I CONFERENCIA EPISCOPAL
EXHORTACIÓN DEL EPISCOPADO COSTARRICENSE CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ EL PRÓXIMO 1º DE ENERO DE 1969
Venerables Sacerdotes y amadísimos Hijos:
La feliz iniciativa de Su Santidad, el Papa Paulo VI; de instituir la Jornada Mundial de la Paz, a celebrarse cada año el 1º de Enero y en los días siguientes, si en algunos países se estimare conveniente, significa una gran bendición para la humanidad que Nosotros, Obispos de Costa Rica, acogemos con honda gratitud. Bendición, decimos por que en esas fechas y en forma muy especial, desea la Iglesia que se recuerde a todos los hombres lo agradable y sosegado de vivir en paz, y lo que aún es más importante, los caminos que a ella conducen y las virtudes en que a ella se afianza, la justicia en primer lugar, de la cual es la paz el mas preciado fruto. Bendición, afirmamos, porque de multitud de corazones se elevarán al cielo súplicas fervientes para implorar que de las mentes de quienes rigen los pueblos comprometidos en empresas bélicas nazcan iniciativas generosas que conduzcan a la paz; que en los arsenales los mortíferas armas sean trocadas por instrumentos de pacífica labranza; que en los campos de batalla los cañones no retumben más para dar paso a los tractores que abren surcos en le tierra, cambiándose el fragor de la guerra por el canto alegre del agricultor que deposita en ellos su simiente.
Al ver la paz turbada en tantos pueblos del mundo, y seriamente amenazada en otros, no podemos menos que preguntarnos: ¿Por qué los hombres han de odiarse y matarse, el Príncipe de la Paz a todos nos llama al amor mutuo y a dar los unos por los otros en lugar de quitársela al hermano? ¿Por qué se en la inmensa mayoría de hombres existen anhelos irresistibles de paz y vehementes deseos de disfrutarla, unos pocos colocados en posición de liderato, arrastrados por mezquinas ambiciones terrenas, precipitan a los más en el abismo tenebrosos de la guerra? Cuando pensamos en el dolor de tantas viudas, en la miseria a que quedan condenados tantos huérfanos, en el corazón lacerado de tantas madres cuyos hijos nunca retornan del campo de batalla, volveremos a preguntarnos: ¿Los responsables de semejante tragedia, serán tan insensibles como para no ordenar de inmediato el cese de la guerra?
Pero hay otra paz, tan valiosa o más que la primera, por cuya consecución hemos de trabajar con denuedo. Nos referimos a la paz del alma, a la serena tranquilidad de las consecuencias. Tan esencial es esa paz, creemos Nosotros, que sin ella la paz entre las naciones sería ideal irrealizable. Sin paz individual, en una palabra, la paz social quedaría reducida a una utopía. Pero de paz interna sólo podrán disfrutar quienes se esfuercen por vivir según Dios. De donde concluimos que no se puede hablar a los hombres de paz sin comenzar por hablarles de Dios, de ese Dios relegado por tantos al olvido, desconocido para muchos hoy como otrora lo fuera de los filósofos a quienes Pablo lo anunció en el Areópago de Atenas, tan cercano y a la vez tan lejano para muchos que sólo recuerdan con nostalgia indefinible lo mucho que de niños lo amaron cuando una madre santa entre tiernos arrullos susurró a sus oídos su divino nombre, de ese Dios, en fin, a quien hecho hombre en la persona de Jesucristo, muchos no rechazan pero intentan dividir, para darse sólo con el Cristo radiante del Tabor, pero sin querer saber nada del Cristo sudoroso y sangrante de la Cruz. Hoy la tendencia es a mundanizar a Cristo en lugar del propio que sería cristianizar al mundo. Hoy la tendencia a forjarse un Dios a la medida del hombre, a quien nada importe que cada uno se fabrique su propio credo y se invente su propia moral, todo ello en aras se una mal entendida libertad. Y, ¡ay de aquél que se atreva hablar de autoridad o menciones siquiera palabra obediencia! Ese tal sería un cavernícola que a lo sumo merecería compasión. Habrá quienes pensarán que exageramos, pero está es una triste realidad, también dentro de sectores importantes del mundo católico.
Como Pastores de la Iglesia que somos, faltaríamos a nuestro deber si no denunciáramos tan dolorosas desviaciones como una grave amenaza a la paz de las conciencias. Llevados por el amor sincero que profesamos a nuestro pueblo, amor que se inspira no en el afán de ser simpáticos, sino veraces, hemos de manifestar con firmeza que antes preferiríamos quedarnos solos que permitir tales desviaciones dentro de la porción del Pueblo de Dios sobre la que el Espíritu Santo no ha constituido Pastores. La fidelidad de los cristianos a su Maestro, no se número, es lo que nos interesa primordialmente. Si los cristianos dejáramos de ser luz que ilumine, sal que percebe y fermento que transforme, de qué serviríamos en la Iglesia que todos nos cobija como Madre.
Por lo que se refiere a las celebraciones especiales ya programadas y aprobadas por Nosotros para todo el territorio nacional, sin detrimento de las particularidades que en cada Diócesis de nuestra Provincia Eclesiástica del propio Obispo juzgue oportuno agregar para una mayor eficiencia en la realización de los actos dentro del marco general ya señalado, solamente deseamos recordar la necesidad de una acción de conjunto de todos nuestros Sacerdotes, Religiosas, seglares de Acción Católica y general de todos los fieles, de tal suerte que toda la programación llegue oportunamente a cada Diócesis, Parroquia y Comunidad Religiosa junto con las directrices a seguir, las que habrán de cristalizarse en el mejor de los éxitos para la Jornada de la Paz. Se prevén celebraciones de carácter nacional, diocesano y parroquial, las que los responsables procuren preparar con todo esmero. Os invitamos de manera especialísima a la celebración nacional, la que tendrá lugar en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, el día 6 de Enero de 1969. En una Misa Concelebrada en que participarán todos los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Costa Rica, el Pueblo Santo de Dios de nuestra Patria dará gracias al Altísimo por la inalterable con tantos años nos ha bendecido rogándole igualmente porque don tan inestimable acompañe a las nuevas generaciones, a todos los pueblos del mundo y todos los hombres de buena voluntad.
Con estos votos y augurios otorgamos a todos vosotros nuestra pastoral bendición en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
La presente Exhortación será leída en todas las Iglesias de Nuestras respectivas jurisdicciones, el Domingo siguiente a su recepción.
Dada en San José, a los tres días del mes de Diciembre del año del Señor mil novecientos sesenta y ocho.
+ Carlos H. Rodríguez Quirós
Arzobispo de San José
+ Delfín Quesada Castro
Obispo de S. Isidro de El General
+ Román Arrieta Villalobos
Obispo de Tilarán
+ Enrique Bolaños Quesada
Adm. Apostólico de Alajuela
+ Alfonso Hoefer Hombach, C. M.
Vicario Apostólico de Limón
+Ignacio Trejos Picado
Ob. Tit. De Aguas Albas, Mauritania y Auxiliar de San José
+ Juan Vicente Solís Fernández
Obispo Titular de Tucca |