Del dolor de los abusos, a la gracia con Jesús

-

Homilía en la Santa Misa del martes 3 de marzo, 2026.

V Congreso Latinoamericano de Ceprome

“Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve”. Esto es lo que dice el Señor a través del profeta Isaías. Israel está pasando unos momentos difíciles con Asiria amenazando su seguridad. El profeta entiende que el pueblo se ha alejado de los mandatos del Señor y trata de reconvertir esta actitud.

Dios acusa la deslealtad de su pueblo al principio del capítulo, pero, como siempre, muestra sus entrañas de misericordia y su disposición al perdón, a la reconciliación, siempre que el pueblo se arrepienta de sus perversas acciones y vuelva al camino recto.

Más adelante, en el Evangelio, Jesús nos avisa: en la cátedra de Moisés se han sentado los mensajeros de falsedades, furibundos defensores de la letra de la Ley, pero alejados de su verdadero cumplimiento.

Hay momentos en los que nos deberíamos sentir identificados con los escribas y fariseos: Cuando nos creemos perfectos y exigimos a los que nos rodean que sean también cumplidores de esa ley que, en cierto modo, nos fabricamos, a nuestra medida. Atentos a la literalidad de los mandatos, pero alejados del amor.

Procuramos en público caminar con la cabeza baja, las manos unidas, con visos de humildad, pero muy atentos a las acciones u omisiones de los que caminan a nuestro alrededor, prestos a condenar a todos, pero muy atentos en aparentar piedad, devoción, humildad, y buenas maneras.

En la segunda parte del texto, el Señor nos advierte de varios defectos que cometemos a diario y de los que no somos conscientes. No nos hagamos los importantes, dejemos en casa nuestra vanidad y seamos humildes. Invitados al banquete, quedemos en el último asiento y puede que seamos enaltecidos llamándonos a un puesto más relevante.

Jesús nos insistirá siempre en el mismo punto: el humilde será enaltecido y el orgulloso terminará humillado. Vayamos, pues, en busca de la vida en Dios y dejemos al lado nuestro orgullo, nuestra soberbia, en definitiva, nuestra necedad. Caminemos hacia Dios por el camino que Jesús nos marcó.

Si trasladamos la Palabra de Dios a nuestra realidad, la pregunta se vuelve incómoda: ¿qué ocurre cuando la autoridad espiritual se transforma en dominio? ¿Qué sucede cuando quien debía servir utiliza su posición para herir?

Jesús no toleró la hipocresía religiosa. No guardó silencio ante el abuso de poder. Cuando el Templo se convirtió en espacio de manipulación, actuó con firmeza. No por ira descontrolada, sino por celo por la santidad de la casa del Padre.

Si nos preguntamos, ¿qué haría el Señor ante una situación de abuso?, deberíamos responder de inmediato: Defendería al pequeño, exigiría verdad, sanaría, devolvería la dignidad, llamaría al pecador a la conversión y purificaría la comunidad.

Esto significa que la purificación es posible, pero no sin reconocer primero la gravedad del mal. No hay sanación donde se minimiza la herida. Actuar con verdad no traiciona a la Iglesia, la purifica. Porque la Iglesia no se sostiene sobre silencios, sino sobre el Evangelio. Y el Evangelio no teme la luz.

La justicia es necesaria; la misericordia también. A la víctima se le debe reparación y acompañamiento firme. Al culpable, además, se le debe un camino que lo conduzca a una conversión real. Abandonar a cualquiera de los dos sería alejarnos del corazón del Evangelio.

La misión de la Iglesia nace precisamente de esta coherencia: buscar la justicia, vivir la humildad y confiar en la gracia que transforma. No somos una comunidad de perfectos; somos un pueblo llamado constantemente a purificarse.

Y si hoy sentimos el peso de esta Palabra, no es para paralizarnos, sino para impulsarnos a una fidelidad más honda. El Señor no hiere para destruir; corrige para salvar.

Si acogemos su llamada con sinceridad, esta hora dolorosa de los abusos en la Iglesia, puede convertirse en tiempo de gracia, en oportunidad de renovación y en inicio de una etapa marcada por mayor transparencia, responsabilidad y santidad.

Que el Señor nos conceda la valentía de la justicia, la humildad del arrepentimiento y la esperanza de la purificación. Así sea.

Monseñor Javier Román Arias

Obispo de Limón y Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica.

spot_img
Noticias Relacionadas