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25º ANIVERSARIO DE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. ALFONSO COTO MONGE PDF Imprimir

HOMILÍA EN EL 25º ANIVERSARIO DE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. ALFONSO COTO MONGE

I. MOTIVO
Teniendo como trasfondo, el sentido de la experiencia de la Pascua, que la Iglesia ha palpado este año de forma tan singular; nos hemos reunido para compartir, alrededor del altar, nuestra acción de gracias por el 25º aniversario de la Ordenación Episcopal de Monseñor Alfonso Coto, y el legado de su huella de pastor en nuestra Iglesia diocesana.

 

II. LA FIGURA DEL PAPA JUAN PABLO II
Antes que nada, sirvan estas palabras para expresar nuestra solidaria adhesión al sentir de la Iglesia universal, y en la persona del señor Nuncio Apostólico, desdoblar nuestros sentimientos como Iglesia particular. Las palabras pronunciadas durante las honras fúnebres del Papa Juan Pablo II, recogen el sentir de nuestras comunidades, las cuales, con un “corazón lleno de tristeza, pero también de gozosa esperanza y profunda gratitud”, se disponen hoy a recoger el legado del Papa, que incansablemente hasta su muerte, nos invitó a cruzar el umbral de la esperanza; caminar al encuentro con Jesucristo vivo, abriendo a él, las puertas de nuestra vida, sin temor y sin reservas.

Al mismo tiempo, nuestros sentimientos hoy, señor Nuncio, se convierten en plegaria ferviente para pedir con la Iglesia, al Pastor de los pastores, que conceda a su pueblo, un nuevo pastor según su corazón, que sepa recoger el legado de su predecesor y conducir la comunidad creyente por los caminos complejos y difíciles que se abren ante ella, al inicio de este tercer milenio.

La figura de Juan Pablo II, nos ayuda hoy a evocar el profundo significado de nuestro encuentro; fue él por medio de quien el Señor hace veinticinco años llamó al ministerio episcopal a Monseñor Coto, poniéndolo al frente de esta Iglesia particular, entonces, Vicariato Apostólico. Se vivía entonces, una decisiva coyuntura histórica, en la que se había de marcar el rumbo de este pueblo peregrino en la región atlántica de nuestro país, afianzando en medio de circunstancias singulares de pobreza en todo sentido, y de constantes tensiones y agitación social; un perfil propio que la llevara quince años más tarde a su madurez, convirtiéndose en la quinta Diócesis de nuestra Provincia Eclesiástica.

Fue este mismo Papa, quien había dado su impulso definitivo y aprobatorio al documento de Puebla, emanado de la 3º Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que él mismo había inaugurado. Este documento también, marcó el inicio del ministerio episcopal de Monseñor Coto, e imprimió en él los rasgos distintivos que pueden ser evocados en los ejes que atraviesan transversalmente todas sus enseñanzas: comunión, participación, evangelización, compromiso con los más pobres, diálogo, promoción de las vocaciones y un modo singular de vivir el misterio de la Iglesia en pequeñas comunidades.

 

III. EL SERVICIO DEL OBISPO
Al celebrar hoy este Jubileo de Plata, la Palabra de Dios proclamada, nos permite acercarnos a las raíces mismas del servicio que un Obispo es llamado a prestar en la Iglesia, como padre y pastor de su grey; y que son la motivación primera de nuestra plegaria agradecida ante el don del ministerio apostólico.

Al evocar el contexto de la lectura del Evangelio que hemos escuchado, nos encontramos de frente a la figura de Pedro; un apóstol cuya vida se define frente a las exigencias radicales del seguimiento de Jesús.

La escena inmediata anterior al texto proclamado, nos lleva a encontrarnos a Pedro impotente y fracasado, descrito en estado de desnudez. “Pedro va desnudo porque no ha adoptado aún la actitud de Jesús, por eso no ha producido fruto alguno la misión”. Al escuchar al discípulo amado que le dice, que Aquel a quien en la penumbra logran divisar a la orilla del mar “es el Señor”, “se ató la prenda de encima a la cintura y se tiró al mar”.

La escena tiene un profundo sentido, pues nos hace pensar en el gesto de Jesús durante la última cena cuando, “tomando un paño, se lo ató a la cintura” y se puso a lavarles los pies a sus discípulos. Aquel gesto que Pedro entonces no lograba entender, se convierte ahora en su norma de vida. Cuando Dios es hombre y se pone al servicio del hombre, la réplica más exacta de Dios es el que sirve. La manera de parecerse al Padre es amar hasta el fin, “gastarse y desgastarse,” totalmente sirviendo a los demás, como lo hizo Jesús.

No por casualidad, la mas antigua tradición de la Iglesia “presenta al Obispo como imagen del Padre, el cual, como escribió San Ignacio de Antioquia, es como el Obispo de todos”.[1] El Obispo es en la Iglesia, quien haciendo las veces de padre, y en el ejercicio mismo de una paternidad que proviene de Dios, enseña a sus hijos que el camino del seguimiento de Jesús, es el de servir sin reserva alguna.

Pedro, para expresar su disposición a dar su vida, se lanza al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte.

Sobre este trasfondo y en el marco de una cena fraterna, es que se desarrolla el texto que hoy escuchamos.

 

IV. LA EUCARISTÍA E IDENTIDAD DEL MINISTERIO EPISCOPAL
El diálogo entre Jesús y Pedro se inicia después de almorzar. Esta indicación, nos pone en contacto con lo que anteriormente ha sucedido: Aquellos discípulos, al salir del mar, con sus redes repletas de peces, se encontraron con que el Señor les tenía preparada una comida, que comparten fraternalmente, como otras tantas veces lo habían hecho.

Aquella experiencia no es fruto de su imaginación, Aquel que les ha preparado el alimento, es una persona real y cercana, solidario con la experiencia de vida de cada uno.

El diálogo sobre la disposición fundamental de Pedro hacia el amor, ha tenido su punto de partida en aquella cena, como queriendo indicar que es de aquel comer fraterno, de donde brota la disponibilidad total del apóstol.

Leídos desde la fe, que aquellos momentos compartidos por los discípulos con el Maestro alrededor de la mesa, encierran una singular dimensión eucarística, cuyo significado se trasluce en la Cena Pascual. En la última cena, el Señor había sacramentalizado el memorial de su pasión: la herencia del crucificado que lleva al comportamiento distintivo del discípulo.

Hay un ligamen vital en la vida de todo creyente, y por lo tanto en la vida del Obispo: es el que une el significado de su vida como discípulo y como servidor que se entrega y el que encierra la Eucaristía en la que el Señor precisamente se hace servidor hasta el extremo. En la Eucaristía somos llamados a hacer con los demás, lo que el Señor ha hecho con nosotros.

No es accidental el que Monseñor Coto solamente haya querido para la celebración de su Jubileo, el que nosotros compartiéramos con él, la celebración de esta Eucaristía. Su vida sacerdotal ha gravitado de manera profunda y singular en torno a este Sacramento; de él ha brotado, en él se ha alimentado y a partir de él se ha proyectado como caridad pastoral. Verle subir cada día al altar, es contemplar la razón de ser de su identidad de pastor, pues ninguno de los momentos que entretejen su experiencia episcopal, puede ser justamente dimensionada, sino es leída en referencia a este misterio.

“Así como el misterio pascual es el centro de la vida y misión del Buen Pastor, la Eucaristía es también el centro de la vida y misión del Obispo, como la de todo sacerdote.

Con la celebración cotidiana de la Santa Misa, el Obispo se ofrece a sí mismo junto con Cristo (…) ya que actúa en la persona de Cristo y con la fuerza de su Espíritu y como el sacerdote santo, dedicado a realizar los sagrados misterios del altar, que anuncia y explica con la predicación”. [2]

Así leído el texto evangélico, nos lleva a entender que el diálogo que se inicia entre Jesús y Pedro, desdobla la exigencia que plantea al discípulo haber participado en la Eucaristía, pues siendo esta la aceptación del don de Jesús, es, al mismo tiempo, el compromiso del discípulo a asimilarse a la vida y muerte del Señor.

 

V. AL ATARDECER SERÉIS JUZGADOS EN EL AMOR
En este momento, queda al centro del diálogo entre el Maestro y el discípulo, la razón de ser de la relación entre ambos. El único argumento que puede sustentar la misión que a Pedro se le confía de apacentar, de cuidar el rebaño de Jesús: “¿Me amas mas que éstos?”

Presidir al pueblo de Dios, no es misión que encuentre su sustento en el dominio. Jesús ha invertido radicalmente una concepción tradicional según la cual usualmente, se concibe a Dios y se estructura la sociedad.

El Padre, cuyo rostro él viene a revelar, no ejerce dominio alguno, sino que comunica vida y amor; por lo tanto no legitima ningún poder ni dominio. En esta convicción radica la razón de ser de la exhortación de la carta de San Pedro a los presbíteros de la Iglesia: “Sean pastores del rebaño de Dios (…); cuídenlo no de mala gana, sino con gusto, a la manera de Dios; no piensen en ganancias, sino háganlo con entrega generosa; no actúen como déspotas sobre la heredad de Dios, sino más bien traten de ser un modelo para su rebaño”.

Pedro comienza a ser conducido por Jesús a la comprensión de lo que debe ser el núcleo central de su ministerio; comienza a comprender aquello que no había entendido durante la última Cena, cuando se negó a que le lavaran los pies. Él es conciente de que Jesús le conoce, no busca ocultarle su incapacidad para llegar por sí mismo a la radicalidad de un amor incondicional; pero comienza a comprender (…) Jesús es el centro, no simplemente un líder, no es el superior que se impone, sino la fuente de vida y amor que se comunica; no es el señor que domina, sino el amigo de los suyos.

Pedro comienza a entender (…) la amistad con Jesús será la fuente de donde brote el ministerio que él le confía, el soporte sobre el que descanse el encargo de “apacentar sus ovejas”. Entregarse a los demás, al igual que ser vínculo de comunión entre los suyos, es la respuesta consecuente de esta amistad.

“Jesús ha llamado a los Doce a compartir su misma vida. Esta participación, que es comunión de sentimientos y deseos con Él, es también una exigencia inherente a la participación en su misma misión”. El ministerio del Obispo, -nos recuerda el Papa Juan Pablo II en la Exhortación sobre el Obispo como servidor del Evangelio- “visto como la imitación de la caridad del Buen Pastor, tiene como principio unificador la contemplación del rostro de Cristo y el anuncio del Evangelio de la salvación”.[3] Sólo cuando camina en la presencia del Señor, el Obispo puede considerarse verdaderamente ministro de la comunión y de la esperanza para el pueblo santo de Dios. En efecto, -continúa diciéndonos el Papa- no es posible estar al servicio de los hombres, sin ser antes «siervo de Dios». Y no se puede ser siervo de Dios si antes no se es «hombre de Dios» [4], amigo de Aquel de quien pende su vida y su misión.

Monseñor ha hecho de su vida una elocuente predicación. Lo hemos visto trabajar sin descanso, recorrer los caminos de nuestra Iglesia hasta los últimos rincones yendo al encuentro de cada comunidad y cada grupo de hombres y mujeres que con buena voluntad comparten los ideales del Reino. Hemos compartido en alguna medida con él “el peso del día y el calor”, somos testigos de sus desvelos, y algunos hasta de la soledad que muchas veces conlleva el ejercicio del ministerio episcopal; pero en medio de todas esas experiencias, hay una que ha marcado nuestras vidas de forma singular y que ha sido objeto de nuestra cotidiana contemplación: él nos ha enseñado que todo lo demás brota de la amistad que ha cultivado cada día en la oración, en el diálogo íntimo del amigo con el Amigo. Ese coloquio confiado en el que una y otra vez se renueva la experiencia de Pedro: “Tu sabes que te quiero.”

 

VI. LA EXPERIENCIA DE LA RECONCILIACIÓN
La experiencia de la triple confesión de amor de Pedro es al mismo tiempo, experiencia que le reconstruye. El Señor revela en él su misericordia; atrás queda su triple negación, su incapacidad para comprender la experiencia de la Cruz, su generosidad aún no madura; sólo importa su disponibilidad para amar. En la fragilidad de Pedro, no quiere reflejarse su propia obra, sino cuanto Dios en él ha hecho y puede hacer.

Pedro es un proyecto inconcluso, la vida le irá enseñando a dejarse conducir “aún donde él no quiera”. La palabra del amor total vendrá en una radicalidad incuestionada sólo al final del camino; he allí la grandeza del “amén” de Juan Pablo II al entregar su vida en manos de Dios. Cada creyente, es un proyecto que Dios va realizando a lo largo de la vida, y en el cual, en nuestra debilidad y no sin ella, “para que no parezca obra nuestra”, resplandece la gracia de Dios; ella nos basta para que Él lleve a fin lo que un día comenzó.

Viene a nosotros el eco de lo que el autor de la carta a los Hebreos expresa: “el Sumo Sacerdote que tenemos no es insensible a nuestra debilidad, pues, como nosotros, ha sido probado en todo menos en el pecado” (Heb 5, 15). Por ello, -continua el autor de esta carta diciendo- “puede ser indulgente con ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad”.

La humanidad de un Obispo, no es obstáculo, sino condición del ministerio a él confiado, pues es referencia ineludible que le permite como Pastor, ser hermano y compañero que anima y alienta a otros en sus debilidades; él “ha de anunciar el misterio insondable de la misericordia que Dios nos ha prodigado en la Cruz y en la Resurrección de su Hijo, Jesucristo, y en la efusión del Espíritu, para la remisión de los pecados”. [5]

Ello nos hace caer en cuenta del porqué de forma permanente hemos visto a Monseñor, uno y otro día, sin escatimar tiempo y sin doblegarse ante el cansancio, ejerciendo el ministerio de la reconciliación, como un verdadero apóstol del confesionario; prodigando a manos llenas el perdón de Dios y orientando con la profunda sabiduría que una larga vida ha dejado en él.

 

VII.LA GLORIA DE DIOS ES EL HOMBRE QUE VIVE
“Hay una palabra que a los seres humanos nos cuesta pronunciar: la palabra «gloria» aplicada a los seres humanos –expresó el Papa Pablo VI en una ordenación episcopal– (…) Sin embargo, – seguía diciendo el mismo Papa – la palabra «gloria» es un término que la Sagrada Escritura nos hace pronunciar continuamente, y no sólo referida a Dios, sino también al hombre. No al hombre por sí mismo, sino al hombre en cuanto que refleja la luz de Dios: «La luz de tu rostro, Señor, nos ha inundado, has llenado de gozo mi corazón» (Sal 4,7), diremos con el salmista.

Lo diremos para gozar con este acontecimiento que es uno de los más bellos, de los más grandes, de los más benéficos de nuestra existencia humana: es una irrupción de gracia y de alegría; bendigamos al Señor. Este es el día en que actúo el Señor.

Lo diremos para reavivar en todos nosotros el concepto del sacerdocio de Cristo, concepto que sólo puede expresarse en términos de sublimidad, de dignidad, de alegría.

Lo diremos por último para referir a Cristo todo el sentido de esta celebración, todo el reflejo que se deriva de él para quién ha asumido el título y la función episcopal en la Iglesia, toda la esperanza que se concede a la Iglesia en la celebración viviente de la sucesión apostólica; recordemos una vez más las sublimes y densas palabras de san Pablo: «Son apóstoles de las Iglesias, son gloria de Cristo» (2Cor 8,23).

A ese Señor, cuya gloria se refleja en sus hijos y que un día llamó a Monseñor a seguirle, primero por la fe del Bautismo, luego por medio de un largo y fecundo ministerio sacerdotal en el que sobresale su vida sencilla de párroco y los largos años dedicados al servicio de la formación de los futuros sacerdotes y por último confiriéndole la plenitud del sacerdocio en el ministerio episcopal; elevamos hoy nuestra plegaria agradecida, mientras escuchamos su voz que nos dice: “Sígueme”.

 
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