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Fundamentos doctrinales de la actualización de las Obras misionales pontificias

P. Gianni COLZANI

Profesor de la Pontificia Universidad Urbaniana.

 

Teniendo en cuenta la connotación misionera de las Obras misioneras pontificias, ha parecido conveniente anteponer una amplia introducción teológica que, por una parte, recuerde algunos principios doctrinales generales y, por otra, sitúe su ámbito a las Obras misionales pontificias. Este intento y esta orientación explican la amplitud y la estructura de esta introducción.


Principios doctrinales generales
Fundamentos de la misión «ad gentes»

La conciencia misionera de la Iglesia encontró una espléndida expresión en el concilio Vaticano II, que enseñó que «la Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo, la misión del Espíritu Santo según plan de Dios Padre» (Ad gentes, 2).

Este plan de amor abarca a la humanidad entera: Dios es salvador y «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4). Con esta finalidad envío a Jesús, que vino para que todos «tengan la vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10). La misión se vincula así a la humanidad de Jesús, en el cual la Iglesia reconoce «la luz de las gentes» (Lumen gentium, 1): efectivamente, en él confesamos la presencia del Verbo eterno que vino al mundo como «la Iuz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Jesús comunica a los hombres sus dones: los introduce en la comunión filial con el Abbá, acoge sus aspiraciones orientándolas hacia el reino que todo lo renueva, sostiene su camino con la luz del Evangelio, el don del Espíritu y la fuerza de los signos sacramentales. Vivificada por estos dones la Iglesia avanza por el camino que Cristo trazó y continúa su misión. Así, asume la forma de una comunidad humana dentro de la historia de la humanidad en su seno es testigo de una esperanza y de un ágape que comparte, discierne y sobrepasa las aspiraciones de la humanidad. La Iglesia «es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1).

La misión, expresión de la presencia activa de las personas divinas, tiene una prioridad con respecto a los cristianos: los educa y los forma. En efecto, la misión no es un simple instrumento a disposición de la Iglesia o de los christifideles, sino un acontecimiento que pone a ambos a disposición del Evangelio y del Espíritu; no sirve para llevar la fe a los pueblos lejanos y ampliar así la Iglesia, sino que pide a la Iglesia el servicio de un testimonio histórico que debe a su Señor y Maestro. La Iglesia, realización provisional y parcial de la dinámica misionera, sirve al Reino «difundiendo en el mundo los valores evangélicos», que son expresión de ese reino y ayudan a los hombres, a acoger el designio de Dios» (Redemptoris missio, 20). La misión es la obra de Dios en la historia humana.

La Iglesia vive de la misión de su Señor en la medida en que vive y testimonia a todos su entrega. Por eso, está llamada a abrirse a todo el mundo. Siguiendo a Jesús, que derribó el muro de la enemistad para crear en sí mismo un hombre nuevo reconciliado con Dios. (cf. Ef 2, 14-16), la Iglesia encuentra a las personas en su riqueza y en sus necesidades, y a todos anuncia la buena nueva del amor de Dios. Consciente de que «el Espíritu Santo actuaba ya en el Mundo antes de que Cristo fuera glorificado». (Ad gentes, 4), la Iglesia valora los caminos religiosos de los pueblos que encuentra; por eso «no rechaza na­da de lo que en estas religiones es ver­dadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (Nostra aetate, 2) Reconoce asimismo «que la realidad de! Reino puede hallarse tam­bién fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera» (Redemptoris missio, 20), pero, sabiendo que es sólo inicial, trabaja para coordinarla con la fuerza de aquel reino del que es testigo y al que sirve. Consciente también de la presencia del mal, se compromete con la humanidad entera para recupe­rar el verdadero significado de la per­sona y de sus libertades en un marco jurídico, económico, cultural y político a menudo distorsionado.

Por eso, la Iglesia considera la mi­sión como su actividad «primaria, esen­cial y nunca concluida» (ib., 31). Esa ta­rea «es una e idéntica en todas partes y bajo cualquier condición, aunque no se ejerza del mismo modo según las circunstancias» (Ad gentes, 31). Esta atención a la historia de las personas y de los pueblos ha llevado a reconocer que la actividad misionera es una acti­vidad compleja: incluye el testimonio de la vida, el anuncio del Evangelio, el diálogo interreligioso1, la formación de las Iglesias locales y su trabajo de incultu­ración, el compromiso social y la for­mación de las conciencias, la cercanía a los últimos y el testimonio concreto de la caridad. La articulación concreta del compromiso misionero de una Igle­sia dependerá de su apertura al Espíri­tu, de su discernimiento de las situacio­nes y de la concreción de los proble­mas, pero nunca podrá descuidar ese anuncio del Evangelio, que tiene «la prioridad permanente en la misión» (Redemptoris missio, 44). En efecto, la evangelización siempre deberá conte­ner también «como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo, una clara proclamación de que en Jesucristo (...) se ofrece la salvación a todos los hom­bres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios» (Evangelii nun­tiandi, 27).

Actualidad de la misión «ad gentes»
Recordando la urgencia de la misión ad gentes y valorando sus frutos, la encí­clica Redemptoris missio no teme hablar de una nueva primavera del cris­tianismo» (n. 2); con tono más profético que lírico, Juan Pablo II afirma: «Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las Iglesias jóvenes responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo» (ib., 92). Al mismo tiempo, el Papa reconoce la presencia de una tendencia negativa que afecta sobre todo a la misión ad gentes, y re­cuerda a todos el criterio básico del verdadero compromiso en el seguimiento de Cristo: «La fe se fortalece dándola» (ib., 2).

Estas palabras son como un comen­tario a las del Evangelio: «Vosotros sois la sal de la tierra; (...) vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13-14); tenemos aquí en resumen la dinámica espiritual de atención en torno a Cristo y de par­ticipación en su misión. La misión es el rostro profundo de la experiencia cris­tiana. La adhesión a estas líneas ha lle­vado a confirmar que «la actitud misio­nera comienza siempre con un senti­miento de profunda estima frente a lo que “hay en el hombre”. (...) La misión no es nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción, por más que en la práctica no siempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado» (Redemptor hominis, 12).

El mismo Juan Pablo II recuerda los frutos de este tiempo misionero: «Se han multiplicado las Iglesias locales provistas de obispo, clero y personal apostólico propios; se va logrando una inserción más profunda de las comuni­dades cristianas en la vida de los pue­blos; la comunión entre las Iglesias lle­va a un intercambio eficaz de bienes y dones espirituales; la labor evangeliza­dora de los laicos está cambiando la vi­da eclesial; las Iglesias particulares se muestran abiertas al encuentro, al diá­logo y a la colaboración con los miem­bros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones. Sobre todo, se está afianzando una conciencia nueva: la mi­sión atañe a todos los cristianos, a to­das las diócesis y parroquias, a las ins­tituciones y asociaciones eclesiales» (Redemptoris missio, 2).

Por otra parte, la difusión de una nueva sensibilidad ha llevado a que se añadieran nuevas dificultades a las an­tiguas; a las dificultades propias de una antropología secularizada y cerrada a Dios, se añaden hoy interrogantes nue­vos sobre el valor salvífico de las reli­giones no cristianas, sobre el diálogo interreligioso asumido como criterio de valor, sobre el respeto a las conciencias visto como obstáculo para la conversión, sobre la promoción humana considerada como centro del reino y objetivo suficiente de compromiso. En estos ámbitos, han prestado una gran ayuda a los últimos sínodos continentales y sus exhortaciones apostólicas conclusivas ( Ecclesia in Africa, 14 de setiembre de 1995; Ecclesia in America, 22 de enero de 1999; Ecclesia in Asia, 6 de noviembre de 1999; Ecclesia in Oceanía, 22 de noviembre de 2001; Ecclesia in Europa, 28 de junio de 2003). En esas exhortaciones apostólicas, algunos nú­meros intentan esbozar la densidad de la cultura africana2 y asiática3 e ilumi­nan el valor de la religiosidad popular latinoamericana4.

La convicción de que «la misión de la Iglesia es más vasta que la “comunión entre las Iglesias”» (Redemptoris mis­sio, 64) lleva a volver a orientar su co­munión en el sentido de la misión; mientras que la interrelación de catego­rías geográficas, culturales y sociales con los temas de la fe lleva a formular la noción de “areópago” para indicar «los nuevos ambientes donde debe pro­clamarse el Evangelio» (ib., 37). Se im­pone así la atención a las ciudades, en las que se concentran amplias capas de población5, la urgencia de la misión en Asia6, así como se pide una nueva sen­sibilidad no sólo ante la pobreza, las migraciones y los jóvenes, sino también ante el mundo de la cultura y de la investigación, de las comunicaciones sociales y de las relaciones internacionales, ámbitos típicos de la misión mo­derna. ­

De la misión de la Iglesia a la cooperación misionera de todos

El envío de la Iglesia ad gentes impli­ca la colaboración de los creyentes: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por eso, toda la Iglesia debe sentirse comprometida en esta colaboración; lo mismo todo cristiano. La cooperación misionera es «la participación de las comunidades ecle­siales y de cada fiel en la realización de este plan divino» (Congregación pa­ra la evangelización de los pueblos, instrucción Cooperatio missionalis, 1 de octubre de 1998, n. 2). La plena com­prensión de este hecho remite a una comunión eclesial y a un horizonte mi­sionero que se compenetran y se impli­can hasta el punto de que «la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión, es para la comunión» (Christifideles laici, 32).

Desarrollar estas perspectivas lleva sobre todo a presentar la unidad y la diversidad de una Iglesia rica en minis­terios y carismas: son dones del Espíri­tu dirigidos, al mismo tiempo, a la edifi­cación de la Iglesia y a su misión en el mundo. Las Iglesias de misión y la coo­peración misionera han sido siempre, y son todavía, campos privilegiados de éstos dones: «En el contexto de la mi­sión de la Iglesia el Señor confía a los fíeles laicos, en comunión con todos los demás miembros del pueblo de Dios, una gran parte de responsabilidad» (ib.). Así surgen nuevos protagonistas de la misión: laicos, familias, volunta­rios, organizaciones de inspiración cristiana, sacerdotes diocesanos; de esto no podemos por menos de dar gracias a Dios.

La mera presencia de más protago­nistas no garantiza una mejor evangeli­zación; al contrario, la suma de presen­cias diferentes puede crear algunas difi­cultades de entendimiento y de colabo­ración: se trata de integrar a estos nue­vos protagonistas en un cuadro de co­munión y de fraternidad, labor que co­rresponde a la Iglesia en la que se inte­gran. De esta comunión en la diversi­dad, puesta al servicio del Espíritu, no solamente nace una mejor colaboración, sino también una fraternidad ecle­sial real: más que por la eficacia, la mi­sión se caracteriza por el testimonio de una vida entregada a Dios y al reino, en la sobriedad y en la oración, frater­namente compartida con todos.

Fraternidad y corresponsabilidad no disminuyen el papel de la jerarquía hasta el punto de empobrecer la comu­nión eclesial; al contrario, mientras pro­mueven la vida de los discípulos, cada uno con sus dotes y sus carismas, la ponen a salvo de todo individualismo y la conducen a los sorprendentes hori­zontes de la catolicidad.

Es necesario insistir en la originali­dad de esa comunión, verdadera raíz de toda corresponsabilidad. Mientras que la participación, según las ciencias sociales, procura influir en los centros de decisión mediante el control de su ejercicio o con la creación de una fuer­te opinión pública, la comunión se con­centra en torno a los obispos que, co­mo sucesores de los Apóstoles, han re­cibido del Señor «la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura» (Lumen gen­tium, 24). La comunión eclesial, reunida alrededor del obispo, enraizada en la comunión y en la apertura de las perso­nas divinas, hace a los creyentes recí­procamente partícipes de las alegrías y de los dolores (cf. 2 Co 1, 6-7) y, me­diante la caridad, disponibles a un ser­vicio mutuo (cf. Ga 5, 13).

Efectivamente, el don del Espíritu si­túa nuestra vida e incluso nuestra per­sona sobre el fundamento nuevo de la­ comunión con él: todo lo que somos y vivimos es como renovado por esta co­munión y por ella se orienta al servicio de Cristo. Este principio exige ser con­cretado y precisado adecuadamente pa­ra que pueda alcanzar sus fines y dar frutos.

Hay que ayudar a todos, y a nadie hay que poner obstáculos al «realizar este intercambio de caridad eclesial y de dinamismo misionero» (Cooperatio missionalis, 2); con mayor razón, cada Iglesia se empeña en un trabajo de for­mación y animación, orientado a dar vi­da a mentalidades y conciencias sensi­bles al camino del Reino, a abrir institu­ciones y comunidades a responsabilida­des universales, a sostener formas nue­vas de reciprocidad eclesial concreta.

Por eso, la Iglesia se alegra de que, junto a congregaciones e institutos tra­dicionalmente dedicados a la misión ad gentes, surjan hoy formas nuevas de promoción de nuevos protagonistas mi­sioneros -sacerdotes diocesanos, aso­ciaciones de voluntarios y de familias, servicios profesionales-; de intercam­bio entre Iglesias, como «hermanamien­tos» y acuerdos, intercambios de expe­riencias pastorales, intercambio de per­sonal; y de formación de una mentali­dad y una práctica de vida coherente. El conocimiento de los problemas mi­sioneros, la conciencia crítica hacia un estilo de vida consumista, el redescu­brimiento de la sobriedad y de la soli­daridad, experimentan hoy un fuerte crecimiento.

Para favorecer, sostener y coordinar estas experiencias han surgido organi­zaciones con objetivos muy diferentes entre ellas: desde organizaciones lo­cales, en los lugares de misión, y las surgen por voluntad de las diferen­tes Conferencias episcopales, hasta coordinaciones entre institutos misioneros y fundaciones científicas para el estudio y la profundización. En ese contexto, no sorprende que también la suprema autoridad de la Iglesia, aun reconociendo al Colegio episcopal la responsabilidad de la misión universal, haya creado la Congregación para la evangelización de los pueblos para que «dirija y coordine por todas partes la obra misional en sí y la cooperación misionera»7.

Para alcanzar estos objetivos es fundamental la cooperación misionera de toda la Iglesia, que hay que entender como un deber fundamental del pueblo de Dios; por eso, todos están invitados «a una profunda renovación interior a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su cometido en la obra misional entre los gentiles» (Ad gentes, 35). Para favorecer esta coope­ración, «signo de la madurez de la fe y de una vida cristiana» (Redemptoris missio, 77), la Congregación «se sirve especialmente (praesertim) de las Obras misionales pontificias, a saber, las llamadas Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa Infancia y Unión Misional Pontificia del Clero» (Pastor bonus, art. 91). A las Obras misionales pontificias les corresponde «el primer lugar» (Ad gentes, 38), «el cometido pri­mario» (Redemptoris missio, 84).

Las Obras misionales pontificias

La gracia de la renovación misionera no puede crecer en la Iglesia sino am­pliando los espacios de la fe y de la caridad hasta los confines del mundo. Un momento fundamental de esta gracia se encuentra hacia la mitad del siglo XIX, cuando la Iglesia vuelve a tomar con empeño el camino del anuncio del Evangelio.

En ese contexto rico de piedad, im­pulsadas por el amor de Cristo a la hu­manidad (cf. 2 Co 5, 14), algunas perso­nas viven su dedicación a la misión hasta el punto de reconocer en ella un don de Dios a la Iglesia. Este origen ca­rismático aparece con claridad desde los inicios, cuando, el 3 de mayo de 1822, un joven seminarista dice a los responsables de los diferentes grupos, reunidos en Lyon para aclarar los mal­entendidos: «Nosotros somos católicos y debemos fundar algo católico, es de­cir, universal. Nosotros no debemos ayudar a algunas misiones determina­das, sino a todas las misiones del mundo». De manera semejante, el padre Manna dijo: «Todas las Iglesias, para la conversión de todo el mundo». Estas formas de cooperación misionera exi­gen la colaboración de todos, también de los cristianos sencillos y humildes, porque, como escribe Pauline Jaricot, «pequeñas gotas de agua forman un océano inmenso». La III Conferencia del Episcopado latinoamericano dice prácti­camente lo mismo: «Debemos dar des­de nuestra pobreza» (Documento de Puebla, 368).

La voz de estas personas y el surgir de estas iniciativas no son superfluas. Dado que la cooperación misionera se encuentra enraizada en la sagrada Es­critura y la enseña el magisterio, estas personas se muestran como verdaderos intérpretes del Evangelio; capaces de hacer del celo misionero una verdadera raíz de santidad y de eclesialidad. Vale la pena recordar sus nombres: Pauline Marie Jaricot (1799-1862) que se en­cuentra en el origen de la Obra de la Propagación de la Fe; Charles Auguste Marie de Forbin-Janson (1785-1844), obispo de Nancy, desterrado, fundador de la Obra de la Santa Infancia; Jeanne Bigard (1859-1934) que, junto con la ma­dre Stephanie Cottin, dio vida a la Obra de San Pedro Apóstol; Paolo Manna (1872-1952), misionero, fundador y ani­mador de la Unión Misional del Clero.

Sin recordar nuevamente la historia, se debe reconocer el origen carismático de estas Obras, nacidas de la base, sin especial implicación de la jerarquía; son don del Espíritu, que traduce la vida espiritual de sacerdotes, seminaristas, laicos y mujeres de firme compromiso misionero y transforma su adhesión a Cristo en corresponsabilidad eclesial viva. Solamente más tarde las Iglesias las harán propias, asumirán un carácter supranacional, y por último, serán reconocidas como pontificias y situadas en una relación directa con la Santa Sede

Desde el tiempo en que las Obras misionales pontificias surgieron y asumieron su aspecto actual de Obras pontificias, han cambiado muchas cosas, y estos cambios han influido no poco sobre el modo de concebir la cooperación misionera y, en consecuencia, de com­prender las mismas Obras pontificias.

Entre los diferentes cambios realiza­dos por el concilio Vaticano II, el más importante es el redescubrimiento de las Iglesias locales (cf. Sacrosanctum Concilium, 41; Lumen gentium, 26; Christus Dominus, 11; Ad gentes, 20), cambio que ya se ha impuesto con fuer­za (cf. Evangelii nuntiandi, 62; Commu­nionis notio, 10-11). La convicción de que «en ellas (las Iglesias particulares) y a partir de ellas se constituye la Iglesia católica, una y única» (Lumen gentium, 23; cf. Dominus Iesus, 16, en particular la nota 56) exige una revisión de las es­tructuras eclesiales, que afectan al ca­rácter pontificio de las Obras misio­nales pontificias, su tradicional punto de fuerza. La evolución del laicado (cf. Christifideles laici) ha impuesto la exigencia de itinerarios espirituales y eclesiales completos, enraizados en la sagrada Escritura y comprometidos en la caridad, que no encuentran respues­ta adecuada en una participación super­ficial en las Obras misionales pontifi­cias. Por último, la atención cada vez mayor reservada al Reino, a cuyo servi­cio está la Iglesia misma (cf. Redempto­ris missio, 20), ha llevado a considerar a la Iglesia desde la perspectiva del servicio que presta a la humanidad, la cual acusa a las Obras misionales pon­tificias de cierto inmovilismo y cierta marginación.

Además, resulta, difícil, reinterpretar la misión -y con ella las Obras misio­nales, pontificias- en un mundo que, con la caída del muro de Berlín, ha pa­sado de la contraposición ideológica entre el Este y el Oeste a otra igual­mente dramática entre el Norte y el Sur. Y es asimismo difícil reinterpretar la misión -y con ella las Obras misio­nales pontificias- en una historia glo­bal que exige la valoración de los pro­pios comportamientos como responsabilidad hacia un todo, o ante el renaci­miento de nacionalismos y contraposi­ciones religiosas que acentúan las divi­siones del pasado. En ese contexto es fácil dejarse guiar por factores emotivos que sustituyen el camino personal y eclesial de la fe con movimientos de masa y formas de liderazgo. Estos cam­bios influyen en el modo de vivir la fe y de pensarla como cooperación en la misión de Cristo, y explican la dificultad de volver a proponer una forma creíble de animación y cooperación misionera; aunque se ha hecho mucho, queda to­davía mucho por hacer. Para favorecer este camino, recordamos estos criterios.

Naturaleza e importancia de las Obras misionales pontificias
Estas Obras, don del Espíritu a la Iglesia y fruto del celo, misionero de al­mas fervorosas, desde el inicio expre­san una clara y objetiva participación en la vida apostólica de la Iglesia; por eso, muy pronto, las comunidades se reconocieron en estas iniciativas, las asumieron e hicieron de ellas una pro­puesta dirigida a todos, realmente ca­paz de favorecer el camino misionero de los fieles. La doctrina conciliar de que «la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera» (Ad gentes, 2) ha hecho todavía más importante su función. Por eso, las Iglesias han reco­nocido el valor de las Obras, y han pro­movido su difusión, y al mismo tiempo la Santa Sede, calificándolas con el títu­lo de «pontificias», las ha situado en el ministerio que a nombre de Cristo, preside la comunión universal de la caridad.

De ahí que ocupen el primer lugar (ib., 38) en la cooperación misionera y constituyan un instrumento valioso “para infundir a los católicos desde la infancia el sentido verdaderamente universal y misionero, y para estimular la recogida eficaz de ayudas a favor de todas las misiones, según las necesidades de cada una” (ib.; cf, Redemptoris missio, 84); Cooperatio missionalis, 5). Es necesario, que dado su valor, las Obras misionales pontificias estén «presente y actúen en todas las Iglesias particulares, de antigua fundación y jóvenes» (Cooperatio missionalis, 5. También el Código de derecho canónico establece que «en todas las diócesis, para promover la cooperación misional [...] destínese un sacerdote a promover efi­cazmente iniciativas en favor de las mi­siones, especialmente las Obras misio­nales pontificias», (canon 791, § 2) y que estén coordinadas entre sí para asegu­rar su mayor eficacia y una universali­dad efectiva. Confiadas a la dirección de la Congregación para la evangeli­zación de los pueblos, de la que de­penden, se convierten así en el organis­mo oficial de la cooperación misionera de todas las Iglesias y de todos los cristianos (cf. Pastor bonus, art. 91; Cooperatio missionalis, 2; Redemptoris missio, 84)

Las Obras misionales pontificias se proponen, pues, a todos los cristianos como «instrumentos privilegiados del Colegio episcopal unido al Sucesor de Pedro, y con él responsable del pueblo de Dios, que es enteramente misione­ro» (Carta del Papa Pablo VI al carde­nal Alexandre Renard, arzobispo de Lyon, con ocasión del Congreso misio­nero internacional, 22 de octubre de 1972).

Finalidad común, primaria y principal de las Obras misionales pontificias es promover el espíritu misionero en el pueblo de Dios, suscitando y haciendo más profunda su conciencia misionera. Para lograrla, las Obras misionales pontificias informan sobre la vida y las necesidades de la misión universal, ani­mando a las Iglesias particulares a orar unas por otras y esforzándose en favo­recer el intercambio mutuo de personal y medios materiales. De esta manera, al mismo tiempo que testimonian la ca­tolicidad promoviendo «vínculos de ínti­ma comunión» (Lumen gentium, 13) en­tre las Iglesias, actúan como medio pri­vilegiado de comunicación entre esas Iglesias. Cada Obra realiza este com­promiso según su modo particular.

La Obra de la Propagación de la Fe tiene como fin constituir miembros vi­vos del entramado eclesial, capaces de animar misioneramente su vida. Este objetivo conlleva una conciencia católi­ca, capaz de conjugar compromiso apostólico y sentido de la universalidad con una plena docilidad al Espíritu. Además de ese primer objetivo, un compromiso personal de vida, la Obra de la Propagación de la Fe tiene otra fi­nalidad: formar animadores misioneros, es decir, personas que se pongan al servicio de los otros. El servicio a la Iglesia particular es el modo concreto de dar vida a una Iglesia fiel a su Se­ñor y a una humanidad transformada por el Evangelio. Entre sus frutos más hermosos se cuenta la introducción de la Jornada mundial de las misiones; so­licitada por el Consejo superior de la Obra, en marzo de 1926, fue concedida por la Sagrada Congregación de ritos el 14 de abril de 1926 y establecida para el penúltimo domingo de octubre.

La Obra de San Pedro Apóstol corro­bora la importancia de la apostolicidad en la misión; el envío de los apóstoles continúa el movimiento de amor que, a través de Cristo, desciende del Padre hacia la humanidad. Por eso, la Obra reivindica la importancia de auténticos obreros evangélicos y pone el acento en su formación seminarística en un contexto de espiritualidad y estudio. Da­do que la necesidad del clero indígena no se puede limitar a una conveniencia «política», sino que depende de una lógica de encarnación, el apoyo a la formación del clero indígena y de los misioneros no puede ser solamente económico, sino que hunde sus raíces en la oración y en la espiritualidad, pidiendo a Dios obreros evangélicos, a los que hay que acompañar con el esfuerzo de las Iglesias para una comunicación del evangelio cada vez más contextualizada.

La obra de la Santa Infancia debe su nombre a la voluntad de poner la asociación bajo la protección del Niño Jesús. Intuyendo que los niños son una fuerza espiritual y social muy valiosa, esta Obra quiere ser un movimiento de niños cristianos comprometidos en la ayuda a otros niños; la transformación real del mundo pasa a través de su educación y formación. En su origen se encuentra la denuncia del abandono de los niños expuestos, a los que se deja­ba morir: al afrontar la cuestión a la luz de una caridad apostólica y solidaria, el mismo fundador -Mons. Charles For­bin-Janson- insistió en el carácter mi­sionero y no solamente social de la ini­ciativa. La Obra impulsa la participación de los niños en la misión, estimulando el dinamismo de apertura y de aposto­lado presente en ellos de forma todavía latente. Se trata de animar y sostener, con obras, la certeza de formar parte de una única familia donde todos cuen­tan y todos se ayudan: este es el desa­fío pedagógico de la Obra, y sólo se puede afrontar en sintonía con las fami­lias y las parroquias, en estrecho con­tacto con las Iglesias locales. El peligro de muerte de los niños, que conmovió e impulsó a la acción al fundador, difícil­mente se puede volver a presentar hoy de la misma manera, pero está lejos de haber desaparecido el peligro de una violación de los derechos humanos y espirituales de los niños.

La Unión Misional del Clero anticipó la doctrina conciliar sobre la dimensión misionera de la vida presbiteral (el texto fundamental es Presbyterorum or­dinis, 10; véase, además, Optatam to­tius, 20; Lumen gentium, 28: Ad gen­tes, 39), tema que llegará a ser pacífico en la enseñanza posconciliar (cf. Evan­gelii nuntiandi, 68; Congregación para el clero, nota directiva Postquam Apos­toli, 25 de marzo de 1980, n. 5; Redemp­toris missio, 67). En efecto, Manna, indi­có un vínculo profundo entre personali­dad y ministerio, presbiteral, por una parte, y difusión del Evangelio por otra: «El clero católico no puede permanecer ajeno a la obra de la conversión del mundo que todavía es infiel. Sería inna­tural (...) y ningún sacerdote lo puede ignorar o puede desinteresarse de es­to» (II cammino di un'idea. Come sorse l'Unione Missionaria del clero, p. 3, iné­dito; texto en Archivo general de las Mi­siones Extranjeras de Roma, Fondo Manna, vol. 21). La dimensión misione­ra del presbítero indica su deber de cooperar en la obra salvífica universal de Cristo. Para alcanzar esta finalidad, la Unión Misional del Clero se propone reavivar el celo apostólico entre sus miembros y, a través de ellos, en todo el pueblo cristiano: es necesario incre­mentar las vocaciones misioneras y el espíritu apostólico, favorecer una mejor distribución del clero con programas de intercambio y cooperación entre las Iglesias y, por último, es necesario ani­mar al pueblo de Dios para hacer más claro el compromiso misionero. La Unión Misional del Clero, estructura or­ganizativa, es también una fuerza espi­ritual comprometida en la conversión del mundo.

Para promover el espíritu misionero universal, las primeras tres Obras -Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol y Santa Infancia- animan y sostienen el camino misionero del pue­blo de Dios favoreciendo una coopera­ción espiritual y material en la evangelización; para esto, dan vida a un fondo central de solidaridad capaz de soste­ner un programa de asistencia univer­sal. La cuarta Obra -Unión Misional del Clero- tiene como fin inmediato la sensibilización y la formación misionera de los sacerdotes, de los religiosos y de las religiosas, de los institutos secu­lares, de los seminarios y de los novi­ciados, que deben, a su vez, cuidar la formación de los fieles, y además pro­cura promover las otras Obras misiona­les pontificias.

Carácter pontificio y episcopal de las Obras misionales pontificias
Las Obras misionales se convierten en «pontificias» sólo mucho más tarde, después de haber echado sólidas raíces y de haber adquirido un carácter inter­nacional. En la práctica, las primeras tres Obras -Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol y Santa Infancia- llegan a serlo en el año 1922, con el motu pro­prio de Pío XI Romanorum Pontificum, mientras que la cuarta, la Unión Misio­nal del Clero, llegó a serlo con un decreto de Pío XII en el año 1956. Este tí­tulo, garantía de eclesialidad plena, fa­vorece una mejor universalidad y lleva a unas estructuras orgánicas más cohe­rentes.

Comentando este hecho, Pablo VI afirmó que las Obras misionales pontifi­cias «aun siendo las Obras del Papa, lo son también del Episcopado entero y de todo el pueblo de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de las misiones de 1968, texto tomado de Cooperatio mis­sionalis, 4). Con esa afirmación quería recordar que las Obras Pontificias conti­núan siendo siempre Obras episcopa­les, ancladas sólidamente en el pueblo de Dios y unidas a él de diferentes mo­dos. Una explicación satisfactoria de es­te hecho remite a una Iglesia guiada por el Colegio episcopal, cuya cabeza es el Romano Pontífice; el orden de los obispos «junto con su cabeza, el Roma­no Pontífice, y nunca sin esta cabeza» (Lumen gentium, 22), sucede al Colegio apostólico y continúa su misión. Por eso, las. Obras misionales pontificias son «instrumentos privilegiados del Co­legio episcopal unido al Sucesor de Pe­dro y con él responsable del pueblo de Dios, que es todo misionero» (carta de Pablo VI al cardenal Alexandre Renard, arzobispo de Lyon, con ocasión del Congreso misionero internacional, 22 de octubre de 1972); en una palabra; estas asociaciones se ponen a disposi­ción del Colegio episcopal para apoyar sus directrices e iniciativas.

De manera especial están a disposi­ción del Romano Pontífice, cabeza del Colegio episcopal y principio y signo de la unidad y de la universalidad de la Iglesia. En virtud de su ministerio de Pastor supremo de todas las Iglesias, él conoce y siente más que nadie las ur­gencias y las necesidades de todas y de cada una; a él le corresponde recor­dar a los demás pastores su responsa­bilidad misionera universal e invitarlos a participar en un esfuerzo común entre sí y juntamente con él, para la evange­lización del mundo. Las Obras pontifi­cias, confiadas por el Santo Padre a la Congregación para la evangelización de los pueblos (cf. Pastor bonus, art. 85), hacen suyas las indicaciones pontificias y, en diferentes niveles de responsabili­dad, desarrollan una programación y una colaboración con vistas al ministe­rio de la evangelización universal.

La calidad de «pontificias» no anula las otras características de las Obras misioneras. En una Iglesia de comu­nión, el reconocimiento de un carácter particular no excluye el mantenimiento de otras relaciones; por eso, las Obras pontificias son y continúan siendo Obras episcopales, enraizadas en fa vi­da de las Iglesias particulares (cf. Redemptoris missio, 84). Dado que todo el Colegio episcopal es responsable de la evangelización del mundo (cf. ib., 63), el carácter episcopal de estas Obras muestra una razón diferente y original de su orientación a la evangelización universal. Estas Obras constituyen, pues, para cada diócesis el instrumento especifico, privilegiado y principal para la educación en el espíritu misionero universal, para la comunión y la colabo­ración entre las Iglesias y para el servi­cio al anuncio del Evangelio. Estas Obras, promovidas por los obispos a ni­vel diocesano y nacional, dependen le­gítimamente de ellos, aun teniendo en cuenta su carácter pontificio. La corres­ponsabilidad de los obispos en el go­bierno de las Obras misionales pontifi­cias asume formas diferentes a través de la participación en su dirección, a nivel nacional y diocesano, respetando plenamente sus Estatutos. Por eso, «en el ejercicio de sus actividades, estas Obras dependen, a nivel local de las Conferencias episcopales y de los obis­pos en cada Iglesia particular» (ib., 84).

El reconocimiento de su carácter «episcopal» y «pontificio», que histórica­mente se añadió a Obras nacidas del celo de laicas y de sacerdotes apasio­nados por la misión, no ha cancelado su autonomía sino que, más bien, ha ampliado, potenciado y garantizado su ejercicio. La autonomía de estas Obras, surgidas para cooperar en la misión universal de la Iglesia, consiste en mantener su identidad y sus finalida­des; el reconocimiento del carácter «episcopal» y «pontificio» no se añade desde fuera, sino que brota de su reali­dad, valora su significado eclesial y po­tencia su capacidad de ejercicio.

En el período posconciliar, las Igle­sias han adquirido una conciencia cada vez mayor del significado evangélico de la promoción de la justicia y de la libe­ración integral: «La acción en favor de la justicia y la participación en la trans­formación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión consti­tutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la libe­ración de toda situación opresiva» (Sí­nodo de los obispos, La justicia en el mundo, 30 de noviembre de 1971; Intro­ducción: L 'Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 6). Como consecuencia, han multiplicado sus iniciativas en estos campos, como cooperación entre Igle­sias y como ayuda al desarrollo huma­no y socioeconómico de los pueblos. Algunas diócesis han establecido rela­ciones de intercambio de personal y medios con otras diócesis, y algunas Conferencias episcopales han dado vida a nuevas organizaciones que se han dedicado a promover integral y solida­riamente el camino de las personas y de los pueblos.

Mientras otros organismos han pues­to el acento en la ayuda que conviene prestar en el campo socioeconómico y las Obras misionales pontificias han te­nido siempre como objetivo principal el apoyo a la evangelización propiamente dicha, aunque sin excluir la ayuda en el campo caritativo, social, escolar o mé­dico. Las Obras consideran que «el me­jor servicio al hermano es la evangeli­zación, que lo prepara a realizarse co­mo hijo de Dios, lo libera de las injusti­cias y lo promueve integralmente» (Re­demptoris missio, 58). Ese servicio se debe prestar por medio de un testimo­nio vivo de Cristo y de una praxis abierta al Reino. Por eso, las Obras mi­sionales pontificias buscan una colabo­ración armoniosa con las diferentes or­ganizaciones de asistencia, así como con las otras iniciativas de ayuda que provienen de organismos o asociacio­nes caritativas católicas. Hay que aña­dir también que las Obras misionales pontificias apoyan de manera prioritaria a las Iglesias más pobres, para ayudar­las a afrontar sus necesidades pastora­les y misioneras. Se trata de una ayuda que hay que prestar en el respeto debi­do a las Iglesias jóvenes, sosteniéndo­las en sus esfuerzos por llegar progre­sivamente a la autosuficiencia, y por ser, a su vez, solidarias con las necesi­dades de los otros (cf. ib., 85).

Sin embargo, entre todas las obras de asistencia entre las Iglesias, las Obras misionales pontificias deben ocu­par el primer lugar, tanto porque se di­rigen a todos los bautizados, a todas las comunidades cristianas, a todas las Iglesias de misión como expresión de la comunión universal, como porque tie­nen como objetivo cooperar al anuncio del mensaje evangélico, que es el de­ber prioritario de la Iglesia. Por eso, ca­da obispo debe vigilar para que las ini­ciativas particulares, dada su multiplici­dad e importancia, no sólo no perjudi­quen el esfuerzo común para sostener la evangelización de todos los pueblos, sino que además intensifiquen la sensi­bilidad misionera y la cooperación en­tre las Iglesias.


Instrumentos y medios de cooperación misionera
La cooperación misionera que las Obras misionales pontificias persiguen, enraizada en la vida cristiana y ecle­sial, no se refiere a algunos momentos, sino a toda la vida del cristiano: se tra­ta de vivir católicamente. Las oracio­nes, las reuniones y los donativos son expresiones de la apertura universal de una vida que sabe situar el compromiso por la salvación personal en el ámbito más amplio del servicio al Reino. Del mismo modo, esa cooperación no atañe solamente a algunos grupos particular­mente sensibles, sino a toda la comunidad cristiana. El grupo es el instrumen­to pedagógico -útil y necesario- para alcanzar a toda la comunidad, llamar su atención y sostenerla en su camino de vida apostólica y de comunión univer­sal. La cooperación misionera de las Obras misionales pontificias, vinculada al Reino, no se limita a los intereses de las Iglesias, sino que profesa evangéli­camente que la causa de Cristo y de su Reino es la misma causa del hombre: «Cuanto hicisteis a uno de estos herma­nos míos más pequeños, a mí me lo hi­cisteis» (Mt 25, 40.45).

La cooperación misionera, escuela de fe y momento significativo de la forma­ción del discípulo y de la comunidad cristiana, encuentra en las Obras misio­nales pontificias un fuerte momento or­ganizativo capaz de apoyar estas diná­micas con itinerarios formativos de co­nocimiento, oración y solidaridad, acompañando los caminos vocacionales e invitando a compartir los propios ca­rismas de Iglesia o de cristianos. Las Obras misionales pontificias tienen la convicción de que la comunión en la fe y en los bienes espirituales debe llevar a los fieles a compartir con generosi­dad sus bienes temporales, de modo que quien se encuentra en la abundan­cia no se reduzca a la pobreza y quien se encuentra en la indigencia tenga cuanto es necesario. En esta solidaridad fraterna, donde tanto quien da co­mo quien recibe se siente corresponsa­ble de la misionariedad de la Iglesia, se hace realidad la «solicitud por todas las Iglesias» de la que habla el apóstol san Pablo (cf. 2 Co 11, 28).

Entre las formas de cooperación mi­sionera «el primer lugar corresponde a la cooperación espiritual: oración, sacri­ficios, testimonios de vida cristiana» (Redemptoris missio, 78); se expresa también «en el promover las vocacio­nes misioneras (...) signo seguro de la vitalidad de una Iglesia» (ib., 79). Ade­más, la cooperación misionera es soli­citud por las necesidades materiales de las Iglesias. A este propósito, es impor­tante que se constituya un Fondo uni­versal de solidaridad para ayudar a las Iglesias más pobres (cf. Ad gentes, 38; Christus Dominus, 6, como recuerda el Código de derecho canónico, c. 1274, § 3), respetando y estimulando así sus caminos. La Jornada mundial de las mi­siones se inserta en este contexto como «una cita importante en la vida de la Iglesia, porque enseña cómo se ha de dar» (Redemptoris missio, 81). A estas iniciativas, comunes a las Iglesias, hay que añadir otras loables formas de coo­peración y de ayuda económica que el Espíritu sugiere y que las nuevas situa­ciones de misionariedad ponen de manifiesto (cf. ib., 82)

Con todo una profunda e intensa formación misionera, indispensable para sensibilizar a los fieles con respecto a las necesidades misioneras, sigue siendo el fundamento necesario de la cooperación misionera: «Todos los fieles (...) tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud. Por lo tanto todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en si mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización» (Ad gentes, 36) Con esta finalidad, hay que presentar la condición actual de la Iglesia en el mundo sirviéndose también de los modernos medios de comunicación social, abriendo así el corazón a las necesidades tan inmensas y pro­fundas de los hombres, para ayudarles.

NOTAS

1 La importancia del diálogo para la misión ya no es objeto de ninguna du­da; Juan Pablo II lo reconocerá como «modo característico de la vida de la Iglesia en Asia» (Ecclesia in Asia, 3).

2 «Los africanos tienen un profundo sentido religioso, sentido de lo sacro, sentido de la existencia de Dios creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado en sus formas individuales y sociales está bastante presente en la conciencia de aquellos pueblos, y se siente también la necesidad de ritos de purificación y expiación. En la cultura y tradición africanas, el papel de la fami­lia está considerado generalmente co­mo fundamental. El africano, abierto a este sentido de la familia, del amor y del respeto a la vida, ama a los hijos, que son acogidos con alegría como un don de Dios. (...) Los africanos mani­fiestan respeto por la vida hasta su tér­mino natural y reservan dentro de la fa­milia un puesto a los ancianos y a los parientes. Las culturas africanas tie­nen un agudo sentido de la solidaridad y de la vida comunitaria» (Ecclesia in Africa, 42-43).

3 «Los pueblos de Asia se sienten or­gullosos de sus valores religiosos y cul­turales típicos, como por ejemplo, el amor, el silencio y a la contemplación, la sencillez, la armonía, el desapego, la no violencia, el espíritu de duro trabajo, de disciplina y de vida frugal, y la sed de conocimiento e investigación filosófi­ca. Aprecian mucho los valores del res­peto a la vida, la compasión por todo ser vivo, la cercanía a la naturaleza, el respeto filial a los padres, a los ancia­nos y a los antepasados, y tienen un sentido de comunidad muy desarrolla­do. De modo muy particular, consideran la familia como una fuente vital de fuer­za, como una comunidad muy integra­da, que posee un fuerte sentido de la solidaridad. Los pueblos de Asia son conocidos por su espíritu de tolerancia religiosa y coexistencia pacífica. Sin ne­gar la presencia de fuertes tensiones y violentos conflictos, se puede decir que Asia ha mostrado a menudo una nota­ble capacidad de adaptación y una apertura natural al enriquecimiento re­cíproco de los pueblos, en la pluralidad de religiones y culturas. Además, a pe­sar del influjo de la modernización y la secularización, las religiones de Asia dan signos de gran vitalidad y capaci­dad de renovación, como se puede ver en los movimientos de reforma en el seno de los diversos grupos religiosos. Muchos, especialmente entre los jóve­nes, sienten una profunda sed de valo­res espirituales, como lo demuestra el nacimiento de nuevos movimientos reli­giosos. Todo esto indica una intuición espiritual innata y una sabiduría moral típica del alma asiática, que constituye el núcleo en torno al cual se edifica una creciente conciencia de «ser habitante de Asia». Esa conciencia se puede des­cubrir y afirmar en la complementarie­dad y en la armonía más bien que en la contraposición o en la oposición. En ese marco de complementariedad y ar­monía, la Iglesia puede comunicar el Evangelio de un modo que sea fiel tan­to a su propia tradición como al alma asiática» (Ecclesia in Asia, 6).

4 El número 16 de Ecclesia in America está enteramente dedicado a la pie­dad popular: esta «característica par­ticular de América es (...) lugar de en­cuentro con Cristo para cuantos con es­píritu de pobreza y humildad de cora­zón buscan a Dios».

5 «El futuro de las jóvenes naciones se está formando en las ciudades» (Re­demptoris missio, 37).

6 «Como en el primer milenio la cruz fue plantada en Europa y en el segundo milenio en América y África, así en el tercer milenio se pueda recoger una gran cosecha de fe en este continente tan vasto y con tanta vitalidad» (Eccle­sia in Asia, 1).

7 (Ad gentes, 29) Llamada a ser «un instrumento de administración y órgano de dirección dinámica que emplee me­dios científicos e instrumentos acomo­dados a las condiciones de este tiem­po», la Congregación tendrá en cuenta la investigación científica y la pastoral misionera. Para alcanzar estos objeti­vos«tengan parte activa y voto delibe­rativo en la dirección de este dicasterio representantes elegidos de entre todos los que colaboran en la Obra misional: obispos de todo el orbe, según el pare­cer de las Conferencias episcopales, y superiores de los institutos y directores de las Obras pontificias, según normas y criterios que tenga a bien establecer el Romano Pontífice

Fuente: L’Osservatore Romano, 7 enero 2005, p. 8-11

NOTAS

1 La importancia del diálogo para la misión ya no es objeto de ninguna du­da; Juan Pablo II lo reconocerá como «modo característico de la vida de la Iglesia en Asia» (Ecclesia in Asia, 3).

2 «Los africanos tienen un profundo sentido religioso, sentido de lo sacro, sentido de la existencia de Dios creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado en sus formas individuales y sociales está bastante presente en la conciencia de aquellos pueblos, y se siente también la necesidad de ritos de purificación y expiación. En la cultura y tradición africanas, el papel de la fami­lia está considerado generalmente co­mo fundamental. El africano, abierto a este sentido de la familia, del amor y del respeto a la vida, ama a los hijos, que son acogidos con alegría como un don de Dios. (...) Los africanos mani­fiestan respeto por la vida hasta su tér­mino natural y reservan dentro de la fa­milia un puesto a los ancianos y a los parientes. Las culturas africanas tie­nen un agudo sentido de la solidaridad y de la vida comunitaria» (Ecclesia in Africa, 42-43).

3 «Los pueblos de Asia se sienten or­gullosos de sus valores religiosos y cul­turales típicos, como por ejemplo, el amor, el silencio y a la contemplación, la sencillez, la armonía, el desapego, la no violencia, el espíritu de duro trabajo, de disciplina y de vida frugal, y la sed de conocimiento e investigación filosófi­ca. Aprecian mucho los valores del res­peto a la vida, la compasión por todo ser vivo, la cercanía a la naturaleza, el respeto filial a los padres, a los ancia­nos y a los antepasados, y tienen un sentido de comunidad muy desarrolla­do. De modo muy particular, consideran la familia como una fuente vital de fuer­za, como una comunidad muy integra­da, que posee un fuerte sentido de la solidaridad. Los pueblos de Asia son conocidos por su espíritu de tolerancia religiosa y coexistencia pacífica. Sin ne­gar la presencia de fuertes tensiones y violentos conflictos, se puede decir que Asia ha mostrado a menudo una nota­ble capacidad de adaptación y una apertura natural al enriquecimiento re­cíproco de los pueblos, en la pluralidad de religiones y culturas. Además, a pe­sar del influjo de la modernización y la secularización, las religiones de Asia dan signos de gran vitalidad y capaci­dad de renovación, como se puede ver en los movimientos de reforma en el seno de los diversos grupos religiosos. Muchos, especialmente entre los jóve­nes, sienten una profunda sed de valo­res espirituales, como lo demuestra el nacimiento de nuevos movimientos reli­giosos. Todo esto indica una intuición espiritual innata y una sabiduría moral típica del alma asiática, que constituye el núcleo en torno al cual se edifica una creciente conciencia de «ser habitante de Asia». Esa conciencia se puede des­cubrir y afirmar en la complementarie­dad y en la armonía más bien que en la contraposición o en la oposición. En ese marco de complementariedad y ar­monía, la Iglesia puede comunicar el Evangelio de un modo que sea fiel tan­to a su propia tradición como al alma asiática» (Ecclesia in Asia, 6).

4 El número 16 de Ecclesia in America está enteramente dedicado a la pie­dad popular: esta «característica par­ticular de América es (...) lugar de en­cuentro con Cristo para cuantos con es­píritu de pobreza y humildad de cora­zón buscan a Dios».

5 «El futuro de las jóvenes naciones se está formando en las ciudades» (Re­demptoris missio, 37).

6 «Como en el primer milenio la cruz fue plantada en Europa y en el segundo milenio en América y África, así en el tercer milenio se pueda recoger una gran cosecha de fe en este continente tan vasto y con tanta vitalidad» (Eccle­sia in Asia, 1).

7 (Ad gentes, 29) Llamada a ser «un instrumento de administración y órgano de dirección dinámica que emplee me­dios científicos e instrumentos acomo­dados a las condiciones de este tiem­po», la Congregación tendrá en cuenta la investigación científica y la pastoral misionera. Para alcanzar estos objeti­vos«tengan parte activa y voto delibe­rativo en la dirección de este dicasterio representantes elegidos de entre todos los que colaboran en la Obra misional: obispos de todo el orbe, según el pare­cer de las Conferencias episcopales, y superiores de los institutos y directores de las Obras pontificias, según normas y criterios que tenga a bien establecer el Romano Pontífice.

 
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