Santo son un tanto dudosos, pero se dan los suficientes para poner fijar una doctrina trinitaria en san Pablo.
* No hay una preocupación en Pablo por presentar a las Tres Personas Divinas juntas. Sin embargo en textos binarios parece quedar ideas muy parecidas a las dichas en textos trinitarios.
* Como catequista que es Pablo, no parece darse mucha importancia a la Trinidad inmanente, sino más bien a la Trinidad económica: la vida cotidiana de cara a Dios.
* Cuando se presenta la doctrina de la salvación siempre intervienen “los tres”.
* Las funciones de la Trinidad siempre aparecen claras: El Padre es el origen de todas las cosas, el Hijo es el realizador de esa obra y el Espíritu Santo es quien lleva adelante esa obra en el cristiano.
* La acción salvadora de Dios no siempre tiene que expresarse de forma trinitaria. Aparece más bien en cuestiones concretas y en relación con el cristiano.
* Lo trinitario surge de hecho de modo “espontáneo” en algunos textos. Por ejemplo, si se habla de Jesús Resucitado, necesariamente se habla del Padre Quien lo envía y del Espíritu que brota de ambos[27].
Así pues, creo cumplir con el objetivo general, pues cómo no volver nuestra mirada a ese Dios que ha querido manifestarse amorosamente en Uno sólo Dios Verdadero, pero en Tres Personas que no se confunden pero que sí se distinguen. Así se ha querido revelar: “Jesús se alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar esta paternidad, se alegra finalmente, por la especial irradiación de esta paternidad divina sobre los “pequeños”. Y el evangelista califica todo esto como “gozo en el Espíritu Santo”. Este gozo lo impulsa a decir “todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre, y quien es el Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiera revelar”[28].
Cristo, que nos ha querido revelar a su Padre y que nos da la fuerza de su Espíritu, nos permite volver nuestra mirada hacia ese Dios que es misterio de amor sin “atemorizarnos” por el hecho de comprender tan profundos misterios.
Con respecto al objetivo específico, creo también haber alcanzado el objetivo, pues, hemos explicado algunos textos de Pablo que podrían parecer “escandalosos” o simplemente podríamos preguntarnos ¿por qué no menciona a “los tres”, sino que su dinámica por lo general es el Padre y el Hijo o bien el Espíritu y el Hijo? Ya hemos dado en estas mismas conclusiones algunas pistas de ello.
Las cosas así, sólo resta decir que nosotros como cristianos debemos cada día profundizar en cursos bíblicos y no pensar que el asunto de la Trinidad es un “invento” de la Iglesia o filósofos muy complicados que pretenden enredar lo que es simple. No, ese no es el punto. El punto es que la Iglesia ha estudiado en serio la Sagrada Escritura (ella es depositaria de la fe), y si ha visto que se habla de Padre, Hijo, Espíritu Santo, y sabemos que Dios es sólo Uno y no hay otro es porque entonces hay que esclarecer lo que hay de fondo y nosotros no tenemos derecho de ponerlo en duda, cuestionarlo o peor aún, dejarnos manipular por doctrinas con poco fundamento y sin razón. Hay que recordar que nuestros grandes pensadores cristianos se “quebraron” la cabeza para que nosotros podamos tener hoy una sana doctrina, no permitamos que “corrientes adversas con pocos conocimientos y escasa cultura” echen por tierra la reflexión de cientos de años. Esa será nuestra tarea el día de mañana como pastores de una comunidad parroquial.
Termino con un texto del magisterio:
“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que nos ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “jerarquía de las verdades de fe”. [...] La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los “misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto” (Concilio Vaticano I: Dz.3015). Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo”[29].
IX. Bibliografía.
1. Pastor, Federico. “La trinidad en la catequesis de Pablo”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, España, 1978. pp.65-85.
2. Sánchez Bosch, Jordi. “Escritos paulinos”. Introducción al Estudio de la Biblia. Editorial Verbo Divino. Tercera Edición. Navarra, 2002. pp.133-136.
3. Juan Pablo II. “El misterio trinitario” [“Dives in misericordia”; “Redemptor hominis”; “Dominum et Vivificantem”]. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1986. pp. 10,17,19,36,40,43 (más otras referencias que se indican a pie de página)
4. Dirigido por: Teodorico Ballarini. “Pablo: vida, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. STUDIUM, Madrid, 1972.
5. J. A. fitzmyer. “Teología de San Pablo”. Madrid, España, 1975. pp.81-84.
6. Bouyer, L. “Diccionario de Teología”. Editorial Herder. Quinta edición. Barcelona, 1983. [Sólo referencia].
7. “Biblia de Jerusalén”. Nueva Edición revisada y aumentada. Desclee de Brouwer, Bilbao, 1975.
8. Congregación para el Clero. “Directorio General para la Catequesis”. Editado y distribuido por Nueva Secam S.A. de la Ciudad del Vaticano. Aprobado por Su Santidad Juan Pablo II, el 25 de agosto de 1997. (las referencias se indican al pie de página).
[1] Congregación para el Clero. “Directorio General para la Catequesis”. Aprobado por Su Santidad Juan Pablo II el 25 de agosto de 1997, #30.
[2] Sánchez Bosch, Jordi. “Escritos paulinos”. Introducción al estudio de la Biblia. Editorial Verbo Divino, Tercera Edición, Navarra, 2002. pp. 135-136.
[3] Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” #22, del Concilio Vaticano II.
[4] Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 79-86.
[5] Cfr. Sánchez Bosch, Jordi. “Escritos paulinos”. Introducción al estudio de la Biblia. Editorial Verbo Divino, Tercera Edición, Navarra, 2002. Capítulo III: “Escritos paulinos: ¿cartas o epístolas? pp. 49-52. (cfr. También materia de clase del curso de Nuevo Testamento)
[6] Cfr. Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 69.
[7] Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de II Tes. 2,16, pp. 753.
[8] Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de Rm. 5,1-5. pp. 377.
[9] Rm. 8, 2-4.
[10] Cfr. Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de II Co.1, 20-23. pp. 545.
[11] Cfr. Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de II Co.12, 4-6. pp. 516.
[12] Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 72.
[13] Gal. 4, 4-5.
[14] Ef. 1,3.
[15] Gal. 4, 7.
[16] Cfr. Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 72. [Citación que hace el autor de A. Sabatier: “L ´ apóstre Paul” en la p. 365-366].
[17] Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 74.
[18] Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 77. [cfr. I Co. 2, 1-7; 10-15].
[19] I Co. 2, 11.16.
[20] Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de Gál. 4, 4-5, pp.623.
[21] Cfr. Sánchez Bosch, Jordi. “Escritos paulinos”. Introducción al estudio de la Biblia. Editorial Verbo Divino, Tercera Edición, Navarra, 2002. Capítulo IX: “La Carta a los Gálatas”pp. 267-269.
[22] Cfr. Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 79.
[23] Cfr. Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de Ef. 3, 5-6. 9b-10. 14-17. pp. 661-662.
[24] Rm. 1, 1-4.
[25] Dirigido por Teodorico Ballarini. “Pablo, apostolado y escritos”. Traducido por Javier de Abarzuza. Libro conmemorativo del año internacional del libro. Editorial STUDIUM, Madrid, 1972. Comentario al texto de Rm. 1, 2-4. pp. 340-341.
[26] Sánchez Bosch, Jordi. “Escritos paulinos”. Introducción al estudio de la Biblia. Editorial Verbo Divino, Tercera Edición, Navarra, 2002. Capítulo III: “Escritos paulinos: ¿cartas o epístolas? pp. 49-52.
[27] Cfr. Pastor, Federico. “La Trinidad en la catequesis paulina”. Semana de estudios trinitarios #12. Salamanca, 1978. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid, pp. 83-85.
[28] Juan Pablo II, carta encíclica “Dominum et Vivificantem” #20. Del 18 de mayo de 1986.
[29] Catecismo de la Iglesia Católica #234 y 237. |