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Inicio arrow Documentos arrow Pastoral Educativa arrow 2003-11; Calidad de Vida y Calidad de Educación
2003-11; Calidad de Vida y Calidad de Educación PDF Imprimir
CALIDAD DE VIDA Y CALIDAD DE EDUCACIÓN

Fernando Quesada Rojas

“Vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

(Jn 10,10)

En la nueva cultura nos hemos acostumbrado a oír hablar de “calidad” en todas partes y con múltiples sentidos. La globalización neoliberal ha impuesto una nueva forma de producción con el trípode: producir, consumir y cambiar, desde el concepto de calidad. En esta perspectiva, es frecuente escuchar expresiones como estas: cero defectos, producción a tiempo, calidad total, control de calidad, certificación de calidad.

Este concepto de calidad ha permeado también a la educación. En educación también escuchamos los conceptos de calidad educativa, calidad de gestión, educación de calidad, calidad organizacional, eficiencia y eficacia en la tarea educativa. Pareciera que en el mundo actual, fuera de “la calidad”, no hay educación.

Nuestra visión desde la Pastoral Educativa

Como educadores católicos en nuestro Equipo Nacional de Reflexión Educativa, unidos a un equipo latinoamericano, hemos realizado una serie de reflexiones en este sentido. Entre los puntos que en nuestro medio merecen atención especial, compartimos con nuestros hermanos educadores los siguientes:

La calidad es un término polisémico y ambiguo. Ha sido construido y aplicado a la educación en una historia muy reciente, en función de las expectativas de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), así como de entidades económicas internacionales, entre ellas: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial de Comercio y otras. Se trata de un término complejo y problemático que, proveniente del ámbito empresarial, se ha ido introduciendo en el mundo educativo.

Ciertamente que este origen no lo invalida, pero también es cierto que puede ser riesgoso asimilarlo sin una previa consideración que nos posibilite utilizarlo con un sentido propio y válido en nuestra educación, desde una perspectiva más humana.

No podemos dejar de advertir que antes de hablar de calidad de la educación, debemos hablar de calidad de vida. Calidad de vida y calidad de educación son un binomio inseparable.

Después de inflar el globo con lo que se ha llamado el “nivel de vida”, resulta que hemos entrado en plena crisis económica. Las expectativas, la esperanza, las ilusiones y las facilidades han sido arrastradas por la corriente de la crisis. Ya no podemos soñar con tener cada vez más poder adquisitivo, ni en disfrutar con más intensidad ni en ir subiendo como la espuma. Ahora se nos dice que hay que apretarse el cinturón, entrar en un camino de austeridad, recortar los presupuestos en todos los niveles; en definitiva, que debemos “bajar el nivel de vida”.

Ante esta situación que nos golpea cada vez con más fuerza, sentimos que la crisis es un signo de los tiempos y que debemos aprender a leerla y sacar la lección que nos conduzca a descubrir mejor la vida. Pensamos que lo que se ha llamado “progreso” no todo ha sido bueno. El tren de la vida en que nos habíamos montado no nos ha llevado a ningún sitio. Hemos estado perdidos entre tantas cosas sin consistencia y sabor de verdadera vida. Durante este tiempo, hemos perdido muchos valores, verdaderos valores, aun en la educación. Entre ellos, hemos perdido, en buena parte, sensibilidad, respeto, responsabilidad, imaginación, creatividad, capacidad de admiración y asombro. Pareciera que hemos reducido la vida a un espectáculo, en el que hemos tomado el puesto de espectadores. Pareciera que nos hemos acostumbrado a encontrar la felicidad fuera y no dentro de nosotros; una felicidad en el tener y no en el ser de nosotros mismos. Hemos cambiado el gesto humano de cariño por la entrega de un regalo comprado; hemos cambiado la relación familiar por el botón del televisor o del video; hemos cambiado a la persona por la computadora u otros instrumentos tecnológicos.

Quizás la crisis nos ha llevado a reconocer que la “vida” no está donde nosotros la habíamos puesto. Nosotros, los cristianos, tenemos un fundamento claro y una dirección determinante. Cristo proclamó: “He venido para que tengan vida y vida abundante”. La vida está en el amor, en el encuentro, en la relación personal, en la acogida, en el compartir, en la ayuda mutua. La vida consiste, entre otras cosas, en ser hermano del compañero, del estudiante, en saber tener un detalle de estima, en sonreír, en dar confianza, en prestar ayuda, el estar junto al otro atentamente en el momento en que lo necesita.

Es vida, dar vida por los demás. En esto consiste la calidad de la vida. Habíamos pensado que era suficiente con dar a los hijos un buen nivel económico, un buen colegio, una buena diversión, unos buenos juguetes, un buen vestido, una buena alimentación. Habíamos pensado… Pero habíamos olvidado que el mejor nivel económico, el mejor colegio, vestido, diversión… era la relación de amor, de cariño, de atención permanente, de dedicación… es darles nuestra vida. La vida se entrega por amor. Tiene más y mejor nivel de vida el que más ama y el que más amor es capaz de recibir.

2. Algunos peligros en cuanto a la calidad

Uno de los peligros más importantes es la aceptación ingenua de la llamada calidad educativa, sin ver la ideología o las ideologías que la sustentan.

Otro peligro es perder de vista la opción de la Iglesia por los pobres y excluidos. Si hablamos de calidad a la luz del Evangelio, es una calidad con equidad y justicia, con la opción preferencial por los pobres y excluidos. No es cristiano que la educación contribuya a ahondar la brecha entre incluidos y excluidos.

Otro peligro que tenemos es olvidarnos de la pluriculturalidad e interculturalidad de nuestros pueblos. Una educación de calidad debe pasar necesariamente por la hibridación cultural, propia de nuestra población.

Indudablemente que tenemos que hacer un esfuerzo para detectar la antropología que subyace en el planteamiento de calidad impuesta por el mercado. Es indudable que hay una visión reduccionista y empobrecida, que desconoce la complejidad, riqueza y el misterio de lo humano.

Otro peligro es la aceptación ingenua de la concepción de aprendizaje que se encubre. Los modelos de calidad impuestos en el campo empresarial y productivo se trasladan, acríticamente, al ámbito educativo. Desconocen que la educación es un fenómeno de largo plazo, con una temporalidad, unos procesos, que procuran llegar hasta lo más íntimo que anida la persona y no siempre se revela exitosamente, como sucede y se mide en los procesos productivos. No es posible que caigamos en una educación mercantilizada, en la que el sujeto del aprendizaje se convierte también en una mercancía.

3. Algunos elementos de la propuesta de calidad

La apuesta por la calidad en las instituciones educativas se realizará en la medida en que se coloque realmente a las personas, especialmente a los estudiantes, en el centro de toda la actividad escolar.

Asimismo, es necesario colocar a los procesos de aprendizaje en el centro de toda la actividad pedagógica.

Los procesos de aprendizaje deben responder al fin fundamental de la formación integral para el logro de una calidad de vida.

Para lograr una educación de calidad, es indispensable la acción vital de docentes creativos, sólidamente formados y actualizados, capaces de trabajar en equipo, abiertos a la innovación y a la evaluación continuas.

La calidad del currículo debe estar vinculada necesariamente al proyecto educativo de la institución, en todas sus dimensiones.

Elemento de calidad de la educación ha de ser el acompañamiento que el docente hace al estudiante en la construcción de los aprendizajes y formación vital, teniendo como modelo la Pedagogía de Jesús.

La apertura al mundo, al otro y a la trascendencia serán signos de una búsqueda por concretar la calidad educativa.

Los valores del Evangelio han de permear y sustentar las acciones educativas que buscan la construcción de la calidad en el ámbito educativo.

4. Una pincelada de la educación de calidad que queremos:

Queremos una educación de calidad evangélica para nuestro país empobrecido, endeudado, dependiente y con profundas desigualdades; una calidad para todos y no para una élite; una calidad que se vea en transformaciones de la realidad de injusticia.

Tenemos que pensar o repensar la calidad que nos es propia como país democrático y de valores cristianos. Debemos aportar el “plus” que estamos llamados a dar desde la fe a nuestras prácticas educativas para que sean coherentemente de calidad.

Una educación de calidad que lleve a la conversión personal y comunitaria para llegar a ser plenamente humanos, según la vocación dada por el Creador.

Instituciones educativas inclusivas.

Educadores y educadoras comprometidos con el mejoramiento de su propia calidad de vida y de sus alumnos.

Una educación para la transformación de la realidad, para que pasemos de condiciones menos humanas a más humanas.

Una educación de calidad que logre evidenciarse ante todo en:

Educación de calidad en la vida familiar:

Padres y madres conscientes de su rol como los primeros educadores de sus hijos.

Mejoramiento en la convivencia intrafamiliar: derechos y deberes de los niños, las niñas, adolescentes, ancianos y ancianas al tenor de la legislación vigente.

Compromiso entre familia y escuela en todos sus niveles.

Educación de calidad para construir una sociedad de oportunidades:

Que tome en cuenta las necesidades de las personas discapacitadas en todas sus manifestaciones.

Que genere formas educativas y laborales que permitan ir superando las nuevas vulnerabilidades de la pobreza que se muestran, principalmente, en los niños y las niñas, en las mujeres, en los grupos étnicos y en los grupos migratorios.

Que incluya la interculturalidad y el respeto por las diferencias individuales, a fin de enfrentar cualquier forma de discriminación.

Que se empeñe en fortalecer una cultura de paz que facilite la convivencia en nuestras ciudades para disminuir las distintas patologías sociales, incluida la prevención de accidentes de tránsito.

Educación de calidad para llevar una vida pública y privada orientada por principios éticos:

Una lucha frontal contra las distintas formas de corrupción estatal y privada.

Una labor de los partidos políticos orientada al bien nacional, por encima de sus intereses particulares y partidistas.

Una labor educativa de los medios de comunicación colectiva, acorde con los principios de la veracidad, honestidad y respeto a la dignidad de las personas.

Una educación que tenga por norte el respeto por la vida humana frente a las nuevas tecnologías en el campo biomolecular y de la salud en general.

Educación de calidad orientada a respetar y desarrollar sosteniblemente nuestro entorno natural. Hacer conciencia en que nuestro planeta es único e irrepetible; por lo tanto, su sostenibilidad implica en toda su extensión el mantenimiento y la evolución de nuestra especie.

LA VIDA, DON Y CONTRUCCIÓN

Édgar Solís Barquero

Al sentarme a escribir estas líneas acerca de lo que es calidad de vida y sin saber por dónde empezar, se me ocurrió preguntarle a mi hijo José Daniel, de seis años de edad: —¿Qué es lo que más te gustaría tener en la vida? A lo que me respondió: —A mamá y a papá siempre. Pensé qué podría deducir de esta respuesta para lo que necesito escribir. Luego de analizarla un poco más, me he aventurado a reflexionar sobre este tema basado en la respuesta de mi hijo.

Cuando escuchamos hablar de calidad de vida, es muy posible que se esté pensando en aspectos como una buena salud física, una vida económicamente estable, unas relaciones sociales funcionales. Otros, quizá la mayoría, podrían añadir que para tener calidad de vida se necesita tener un cuerpo con medidas perfectas según la moda, un carro último modelo, una casa de varios millones de colones y, lógicamente, mucho dinero para poder asistir a aquellos lugares de prestigio donde se "disfruta la vida".

¿Qué percibo yo de lo que es la calidad de vida, de acuerdo con la respuesta de mi hijo? Desde mi perspectiva, el primer punto para poder hablar de calidad de vida es la necesidad de que todo ser humano sea parte y se sienta parte de una familia, donde se le acoja y se le ame. Toda persona podrá percibir su vida como de calidad cuando descubra la experiencia del amor, de la ternura y del afecto a través de aquellos con quienes convive. La protección y la confianza que logre percibir en sus seres más cercanos le permitirán caminar por la vida de una forma más segura.

El punto siguiente es la necesidad que tiene el ser humano de encontrarse con el otro, de sentirlo cercano, de percibirlo parte de sí y sobre todo de mirarlo hermano e hijo de Dios. Esto le permitirá desarrollar actitudes de respeto y de tolerancia para aquél que es indispensable en su caminar por el trayecto de la vida. Es mirarse en el otro y descubrirse como parte suya; es evitar, como dice el doctor Luis Carlos Restrepo, “actitudes de agarre para dar paso a actitudes de caricia”.

Pienso que sin un encuentro sano con nuestros semejantes, no podríamos hablar de calidad de vida. Definitivamente, no habrá calidad de vida mientras el pasaje bíblico donde Caín mata a Abel siga siendo una realidad en muchos hogares, instituciones y comunidades de nuestro país.

En el Evangelio de San Juan, Jesús nos dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Quizá es la definición de calidad de vida desde el Evangelio, entendiendo por abundancia la oportunidad de asumir en nuestras vidas la grandeza del mensaje de Jesús. Y si Jesús nos ofrece una vida abundante, al seguirlo debemos reflexionar acerca de lo que abundó en su vida: la paz, el perdón, la justicia, la fe; es decir, todo aquello que permitió dignificar al ser humano y darle el lugar que Dios Padre le dio en la Creación.

Por eso, de acuerdo con el párrafo anterior y asumiendo la respuesta con la que empecé estas líneas, la calidad de vida será una realidad cuando no solamente contemos con los elementos básicos para vivir, sino y sobre todo cuando en cada momento de nuestra vida el ser humano sea lo más importante; es decir, el centro de nuestro accionar, cuando asumamos que lo necesito y que me necesita.

DIGNIDAD, MISIÓN Y VOCACIÓN DEL EDUCADOR

Rafael Guevara Villegas

"Nuestra elección fundamental es qué hacer con nuestra vida y cómo contribuir positivamente con la vida de los demás, de acuerdo con los diferentes carismas y potencialidades que se nos han dado”. Raguevi

El derecho al ejercicio digno de la profesión docente tiene su fundamento en la persona humana de los agentes de la educación: educador educando. Por ello, la Pedagogía es, por esencia, un humanismo, por cuanto se constituye en el arte y la ciencia de la educación de la persona, de toda persona en proceso de crecimiento integral, en rumbo hacia su plenitud (González López, Jesús).

Así, el sujeto y el objeto de la Pedagogía es el "ser humano", y su finalidad, la formación integral de la persona con el propósito de su realización en plenitud; es decir, el logro de la "felicidad". Este propósito esencial es lo que hace que la misión y tarea del educador sea una acción de gran mérito en cualquier sociedad.

La paideia griega, humanista y libertaria por esencia, imprimió su impronta a toda la rica y fascinante cultura de la tradición grecolatina. De esta manera, los valores, avalados por los postulados del cristianismo y comprometidos con el "humanismo de la trascendencia", sustentan con vigor nuestra cultura occidental, que ha concebido siempre la Educación como el camino de realización de la perfectibilidad del ser humano y de aprendizaje del saber hacer, como garantía de la "empresa de ser persona".

De ahí la elevada nobleza de la Pedagogía y del educador, en cuanto "acción conductora" a la perfección humana; actividad dirigida a un sujeto consciente, libre y responsable, a quien orienta a descubrir el sentido y el valor de su existencia personal y social; en otras palabras, a descubrir su sentido y proyecto de vida.

Puede decirse entonces que no hay tarea más excelsa que la que realiza el educador: enseñar a pescar a sus alumnos, ofrecerles diferentes señales, pero, principalmente, el camino de la autoeducación que les guíe hacia la autorrealización personal.

De esta manera, la dignidad del educador está basada en esa misión de guiar, orientar, facilitar al niño, a la niña, al adolescente, al joven, al adulto a "ser persona", a contribuir a su crecimiento personal, proyectarle como ser humano hacia la plenitud existencial. Es lo que se llama en educación la "formación integral" de la persona humana.

Pero la verdadera dignidad del educador radica, fundamentalmente, en esa fuerza interior de su auténtica vocación. Haber descubierto a cabalidad la excelsitud de su misión, el considerarse llamado, dentro de muchos llamados, a la noble y trascendental tarea de educar.

Esta dignidad del educador se traduce en una práctica auténtica y comprometida de los valores éticos como una lección permanente y convincente: la mejor lección para generar actitudes valiosas en sus discípulos, porque, para hacer entender a otros qué son los valores, es necesario primero "valer" de verdad.

Cada persona tiene un llamado, algo hacia lo que tiene que ir y hacer durante su vida. Las personas, a lo largo de sus vidas, van tomando decisiones, van optando por uno u otro camino, y esto va marcando sus vidas. La responsabilidad vocacional es la respuesta integral del ser a su conciencia vocacional; es la respuesta de su mente, de su corazón, de su actitud ante la vida y ante los demás.

La vocación es una inspiración, o aptitud especial, un descubrimiento del llamado al que estamos convocados, en el caso del educador, el descubrimiento de su profesión o carrera para contribuir con el desarrollo integral del ser humano.

Según Ortega y Gasset, el concepto de vocación está relacionado con el de "carrera". Así, la "vida" es una carrera ya que supone un hacerse, una elección de caminos. Por otra parte, de acuerdo con Sastre, "el hombre no es otra cosa que lo que él hace, es responsable de lo que él es; se elige. El hombre empieza por existir, por ser algo que se lanza hacia un porvenir y es consciente de proyectarse hacia ese porvenir". Para lograrlo, debe poner en ejercicio la reflexión: conocerse; tomar conciencia y asumir responsabilidades sobre sus fortalezas y debilidades; ser consciente de sus intereses y aptitudes; vislumbrar un ideal como eje de los valores, llevando a la práctica la decisión y siendo responsable de esta. Por lo tanto, la vocación del educador implica una responsabilidad espiritual, porque la responsabilidad vocacional se extiende hasta tal punto que conlleva un compromiso con el desarrollo de la dignidad, la liberación, la autonomía y la autorrealización de otros seres humanos.

La carrera puede entenderse en un sentido más restringido como los pasos por seguir para la formación en una determinada profesión u oficio, en donde la meta será adquirir un saber para luego poder desarrollar un trabajo acorde.

Generalmente, las vocaciones definen las profesiones que seguimos. Todas las vocaciones son buenas, porque nacen de lo más profundo del ser humano y son propias y verdaderas. Lo importante es descubrir cuál es la propia, hacia qué y hacia dónde estamos llamados. En este caso particular, siempre es importante no olvidar hacia qué estamos llamados como educadores.

Así, la dignidad y vocación del educador están íntimamente relacionadas con la misión por cumplir, en virtud de que la vocación debe ser considerada como una inclinación, inspiración, un llamado a contribuir con el proyecto de perfección y humanización de la persona.

La vocación del educador se apoya en el descubrimiento de su misión: contribuir con el desarrollo integral del ser humano. Por lo tanto, es necesario preguntarse y responderse:

¿Cuáles son las principales razones que tengo para seguir siendo educador o educadora?

¿Cuál es mi misión como educador o educadora?
¿En qué medida estoy contribuyendo como cristiano o cristiana con la misión que Cristo nos encomendó a través del ejercicio de mi profesión?

SIGNIFICADO Y ALCANCE DEL SER DOCENTE

Ana Isabel Mora Badilla

Escribir acerca de la misión y vocación del docente, me ha exigido hacer un alto y repensar mi quehacer y hacer cotidiano a lo largo de los años que llevo ejerciendo la docencia, para poder reconstruir y plasmar mi propia versión de ser docente.

He tenido que reflexionar desde dentro hacia fuera, ubicarme en la persona del docente, en su formación, necesidades, intereses, expectativas y en los motivos que la inducen a optar por la docencia; específicamente, he pensado en el contexto histórico-social, cultural, político y económico, como el actual.

Considero que la naturaleza del trabajo docente exige plantearse muchas interrogantes, entre ellas, una que considero como base de esta reflexión: ¿Es la tarea docente un trabajo, una profesión o una vocación?

En un primer intento de respuesta, puedo señalar que la educación es un proceso cuyo origen y eje es la familia; la escuela sólo tiene un carácter complementario y supletorio de aquello que la familia no está en capacidad de dar, y el docente realiza su función dentro de este contexto; por lo tanto, con su quehacer prolonga la acción educativa de la familia y la complementa al crear un ámbito que se asemeje a ella y que favorezca el aprendizaje.

En consecuencia, la función del docente es un trabajo, el cual consiste en suscitar en el alumno la motivación necesaria para alcanzar la verdad, el bien (conocimiento) y proponerle un universo de valores.

Por cierto que es una tarea difícil y delicada. Al respecto, Morant[1] señala: "Implica orientar, dirigir hacia (...) y no de imponer (...), requiere de la difícil y empeñosa tarea del artesano y la humildad del que sólo cumple su papel cuando deja paso al descubrimiento del otro".

Considero que esta realización humana es tal vez la más humana, por cuanto responde a la vocación, al llamado más auténtico de la propia naturaleza, el llamado a la humanización. Dentro de este contexto, puedo señalar cuatro atributos en relación con la función docente: es un desafío, es una renuncia, es un don, y es un deber. Cuando el ejercicio docente va más allá de ser una profesión, se convierte en un apostolado. En este sentido, es oportuno recordar las palabras de Su Santidad, Juan Pablo II, en relación con el trabajo humano: "El trabajo pertenece por tanto a la vocación de toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral"[2].

Cuando el docente cumple una misión en su actividad diaria, se supone que en el fondo existe una vocación docente; un docente con vocación es aquél que lleva a cabo su trabajo pensando en una causa específica, se identifica con ella y adquiere un compromiso personal.

La vocación se construye a lo largo de la vida; de ahí la importancia de entender el contexto en el que se mueve la vocación. Así, sólo cuando trabajo, profesión y vocación se complementan, se ennoblecen.

En la actualidad lo que domina es el desempeño de una actividad profesional, porque el trabajo se ha convertido en una profesión y ser profesional significa ser responsable e imparcial; es decir, realizar el quehacer a fin de obtener un ingreso monetario determinado.

Lo emotivo sólo es expresado en el tiempo libre, pues se es profesional durante un horario; la vida cotidiana se separa en tiempo de trabajo y en tiempo libre.

Actualmente, se propicia y se demanda la profesionalización del trabajo académico; esto es, un compromiso exterior, laboral y de cumplimiento eficiente de la función docente.

Vivir de la docencia no es lo mismo que vivir para la docencia, porque la intencionalidad en uno u otro caso es diferente. Así, es distinta la intencionalidad del educador que se asume como tal y busca dejar huella en sus estudiantes, de aquél para quien la docencia es solo su medio para vivir. Quisiera cerrar este apartado haciendo eco de las palabras de Maturama[3], quien sobre esto expresa:
"Los docentes comprometidos con mejorar la educación y con ello la sociedad no queremos un 'Mundo Feliz' de seres estandarizados, tampoco queremos la clonación de los más exitosos, o mejores, o más bellos (...) Ponemos al servicio del hombre, la esencia de lo humano y no nos dejamos enajenar en la vorágine del modernismo y posmodernismo, nos empeñamos en retomar la importancia de nuestro rol, para repensar un futuro en que el hombre y la naturaleza, sean el centro de un vivir armónico y solidario".

Por último, considero importante hacer referencia a las características que debe tener un docente que se asume como tal:

Vocación: imprescindible, desde mi punto de vista, para servir a Dios a través de la educación.

Compromiso con su vocación docente: de forma tal que el sentirse motivado lo lleve a asumir su tarea con alegría, consciente de que con su quehacer cotidiano está sirviendo y con ello se está autorrealizando.

Actualización, para mantener su competencia al día y poder utilizar lo que la tecnología le ofrece, con el fin de ponerla al servicio de los estudiantes en la práctica docente cotidiana.

Creatividad: la conciencia de lo sublime de su misión lleva al docente a sustentar su trabajo en la realidad en la que labora, en el conocimiento que tiene de los estudiantes, lo cual conjuga con el saber profesional y con lo que el medio le ofrece, propiciando que el aula y los distintos espacios se conviertan en verdaderos laboratorios, donde, junto con los alumnos, recrea, investiga y genera nuevos saberes significativos.

Identidad del docente: al respecto, cabe destacar que éste no tiene sólo una identidad (su ser docente), sino que posee varias como ser humano integral: es padre o madre, esposo, esposa, vecino, vecina, ciudadano, ciudadana, agente de cambio, trabajador, trabajadora, entre otras; reconocer esto es devolverle al docente su integridad como persona.

Sensibilidad y empatía: sólo así podrá ver el mundo no desde el punto de vista propio, sino desde el punto de vista del otro, experimentar como suyos los problemas, expectativas, necesidades de los estudiantes, entenderlos y respetarlos como personas únicas, autónomas y, así, desde este contexto, ser facilitador, orientador, guía, modelo.

Ser creyente, con fe: en Dios, fiel a sus principios no sólo de palabra, sino de hecho, de tal forma que su vida cotidiana sea coherente y transparente, convirtiéndose en un digno modelo por imitar.

Abierto al diálogo, flexible: para acoger y procesar ideas, opiniones y propuestas de los demás, a fin de poder actuar con ecuanimidad ante los distintos retos que el ejercicio docente suscita y ser capaz de responder con equilibrio en las alegrías y en los momentos difíciles.

Con fe en el ser humano: sólo así podrá asumir su compromiso educador, considerando la diversidad, las capacidades, limitaciones, las virtudes y defectos que mostrarán los alumnos a su cargo, y a partir de ello visualizar y desarrollar las mejores estrategias pedagógicas para promoverlos y guiarlos en la aventura de aprender.

Respetuoso: significa la aceptación del alumno como es, con sus propios sentimientos, experiencias y significados personales.

Tolerante: en el sentido de crear un clima de autonomía que sólo es posible una vez que el educador ya ha asumido las actitudes anteriores.

Encaminar sus acciones hacia la autorrealización personal: en ejercicio de la propia voluntad, creatividad y libertad responsable hacia el cumplimiento de las propias metas.

Poseer amplia apertura al cambio, manteniendo su convicción frente a los valores trascendentes.

Investigador, desde la práctica y la reflexión.

Educador lleno de celo: permanece y mantiene interesados a sus alumnos, propone y acompaña a cada alumno según lo requiera.

El amor a los alumnos es su distintivo más significativo.

Desempeña sus funciones con profesionalidad: mejorando constantemente la calidad de las técnicas educativas, así como su preparación personal.

Licenciado en Ciencias de la Educación-Teología Pastoral por la Pontificia Universidad Javeriana. Se ha desempeñado como Asesor Regional de Educación Religiosa, Director del Departamento de Educación Religiosa. Actualmente Secretario Ejecutivo de las Comisiones Nacionales de Educación y Cultura, y Profesor de la Universidad Católica de Costa Rica.

Licenciado en Ciencias de la Educación con énfasis en Educación Religiosa y Maestría en Administración Educativa. Actualmente se desempeña como Asesor Regional en Educación Religiosa, Profesor de la Universidad Católica de Costa Rica y Delegado Diocesano de Pastoral Educativa.

Licenciado en Orientación y Currículo por la Universidad de Costa Rica. Se ha desempañado como Asesor Regional y Nacional de Orientación y Director del Departamento de Orientación del Ministerio de Educación Pública. Actualmente se desempeña como Director de la Carrera de Orientación de la Universidad Católica de Costa Rica. 

Licenciada en Ciencias de la Educación con Énfasis en Educación Religiosa, en Orientación y Administración Educativa. Actualmente Asesora Nacional del Departamento de Educación Religiosa y Profesora de la Universidad Católica de Costa Rica.

[1] Morant, M., Naturaleza del Trabajo docente, agosto, 2003.

[2] J. Pablo Il. Laborem Exercens. 1981.

[3] Maturana H. El sentido de lo humano, 2003.

 

 

 

 

 
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