2.
El don de la Vida y Vida Eterna
En efecto, ya en el Antiguo Testamento se plantea la maravilla
de la vida humana como el regalo que Dios da al hombre y que nadie tiene
derecho a conculcar. Un don que el hombre percibe, valora y agradece
y que le predispone de inmediato para aceptar a su Creador, como el
Ser a quien reconoce superior y digno de amor y obediencia. El don de
la vida y su capacidad de entenderlo y disfrutarlo, hace del ser humano,
no solamente el dominador, sino el dichoso habitante del mundo, quien,
a semejanza de Dios, también puede transmitir la vida y hacer partícipes
de su felicidad a otros seres, a quienes puede reconocer como suyos
y en quienes puede vaciar todo su amor.
La
conciencia plena de este don de la vida es un proceso que poco a poco
van jalonando las afirmaciones del Libro Santo, hasta llegar a la plenitud
en Cristo Jesús, cuya resurrección da a la vida humana su máxima realización
y perfección, como vida que trasciende los límites de lo terreno,
se insertá en la vida misma de Dios, alcanza la inmortalidad y hace
de la muerte natural que tenemos que padecer, un bien que nos abre
las puertas de la eternidad: «Porque ésta es la voluntad de mi
Padre, que todo el que vea al Hijo y crea en El, tenga vida eterna y
que yo lo resucite en el último día» (Jn 6,40).
«La
gloria de Dios es que el hombre viva», dijo San Ireneo de Lyon, en los
inicios de la era cristiana.
«La
gloria de Dios es que el pobre viva», tuvo que afirmar un obispo latinoamericano
en las circunstancias sociales injustas en que se desenvuelve nuestro
continente.
«La
gloria de Dios es que el infante viva», nos vemos obligados a decir
los Obispos de Costa Rica, en la coyuntura de que nuestra Asamblea Legislativa
analice nuevamente un proyecto de ley que contempla la posibilidad del
aborto.
3.
La vida es sagrada: Somos hijos de Dios
El
Nuevo Testamento absolutizó aún más la sacralidad de la vida humana,
al profundizar en el Sermón de la Montaña la ley mosaica, extendiendo
el «no matarás» hasta la obligación de «no encolerizarse», «no ofender»
al hermano (Cfr. Mt 5,21 55) y convertir el amor al otro en el único
termómetro que indica la autenticidad del amor de Dios: «Si alguno dice
Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no
ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve». (Jn
4, 20).
Así,
el hecho de que el Hijo eterno del Padre haya tomado vida humana, la
ennoblece y santifica, al llenarla con todos los dones de gracia y santidad,
para asumirla en la riqueza de la filiación divina.
La
constante enseñanza de la Iglesia plantea la vida como inviolable,
y ante la significativa lista de textos que podemos citar (1), que nos
servirán de guía en el presente documento, nos permitimos recordar
tan sólo la enseñanza solemne de Vaticano II: «Por tanto, la vida, desde
su concepción, ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto
y el infanticidio son crímenes abominables» (G. et S.51).
Porque
la doctrina es clara y el peligro de irrespeto a la vida es real, los
Obispos, nos sentimos obligados a plantear las reflexiones doctrinales
fundamentales, que recuerdan a los hombres de buena voluntad, que este
signo de muerte, no es en modo alguno coherente con los grandes progresos
humanos, científicos y tecnológicos, que hemos visto aparecer en
nuestro Siglo.