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El discipulado

Hemos de recordar que el Camino hacia el CAM3 también se enmarca junto a la celebración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, que tendrá como tema central del discipulado. Precisamente por eso he querido compartir con ustedes algunas ideas sobre este tema.

Cuando hablamos de Discipulado, es obvio que el tema es amplio. De mi parte quisiera decirles algunas pinceladas que dibujen el rostro del discípulo de Cristo.

Necesariamente hay que enmarcar este tema dentro de la Teología de la Trinidad, como ya conocen los que compartieron con nosotros el curso de misionología en octubre pasado.

El misterio de la Trinidad, que nos distingue de cualquier otra religión, nos hace conocer que Dios no es soledad, sino que es un Dios en Tres Personas. Esta revelación de un Dios que es Amor las conocemos precisamente por lo que llamamos las Misiones de la Trinidad. Recapitulando:

Los movimientos, las relaciones, la comunicación al interno de Dios Trino, es lo que llamamos las Procesiones de la Trinidad. Las procesiones son internas y se realizan fuera del tiempo y el espacio, en la eternidad.

Las misiones son un asunto temporal, y son las que nos permiten conocer como es Dios. Por la forma en que Dios actúa sabemos como es Dios. Del Actual, llegamos al Ser. Y ya que Dios actuó siendo misionero (las misiones), sé que Dios es amor y es Trinidad. Por medio de este amor demostrado en el tiempo y el espacio, me asomo al misterio insondable de Su eternidad.

Y a cada una de las personas de la Trinidad le atribuimos asuntos esenciales para comprender su actuación en nuestra existencia:

Dios Padre que nos sostiene en el ser
Dios Hijo que nos invita a seguirle
Y el Espíritu Santo, ya que es Amor, nos atrae e impulsa.

De esta manera es que conocemos que cada persona de la Trinidad actúa en el tiempo (misiones) gracias a lo que viven dentro de ella (procesiones).

Hoy queremos quedarnos en el seguimiento, ligado a la persona del Hijo. Aquí empezamos a desgranar el tema del discipulado.

La palabra discípulo -en griego (Matheiteis)- significa aquel que se vincula con una persona no tanto a nivel teórico, o por lo que el maestro le transmite a nivel de ideas, sino afectiva y vitalmente, a tal punto que asume su estilo de vida.

Un ejemplo: durante mucho tiempo he tenido que leer sobre Marx, incluso dar clases sobre él, pero no por eso me considero discípulo suyo. He podido conocer mucho de sus ideas, de sus planteamientos, pero eso no me ha hecho discípulo, eso no me ha hecho marxista.

Pablo utiliza una palabra fuertísima para expresar esto mismo: Revestirse.

Para nosotros esta figura resulta un poco irrelevante. Pero en algunos pueblos nativos –como en Guatemala o en América del Sur- sabemos que el vestido designa la tribu: el vestido nos identifica, dice quién soy, dice a donde pertenezco. Esta es la idea de Pablo.

Lo mismo sucedía en aquellas sociedades, que sin Radio, ni Televisión, ni Cine, poseían el Teatro. Y cuando un actor se Revestía con los atuendos del personaje que representaba, se convertía en ese personaje. Tomaba todo de él: sus actitudes, sentimientos, modales, etc.

Pablo también habla del buen olor de Cristo. Tenemos entonces que el discipulado implica Revestirse de Cristo, oler a Cristo. Por eso mismo aún se oye –aunque cada vez menos- aquello de “morir con olor de santidad”.

Permítanme compartir ocho puntos concretos sobre lo que significa el discipulado:

1. El primer punto es difícil, pero es una realidad innegable de la que debemos partir: Nadie nace discípulo de Jesús. Porque para se discípulo es necesaria la conversión (Metanoia, en griego), el cambio de mentalidad.

Es doloroso decirlo, pero no es normal ser bueno, no es normal pensar como piensa Jesús, actuar como piensa Jesús. Lo normal, lo espontáneo es otra cosa...

Ser discípulo, entonces, exige un renacer (Jn. 3, 16). Y si nacer y hacer nacer cuesta (esto pueden confirmarlo las damas que son madres), el renacer también.

Es difícil porque uno llega a acostumbrarse a todo, incluso –y sobre todo- llegamos a acostumbrarnos a nosotros mismos, a nuestros defectos, a nuestro pecado. Y buscamos cualquier cosa que nos justifique tal y como somos, que no nos incomode, que no cambie nuestro panorama.

Estamos acostumbrados a buscar soluciones fáciles... la eutanasia, el divorcio, el aborto, el matrimonio gay... Todas estas opciones intentan solucionar nuestras insatisfacciones, pero solamente las disfrazan y las aumentan. Por eso la conversión es difícil.

Porque lo único que realmente colma y da sentido a nuestra existencia, y soluciona nuestras insatisfacciones, es darnos cuenta que no estamos aquí para este mundo, sino para la eternidad, para buscar la eternidad.

2. Con esta búsqueda de la eternidad a través de la conversión (metanoia), vamos adquiriendo una mentalidad radicalmente nueva de todas las cosas. Tan radical, que su fundador, Jesucristo, fue considerado un loco.

Por eso el cristiano, si lo es, será siempre un exiliado... un signo de contradicción.

Paso entonces de mi mundo, al mundo de Dios; de mi horizonte, al horizonte de Dios… ese es el cambio de mentalidad que origina el discipulado. De luchar por los primeros lugares, a luchar por los últimos… “El que quiera ser el primero… que sea el ultimo”.

De modo que lo que te haga dichoso, sea la pobreza, el ser perseguido. De modo que te convenzas de que la mejor venganza es el perdón... (cf. Mt. 10, 18 ss)

3. Esta visión radicalmente nueva se obtiene a partir del encuentro con Cristo. (Jn 8, 12). Es asunto de encontrarte con Él, de entrar en su mundo, de saberse iluminado por Su luz y así aprender a razonar de otro modo.

Ser discípulo es, entonces, adquirir un modo de razonar que difiere “del mundo”, que no busca la gloria humana, que asume la realidad divina aun a pesar de la cruz:

- Recordemos el pasaje en que Jesús anuncia: “iré a Jerusalem para ser crucificado”. Pedro le dice que no vaya... Y el Señor le increpa con una palabra fuertísima: Quítate de mi Satanás... (lo llama Satanás...).

- Ser discípulo es sentirse contento por ser juzgado en virtud del seguimiento de Cristo. Es entregarse completamente a esta locura del amor. Porque cuando se ama, se hacen locuras, si no, nunca amaste...

- Esta luz que ofrece Cristo a sus discípulos, no es una luz natural. “Naturalmente” no escoges el celibato, el martirio, etc. Es una luz SOBRENATURAL, y solo la podemos entender y asumir desde ahí, desde la perspectiva de lo sobrenatural.

- Y es una realidad eterna. Esta conversión, esta relación de amor, si es verdadera, es para siempre. Si lo dejas, es que nunca te encontraste con Él.

4. Este encuentro permite lograr un Misterioso parentesco con Cristo mismo y con los hermanos, a tal punto que Cristo se vuelve madre, hermana, hermano, etc., como aparece en Lc. 8, 19 ss.

“Su madre y sus parientes querían verlo, pero no podían acercársele por el gentío que había. Alguien dio a Jesús este recado: “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte.” Pero Jesús respondió: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra”. (Lc. 8, 19)

“A todos los que lo recibieron les concedió ser hijos de Dios: estos son los que creen en su Nombre” (Jn. 1, 12).

Este parentesco es mayor a cualquier otro, porque Dios une más que la sangre (Jn 1, 12). Y la persona que es totalmente de Dios, es también totalmente mi hermano, mi hermana, mi madre. Esto lo ha expresado de una manera maravillosa –incluso a algunos les puede parecer atrevida- san Juan de la Cruz en su oración / poema del alma enamorada:

“Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.”

E insisto de nuevo en que todo esto: la conversión el encuentro con Cristo, este parentesco, no es natural... es absolutamente sobrenatural.

5. Ser discípulo implica –consecuencia inevitable- perseverar. Y se trata de perseverar con Él en sus tribulaciones (cf. Lc. 22, 28 )

“Ustedes han permanecido conmigo compartiendo mis pruebas” (Lc. 22, 28)

El discípulo debe estar preparado para la prueba, para enfrentar al enemigo. Pero no estoy pensando tanto en enemigos afuera, sino me refiero al enemigo que yo soy para mi mismo.

Y el peligro es que uno se acostumbra a todo, hasta a uno mismo… me acostumbro a mi mismo, a esta persona que no ha terminado de ser discípulo de Cristo, a este yo egoísta, que busca el primer puesto, que quiere estar siempre al frente. Este es el enemigo contra el que lucha el discípulo.

6. El discípulo es enviado como cordero entre lobos. El cristiano es contraste, es profecía, es choque (claro, debido a la conversión). El discípulo es capaz de decir no, de optar en contra del pecado.

Es capaz de comprender, asumir y amar esta opción del bien que se enfrenta al mal sin medir el tamaño o la potencia para enfrentarlo. El discípulo opta por el bien a pesar de la inmensidad aparente o real del mal.

7. Es discípulo asume cada día mas la lógica “de las pequeñas cifras”. Es decir, la lógica de Jesús.

La lógica de la semilla de mostaza… que es la más pequeña de todas.
La lógica del grano de trigo echado por el sembrador…
La lógica de la pequeña grey, como ha llamado a sus discípulos.
La lógica de la levadura… que no se ve pero que fermenta toda la masa.
La lógica de la sal… una pizca que cambia el sabor a toda la comida.
Esta lógica que hace que el pastor abandone noventa y nueve ovejas para seguir una que se la ha perdido…

Es la misma lógica retratada en una anécdota del famoso Bernanoise (autor de “Diario de un cura rural”). En algún momento, siendo ya famoso, firmaba autógrafos ante una multitud. Y había una niña que pedía su atención, pero el autor la ignoró. Meditando luego sobre el evento, pide al día siguiente que le busquen a esa niña. Finalmente la encontraron y se la llevaron. Consciente de esta lógica de las pequeñas cifras, de las pequeñas cosas, Bernanoise le dice: “Todo el mundo te dice “hazte grande”, yo te digo “quédate pequeña”. Porque el mundo es de los poetas y de los pequeños”.

8. Finalmente, y quizá lo más duro: Los discípulos son los que están dispuestos a dar la vida por el maestro. (Cf. Jn 15, 13)

“No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13)

El pasaje final del Evangelio de Juan, cuando el Señor pregunta a Pedro: “¿Me amas más que estos?”, nos ilustra bien hasta dónde ha de llevarnos el discipulado.

Porque como Pedro, si amamos al Señor verdaderamente, si le seguimos como Él mismo nos propone (Jn. 21,20), también tenemos que saber que “vendrá el momento en que abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará donde no quieras”. (Jn 21, 19). La propuesta es clara: sígueme si me amas, y prepárate a dar la vida...

Ser discípulo implica llegar pedir la gracia de entregar la vida por el maestro.

 
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