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HONRAS FÚNEBRES DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CATEDRAL METROPOLITANA 7 DE ABRIL DEL 2005.

Homilía de Monseñor Ángel San Casimiro Fernández O.A.R.
Obispo de la Diócesis de Ciudad Quesada

Queridos Hermanos:
Hoy nos hemos reunido en torno al altar de Jesucristo para celebrar este santo sacrificio en recuerdo de nuestro querido Papa, Juan Pablo II, recientemente fallecido. Fue él, sin duda alguna, una de las figuras más señeras e importantes de nuestra época. Un personaje carismático y lleno de la presencia de Dios, que se distinguió por su profundo amor a Jesucristo, a la santísima Virgen María, a la Iglesia y a los hombres de buena voluntad.

En un momento crítico para la Iglesia, en el que era preciso continuar la aplicación de los lineamientos del Concilio Vaticano II, para proseguir la puesta al día de la Iglesia, el aggiornamento, que tan acertadamente había comenzado a hacer el Papa Pablo VI., Juan Pablo II supo retomar el reto y supo cumplir y llevar a término muchas de las encomiendas que habían quedado pendientes. La promulgación del Nuevo Código de Derecho Canónico en 1983 y el texto rico y sólido del Catecismo de la Iglesia Católica, son sólo dos muestras de la labor seria y profunda que Juan Pablo II supo llevar a termino dentro de su propio pontificado.

El momento en el que fue elegido Juan Pablo II, el mundo se encontraba dividido en dos bloques opuestos y de signo contrario, y cuyos poderíos se alzaban como una amenaza latente para todos los habitantes del orbe.

La labor social y el fuerte influjo político de Juan Pablo II tuvo mucho que ver, como todos sabemos, en la caída del muro de Berlín, con todo lo que esto representa, el principio del fin de los regimenes totalitarios, en los que se vejan las libertades y los derechos más básicos de todo ser humano y en los que los valores propios del Evangelio, como son el respeto, el amor, la solidaridad y la paz, son conculcados, vedando la posibilidad de que el mensaje de vida de Cristo llegue a todos los hombres.

Las diversas encíclicas de tema social que salieron de la pluma de Juan Pablo II impulsaron la reflexión universal en torno a una serie de temas candentes, iluminando las realidades sociales, políticas y humanas con la luz esplendente del Evangelio. De este modo, Juan Pablo II se convirtió en un dignísimo sucesor de otros Papas de feliz memoria, quienes interesados por los asuntos humanos y por la Justicia social, iluminaron las realidades de este mundo con los principio eternos del Evangelio de Jesucristo, para guiar a la Iglesia, la Nave de Cristo, a través de los diversos avatares de este mundo hacia la Ciudad de Dios de la que hablaba san Agustín.

Sus continuos viajes y los millones de kilómetros recorridos lo llevaron a ser una presencia viva del Evangelio donde quiera que iba. Su persona y su palabra se convirtieron en el mejor testimonio del Evangelio de la Vida (Evangelium vitae) en medio de un mundo que vive encerrado en la cultura de muerte y en las tinieblas del pecado y del egoísmo. Su celo de Pastor y de Maestro, lo llevaron a emprender cientos de viajes apostólicos llevado por su celo pastoral y por su deseo de llevar el alegre mensaje de la salvación hasta los últimos rincones de la tierra, cumpliendo con ello la encomienda de Jesucristo, Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio.

Esta fue su consigna pontifical, desde el momento gozoso en el que, como todos recordamos, lo vimos aparecer en aquel lejano octubre de 1978, en la ventana de la basílica de san Pedro, vestido por primera ves con las ropas papales para impartir su bendición apostólica y pronunció aquellas dos frases proféticas y programáticas.

La primera de ellas, Lodato sia Jesucristo (Alabado sea Jesucristo), y la segunda, Aperite portas Dominum, abrid las puertas al Señor.

Toda su vida se convertiría en un mensaje que invitaba a alabar a Dios y a vivir el reto de la vocación cristiana desde las exigencias de la cruz y desde la renovación de la consagración bautismal, viviendo en santidad para poder entrar en profunda comunión con el misterio intratrinitario.

El segundo lema de Juan Pablo II, abrid las puertas al Salvador, fue la consigna que lo llevó a invitar a todos los hombres y mujeres del mundo a no dar la espalda a ese Cristo que pasa, al Cristo, peregrino amante de los hombres que llama a la puerta de cada corazón, como dice el libro del Apocalipsis, ¨Mira que estoy a la puerta y llamo¨, y que está sediento del amor y de la salvación de todo hombre y mujer,

Todos podemos recordar, al hilo de esta segunda frase de Juan Pablo II, ¨Abrid las puertas al Salvador¨, el profundo amor con el que vivió la llegada del Año Jubilar, y cómo se esmeró por invitar a todos los creyentes a que se fueran preparando para su celebración. De este modo dedicó los últimos años del siglo XX a reflexionar sobre las diversas personas de la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para invitar a los creyentes a entrar en comunión con ellas, descubriendo el misterio más profundo de la vida cristiana, que es su inserción espiritual y maravillosa dentro del misterio del Dios trino, y descubrir cómo las tres divinas personas, en su actuación dentro del corazón del hombre lo configuran con Cristo y lo convierten en morada de Dios y en una nueva criatura en el Espíritu.

Este jubileo, el numero 18 dentro de la Historia de la Iglesia, estuvo marcado, ante todo, por la llamada de Juan Pablo II a ir a lo profundo del corazón, para encontrar en él la presencia del Maestro interior del que hablaba San Agustín, y dejarse fascinar por su amor y su divina misericordia, para abrirle sin miedos ni resquicios las puertas.

Juan Pablo II, como hombre profético y en pleno diálogo desde el Evangelio con el mundo en el que vivía, supo percibir, al llegar el Año Jubilar de la Iglesia, el gran peligro que corrían los cristianos en los umbrales del tercer milenio, de dejarse arrastrar por las diversas corrientes de pensamiento y de vida, que son contrarias al Evangelio, como son el consumismo, el hedonismo y el materialismo que llevan al hombre a vivir su vida con superficialidad, idolatrando diversas realidades mundanas y olvidando la dimensión más profunda del ser humano que es su capacidad de relacionarse y de amar a Dios, por ello, la invitación de Juan Pablo II en su carta apostólica Novo Millenio Ineunte fue esa, Duc in altum, ir hacía lo profundo. El hombre y el cristiano encontrará el sentido profundo de su vida interpretando y leyendo su existencia desde Dios y dentro del plan amoroso de Dios. Juan Pablo II era plenamente consciente de los peligros que amenazaban a los cristianos y que los podían llevar a vivir en un olvido de Dios, por ello su grito al principio del nuevo milenio fue ese, Duc in altum, es preciso ir a lo profundo, hacia las realidades espirituales, para poder vivir con sentido e iluminar todas las realidades materiales y humanas desde Dios.

Y junto con esta invitación a la interioridad, a la oración y a la santidad, la invitación a abrazar la cruz de Cristo. Juan Pablo II repitiendo la teología estaurológica de san Pablo invitaba en todos sus documentos a los cristianos a no rechazar la cruz de Cristo, sino a seguir su camino luminoso, pues la cruz es camino de vida y de resurrección cuando se abraza por amor, a imitación de Cristo, como bien apuntó Juan Pablo II en la encíclica Dives in Misericordia.

De todo esto, su misma vida fue el testimonio más fehaciente, y de una manera particular en sus últimos años, en los que mermado por una dolorosa enfermedad supo abrazar su cruz con gozo y con esperanza, dándonos a todos los cristianos, y de una manera particular a los ancianos, a los enfermos y a los que viven situaciones especialmente dolorosas en sus vidas, un testimonio de que la cruz hay que vivirla con Cristo y con amor, y no buscar ningún otro camino, pues sólo el camino de la Cruz es el que conduce hacia la Pascua y hacia la luz, como bien expresó el mismo Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor

Esto es algo singularmente profético en el mundo en el que vivimos, en el que las personas ancianas y enfermas son vistas como estorbos dentro de la sociedad, pues ya no son productivas, e incluso en muchos países del mundo se busca el suprimirlos o incluso quitarles el derecho a la vida, por considerarlos como un estorbo o como seres inútiles a la sociedad. Ante todas estas situaciones Juan Pablo II, no sólo respondió con sus encíclicas, de una manera especial con la Evangelium vitae, sino que también nos ha dado un testimonio hermoso, valiente, coherente y de un hombre lleno de fe, de que la vida del hombre adquiere todo su valor desde el misterio de la cruz de Cristo. Sólo desde la Cruz es cómo se puede entender la misma vida del creyente, y sólo desde la cruz es donde se vive el misterio pascual de Cristo, redentor de todos los hombres.

Junto con su testimonio de vida, está su riqueza como maestro de la fe y doctrina católica. Sus diversas encíclicas salen al paso de diferentes ideologías que intentan alejar a los creyentes de la verdad, para iluminar todas las realidades de la vida desde la perspectiva del Evangelio. Ante los retos que presenta hoy la bioética y la ingeniería genética, Juan Pablo II, supo salir al paso de sus errores y supo proclamar con fuerza la doctrina católica de la verdad y del profundo respeto a la vida, evitando las peligrosas tergiversaciones de los sofismas y de las especulaciones especiosas, en las que se altera la verdad para privar de la vida a seres humanos inocentes. Su encíclica Evangelium Vitae es un fuerte testimonio de todo esto. Ante una cultura hedonista, cultura de la muerte, como la llamó el mismo Juan Pablo II, que ha llegado al convencimiento de la muerte del mismo Dios, no hay otra consecuencia que la muerte del mismo hombre y que la misma vida humana pierda todo su valor. Por ello Juan Pablo II proféticamente denunció todos los abusos contra la vida humana y todas las manipulaciones que se pretenden hacer con la vida del ser humano, afirmando, sin cortapisas, que la vida es un don de Dios y ningún hombre puede, por su propia voluntad ni amparado por ningún marco pseudolegal, alterar o experimentar con este precioso don de Dios que es la vida.

Ante el mundo posmoderno en el que vivimos, con sus relativismos egoístas y su absolutización del momento presente, olvidando el sentido de la historia y de la vida, el Papa Juan Pablo II supo denunciar los peligros que encerraba, e invitar a todos los cristianos a evitar el relativismo moral y el permisivismo, en el que no existen distinciones entre el bien y el mal y en el que se ha perdido la dimensión teológica, antropológica y social del pecado. Ante todos estos errores, que han conducido a la humanidad al caos del egoísmo, del odio y de la guerra, Juan Pablo II en todo momento invitó a los creyentes y también a todos los hombres de buena voluntad a buscar juntos la verdad y a evitar la falsedad y la mentira que no sólo frustra el plan de Dios, sino que también atenta contra la misma dignidad del hombre, llamado a vivir en común con Dios y con sus hermanos.

Junto con los peligros del campo moral y ético, y con su preocupación por las diversas cuestiones sociales, fue también un gran deseo de Juan Pablo II el interesarse por las cuestiones ecuménicas. Juan Pablo II quiso seguir con la misma línea de Pablo VI, quien en vísperas de la clausura del Concilio Vaticano II en diciembre de 1964 se reconcilio con Atenágoras II, suprimiendo con ello mil años de mutua enemistad y de división, para abrir una era de diálogo y de búsqueda del acercamiento y de la Unidad. La encíclica de Juan Pablo II, Unitatis Redintegratio, no sólo plasmó sus deseos ecuménicos, sino que fue un poderoso instrumento para el acercamiento y diálogo con las diversas iglesias cristianas de oriente y de occidente. Su propio carisma y su fuerte personalidad espiritual lo convirtieron, sin duda alguna, en la figura más solvente de toda la cristiandad, tanto oriental como occidental dentro del cristianismo. Sus diversas entrevistas y encuentros con ortodoxos y con las Iglesias reformadas del occidente, marcaron un camino nuevo de diálogo y acercamiento desde el Evangelio y desde la búsqueda de la unidad, como una manera de testimoniar al mundo un único rostro de Cristo.

Y su diálogo no sólo se restringió a las iglesias cristianas de oriente y occidente, sino que Juan Pablo II fue también un gran hombre preocupado por acercarse a todas las religiones del mundo, buscando, junto con ellos la verdad y el edificar juntos el reino de Cristo, fomentando una de sus principales características que es la Paz. Las diversas Jornadas Mundiales de Oración por la Paz, en las que Juan Pablo II se reunió con los líderes de las diferentes religiones del mundo, marcan un hito en la Historia Universal de la Humanidad, ya que nunca se había dado un encuentro con la fuerza, la universalidad y la repercusión que tuvieron los que convocó Juan Pablo II. En ellas quedó plasmado el deseo de la Iglesia Católica y del Papa, de buscar, junto con todos los hombres de buena voluntad, el edificar un mundo mejor en el que se vivan los valores propios del Evangelio.

Y junto con la preocupación por todos los hombres de buena voluntad, Juan Pablo II supo ver que los albores del nuevo milenio eran el momento, el kairós o tiempo salvífico establecido por Dios, en el que los laicos deben ser invitados a vivir de una manera renovada y comprometida su propia vocación bautismal, enriqueciendo a la Iglesia con su propio ser y quehacer de cristianos en el mundo, buscando orientar y encauzar todas las realidades seculares y todas las cosas en Cristo. Por ello en su encíclica Christi Fideles Laici, lanzó a todos los fieles cristianos, la invitación a vivir con profundidad su propia vocación baustismal y a ser, en medio del mundo, sal de la tierra y luz del mundo, recordando que el instaurar en el universo el reino de Cristo no es sólo una labor de la jerarquía de la Iglesia, sino de todos los miembros de la Iglesia, que como cuerpo de Cristo, deben actuar en medio del mundo según la vocación que hayan recibido.

Fue también muy consciente Juan Pablo II de los retos que afectaban en el mundo posmoderno a los religiosos. Por ello les dirigió la exhortación post-sinodal Vita Consecrata, en donde siguiendo y actualizando las líneas trazadas por el Concilio en su documento Perfectae Caritatis, les invitó a todos los religiosos a vivir su propia vocación a la santidad dentro de una determinada familia religiosa, convirtiéndose en signo y profecía del reino de los cielos y en testimonio vivo del amor de Dios para todos los hombres. Los diez iconos que Juan Pablo II utilizó dentro de este documento son de una riqueza insondable, e invitan a todos los religiosos y religiosas del mundo a seguir profundizando en su vocación, y a seguir enriqueciendo al mundo con su propio carisma. Todo esto, como bien señalo Juan Pablo II, sólo podrá ser posible desde una vivencia profunda de la oración y de una espiritualidad de comunión. Hoy que el activismo amenaza a la vida religiosa, Juan Pablo II invitó a los religiosos a vivir su propia consagración desde el icono de la Transfiguración, imagen fundamental y fundante de la vida religiosa. Para Juan Pablo II, el contemplar el rostro resplandeciente de Jesús y testificarlo con valor en medio del mundo, asumiendo la realidad de la cruz, es la principal labor de los religiosos y de las religiosas en el nuevo milenio, siendo un instrumento valiosísimo en las manos de Dios en servicio de toda la Iglesia, pueblo de Dios.

Me llamó la atención que en el calvario particular que vivió Juan Pablo II en estos últimos meses, poco después de ser internado por segunda vez en la Policlínica Gemelli de Roma para que le fuera practicada una traqueotomía, Juan Pablo II, sin poder hablar, le pidió a unos de sus secretarios que le diese un papel, ya que quería escribir algo. Ante el asombro de los médicos y de sus asistentes, Juan Pablo II escribió con letra firme y clara ¨Sigo siendo el Totus Tuus¨. Y efectivamente lo seguía siendo y lo sería hasta el final, pues en su permanencia en el Hospital se sintió con María junto a la cruz de Jesús. Su lema y su escudo pontifical eran un canto a la Santísima Virgen María. Como podemos recordar, sus armas pontificales eran una sencilla cruz con una gran letra ¨M¨ haciendo referencia a María. El amor y la veneración a la madre de Dios fue una de las grandes pasiones de Juan Pablo II. En sus diversas alocuciones y en sus diferentes visitas apostólicas a santuarios marianos, nos ha legado unas páginas bellísimas sobre la Madre de Jesús. Ella es el hermoso ¨testamento de la Cruz¨ que Jesús nos entregó en la persona del apóstol Juan, según lo dice el mismo Papa en su encíclica Marialis cultus. Y su amor por María no podía sólo quedarse en esto, sino que el testimonio de su propia vida fue un cántico de alabanza a Dios por las maravillas que hizo en María. Son incontables las imágenes que los reporteros nos han regalado del papa rezando el santo Rosario. Y su devoción no podía quedarse sólo en devoción. En la encíclica Rosarium Virginis Mariae, nos regaló a toda la cristiandad unos nuevos misterios del rosario. Los misterios luminosos, en los que Juan Pablo II invitó con fervor al pueblo cristiano a recorrer el camino de la vida de Jesús de la mano de la santísima Virgen María.

Antes de acabar su vida, nos dejó el regalo de este año Eucarístico, en el que el deseo de Juan Pablo II, como bien lo afirmó en el documento Mane Nobiscum Domine, es el que todos los cristianos volvamos a valorar y adorar la presencia real y sustancial de Cristo quien por amor, se ha quedado bajo las especies eucarísticas.

Sería muy largo enumerar todo lo que el mundo contemporáneo y la Iglesia Católica le debe a este ¨Papa que vino del este¨, en sus 26 años de pontificado.

Que Nuestra Madre, la Virgen María, a quien él veneraba con una especial devoción bajo la advocación polaca de la Jasna Gora de Czestochowa, lo acompañe en su camino hacia el Padre, y que todos nosotros le demos gracias a Dios por el don que le dio a la Iglesia en la persona del Papa Juan Pablo II, pidiendo el día de hoy con fervor por su descanso eterno; que el Señor recompense con creces todos sus esfuerzos, sus desvelos y sacrificios por la Iglesia de Cristo; que Cristo Pastor eterno lo acoja en su seno y lo conduzca a la vida eterna, Amén

 
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