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A que nos une la Iglesia PDF Imprimir

La Liturgia como puente: criterio fundamental de su composición.

Al haber tratado el tema del simbolismo litúrgico, nuestro anterior artículo daba paso al tema sobre el discernimiento de los elementos que se integran en la Liturgia. Tema que sólo puede ser tratado satisfactoriamente desde una seria consideración sobre la naturaleza y función de la Liturgia. Por eso, antes de responder el cuestionamiento planteado, se hace necesario terminar de abastecernos –al menos de manera elemental– de las herramientas indispensables para nuestra tarea.

En la primera parte de esta reflexión nos dedicaremos, entonces, a la función “de puente” que es característica de la Liturgia. Para lo cual, retomaremos el ejemplo del Bautismo, considerado en su forma ideal de realización; es decir, por inmersión. Celebración en la cual el catecúmeno es sumergido tres veces en la fuente bautismal, al igual que tres días estuvo Cristo en el sepulcro.

Esa triple “sepultura” en el agua, hace que el bautizado se muestre semejante a Jesucristo. No simplemente por una comparación imaginaria; sino, en una semejanza tan real, que se puede experimentar hasta físicamente. Pues, así como Jesús fue absorbido y envuelto por la oscuridad del sepulcro, el que recibe el Bautismo es absorbido y envuelto por la oscuridad de una agua capaz de asfixiar hasta la muerte. Sin embargo, al ser extraído tres veces de ella, el bautizando descubre esa agua como el camino por el que se alcanza la vida; tanto como el sepulcro fue el sendero a través del cual el Señor surgió a la Vida Nueva.

El rito bautismal está hecho para grabar la memoria física. La experiencia sensitiva de quienes lo viven y presencian se inscribe en las personas con mucho más fuerza que la más elocuente de las catequesis. Y, aunque su sentido profundo aun no haya sido percibido y asumido, se da el primer paso de una progresiva asociación, entre la persona de Jesucristo y la del bautizado.

Éste último tendrá toda su vida para apropiarse el significado de ese gesto. Entenderá que la semejanza con Cristo no se reduce a una representación ritual. Se descubrirá amado por el Padre y, consecuentemente, capacitado a cumplir su voluntad; dejándose guiar por la dinámica bautismal, en la que la muerte y la renuncia aparecen como camino auténtico para llegar a la vida verdadera.

El agua bautismal es canal a través del cual actúa el Espíritu Santo, porque nos permite apropiarnos de una gracia que Dios ha querido otorgarnos, sirviéndose de ella misma como vehículo. Esa agua es como una especie de puente que nos permite ingresar paulatinamente en un mundo nuevo: el mundo de los que somos imagen viva del Resucitado. Y, aunque esa vida divina sólo irá alcanzando su plenitud en nosotros de forma progresiva, el Bautismo ya nos la da de manera real. Tenemos en nuestras manos una parte real del vaso que se ha quebrado (para volver al ejemplo que empleamos en el artículo anterior). Y esa parte del vaso nos orienta hacia su totalidad; nos empuja a la búsqueda de lo que aun no se tiene plenamente, pero se sabe que existe, porque se posee parcialmente.

La liturgia funciona, entonces, como puente. Su tarea es introducirnos en un mundo nuevo para cuya vivencia debe, al mismo tiempo, capacitarnos. Su misión es integral; no sólo nos da el don de Dios, sino que además nos capacita para recibir ese don.

Para entenderlo mejor, pensemos en otro ejemplo. Imaginemos que debemos cruzar un río enorme; y que, al atravesarlo, llegaremos a un lugar diferente y nuevo. Llegaremos a un sitio donde el idioma y las costumbres son completamente distintos a lo que conocemos.

La forma de pasar ese río es por medio de un puente; en el cual, además, se nos empezará a enseñar “algo” de ese mundo nuevo que vamos a conocer. A medida que vayamos atravesando ese puente, dejaremos de oír a la gente hablar en nuestra lengua y nos iremos habituando a un paisaje y unas costumbres que antes nos eran extrañas. Todo con el objetivo de que, al llegar a la otra orilla, no estemos completamente desubicados. Por eso, lo esencial no es prestar atención a lo que ya se conoce y resulta familiar; sino, ser introducido o iniciado en lo nuevo, en lo desconocido, en lo que resulta extraño.

Eso es la Liturgia: un puente que nos permite apropiarnos progresivamente de un mundo nuevo. Por eso, los elementos que la integran no están determinados tanto por esta realidad en la que estamos, sino por aquella de la que se nos quiere hacer partícipes a través de la celebración. El interés fundamental de la Liturgia no es que estemos “a gusto” con lo que ya conocemos, sino que empecemos a conocer –o profundizar– algo que no nos es propio, algo que es “nuevo” y que estamos llamados a hacer nuestro. La Liturgia busca que nos familiaricemos con lo que ahora, en una medida u otra, nos resulta extraño, incluso incómodo. Y este es el criterio fundamental para la elección de los elementos que forman parte de ella.

No debe extrañarnos, entonces, que el simbolismo litúrgico, de una forma u otra, resulte nuevo para la gente que participa en las celebraciones. Si no fuera así, no cumpliría completamente con su función; pues, la Liturgia debe ponernos en comunión con el “mundo de la fe”, debe introducirnos en una cultura que no es semejante a ninguna de las que conocemos. Es una nueva manera de ver el mundo que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura y en los modos de expresividad propios del mundo eclesial.

No debe pensarse, sin embargo, que se trate de una realidad en pugna con la cultura moderna. La Liturgia entra en diálogo con ella; pero, no para quedarse en ella, sino para promoverla, transformándola con la luz del Evangelio.

Es exactamente la misma dinámica del Misterio de la Redención, en sus dos puntos medulares: Encarnación y Resurrección. Cristo se hizo hombre, es cierto. Pero lo hizo para que nosotros participáramos de su vida divina. La Encarnación desvinculada de la Resurrección pierde todo su sentido, como lo perdería una Liturgia que se concentre en lo que poseemos y se olvide de aquello hacia lo que caminamos y esperamos apropiarnos poco a poco.

Pbro. Lic. Manuel Rojas Picado
Secretario Ejecutivo
Comisión Nacional de Liturgia

La Misa de Cada Día. Volumen 3, año XXVIII: Cuaresma, 2005, 4-5.

 
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