La Iglesia costarricense ante el “Código Da Vinci”
El promocionado estreno de la película “El Código Da Vinci”, inspirada en la novela del escritor Dan Brown, nos alerta ante la masiva difusión de los contenidos que dicha producción favorece. De frente a una obra que acomete contra Jesucristo y los cristianos, ofendiendo la fe de la mayoría de nuestro pueblo, es necesaria una postura crítica y razonable por parte de nosotros, los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR), como Pastores de la Iglesia y “Maestros de la fe”.
Como consta, la Iglesia desde el Concilio Vaticano I (1869-1870) enseña que, las artes y las disciplinas humanas gozan de sus propios principios y de su propio método, cada una en su campo, reconociendo, así, una legítima autonomía en sus respectivas tareas. Igualmente, el Concilio Vaticano II afirma que “todo ser humano, salvados el orden moral y la común utilidad, puede investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opinión” (Cf. GS 59).
En este caso, es evidente que nuestra intención no es boicotear esta obra. Queremos, ante todo, llamar al discernimiento entre la Verdad Revelada y la simple ficción, logrando una respuesta crítica e informada por parte de los creyentes.
Lo primero que debemos considerar es que estamos ante una novela en la que el autor entrecruza su trama a partir de prejuicios ideológicos y religiosos, manipulando datos históricos, muchas veces matizados de mito y leyenda. La afirmación de Brown acerca de la veracidad de sus fundamentos resulta falaz al descubrir imprecisiones históricas y referencias descontextualizadas que evidencian el desconocimiento de la historia del arte, el manejo parcializado de la información y un claro prejuicio anti-eclesial. Por ende, ni el libro ni la película propician una sana búsqueda de la verdad, antes bien, generan desconfianza a partir de fantasías.
Dado que, es cada vez más frecuente la aparición de “obras literarias” en las que la mentira pretende pasar como verdad, en detrimento de Jesucristo y de su Iglesia y, previniendo futuros atropellos a nuestra fe, urge que, pastores y fieles, volvamos con mayor empeño al anuncio esencial del cristianismo, que no se basa en suposiciones ni mitos, sino en la verdad acerca de la persona histórica de Jesús de Nazareth, que murió por nuestros pecados según las escrituras, y que fue sepultado; y que resucitó al tercer día según las escrituras (1Cor 15, 3-5).
Jesucristo, nuestro Señor, no es un mito, ni un sentimiento, ni una idea, es una persona, el Hijo de Dios hecho hombre, el trascendente hecho historia para ser conocido en y a través de la historia. Alterar los testimonios históricos acerca de la persona de Jesús, para defender encubiertas intenciones ideológicas, religiosas o comerciales, es el camino tomado, con frecuencia, por quienes buscan lucrar a cualquier costo.
Estamos seguros que nuestra fe tiene un fundamento histórico y, por lo tanto, no es vaga y pasajera. En el mundo actual, marcado por un grave relativismo y una creciente confusión de valores, debemos recordar que, como cristianos, estamos edificados sobre los cimientos puestos por los Apóstoles, teniendo a Cristo como nuestra piedra angular (cf. Ef 2, 20).
Ante estas consideraciones, y en pleno tiempo Pascual, queremos servirnos de esta circunstancia como una oportunidad para intensificar el anuncio y testimonio de Jesucristo, muerto y resucitado.
Invitamos, en primer lugar al pueblo cristiano y, particularmente, a los católicos, a actuar de forma serena y constructiva. No caigamos en el juego de quienes quieren aprovecharse comercialmente de nuestra reacción.
Valga la oportunidad para invitar a nuestros queridos sacerdotes, comunidades religiosas y laicos formados, a fomentar la instrucción de nuestros hermanos pues, sólo la verdad nos hará libres. (Cf. Jn 8, 32)
Esta producción cinematográfica puede despertar en muchos el deseo de conocer más acerca de la verdadera fe. Que sea este, pues, el momento para responder a estas inquietudes, en el contexto de una evangelización nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.
Ante esta ofensa a todos los cristianos, aprovechemos la ocasión para acrecentar los lazos de unidad, a través de un ecumenismo efectivo.
Mientras proclamamos con gozo a Jesucristo, exhortamos a todo el Pueblo de Dios para que nos transformemos en verdaderos discípulos y misioneros de Cristo.
Hoy, más que nunca, anunciemos a Cristo al mundo y demos testimonio de nuestra fe a través de un estilo de vida inspirado en aquel que es Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14, 6).
Dado en la Sede de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, el día 15 de mayo del 2006, día de San Isidro labrador.
Con afecto les saludamos y bendecimos:
Monseñor José Francisco Ulloa Rojas
Obispo Diocesano de Cartago y
Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica
Monseñor Hugo Barrantes Ureña
Arzobispo Metropolitano de San José
Vicepresidente de la Conferencia Episcopal
Monseñor Oscar Fernández Guillén
Obispo Diocesano de Puntarenas
Secretario General
Monseñor José Rafael Barquero
Obispo Diocesano de Alajuela
Monseñor José Rafael Quirós Quirós
Obispo Diocesano de Limón
Monseñor Vittorino Girardi Stellin
Obispo Diocesano de Tilarán
Mons. Guillermo Loría Garita
Obispo Diocesano de San Isidro de El General
Monseñor Angel Sancasimiro
Obispo Diocesano de Ciudad Quesada |