TIEMPO DE ADVIENTO
"Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley" (cfr. Gal. 4,4)
Cada año la Iglesia celebra ese momento de la Historia de Salvación viviendo un Adviento como preparación para la Navidad. Un tiempo propicio para colocar la mente y el corazón en Aquel que se ha hecho hombre para llevar a los hombres a Dios.
El Hijo de Dios nace para dar razón y verdadero sentido a la vida humana. La misión que Jesús tiene es también hoy en día nuestra misión, por eso no podemos dejar de lado la tarea de evangelizar y con ello de anunciar a Jesús como luz que ilumina y da sentido a la vida del mundo. Dios nos ha llamado para ser sus colaboradores en la tarea de evangelizar, de ahí nos viene la invitación de poner todas nuestras capacidades y carismas al servicio de esa noble tarea: hacer la voluntad de Dios en nuestra vida personal, familiar y comunitaria.
"Me has dado un cuerpo, aquí vengo para hacer tu voluntad "(Cfr. Hebreos 10,5-7). Esas son las palabras que el Hijo dirige a su Padre al entrar en nuestra historia como hombre. Expresan su total obediencia al plan de salvación que el Padre le encomienda.
Me has dado un cuerpo verdaderamente humano; mi rostro servirá para revelar el rostro de Dios y al mismo tiempo para revelar la dignidad y el valor de cada rostro humano.
Me has dado un cuerpo humano que me servirá para amar con la profundidad infinita de Dios y con los matices del amor humano.
Con mis manos podré trabajar, tocar el dolor y sanarlo, podré bendecir a los niños y hacer milagros que serán signos del amor de Aquel que me envió.
Mis pies dejarán huellas para que mis discípulos me puedan seguir.
Mi boca servirá para comunicar la Verdad que salva y hace verdaderamente libre al hombre; con ella expresaré palabras de perdón y misericordia. De ella saldrán palabras de vida eterna.
Mis ojos me servirán para enseñar a los hombres a mirarse unos a otros como hermanos y mirar a las criaturas con los ojos de Dios. Serán ojos humanos capaces de llorar ante la tumba del amigo o ante la ruina de la ciudad amada.
Mi corazón que tantas veces se estremecerá ante el dolor de los que sufren, un día dejará de latir y será abierto por una lanza, para ser abrigo de los que me miren arrepentidos.
Me has dado un cuerpo que me servirá para recorrer las aldeas de Israel y congregar las ovejas extraviadas por falta del Pastor. Seré aquel Pastor que conoce y ama a cada una de sus ovejas, por ellas daré mi vida.
Mi cuerpo me servirá para ofrecerme en sacrificio y para darme como alimento de vida eterna.
Llamaré a unos amigos a quienes infundiré mi Espíritu, los instruiré en los misterios del Reino, aprenderán a amar con desinterés y les encomendaré mis ovejas, como pastores, no como asalariados. Ellos cumplirán su encargo comportándose como modelos del rebaño teniendo su mirada en la recompensa eterna.
Ciertamente el pastoreo es propio del ministerio ordenado que configura de modo especial con Cristo, Cabeza de su cuerpo que es la Iglesia y capacita para actuar en su nombre; pero de cierto modo es participado por todos aquellos que tienen responsabilidad en la comunidad, en la familia, con una autoridad que deben ejercer como servicio.
En este Adviento preparemos nuestro corazón, nuestra familia, nuestra comunidad cristiana, para que venga Jesús y nos enseñe la obediencia amorosa a Dios nuestra Padre.
Que María, la Madre que siempre supo responder: "hágase en mí según tu palabra”, interceda para tener nosotros un corazón bien dispuesto, un corazón de verdaderos discípulos de Jesús.
Mons. José Rafael Banquero Arce
Obispo de Alajuela
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