HOMILÍA EN LA CULMINACION DEL JUBILEO POR EL CENTENARIO DIOCESANO

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Diócesis de Alajuela – 16 de febrero 2022

Parece el otro día cuando abríamos la Puerta Santa y comenzábamos, con ello, la celebración
Jubilar de nuestro Centenario Diocesano. Hemos vivido un tiempo especialmente denso en todos
los sentidos, en la significación de ser y sentirnos Iglesia convocada para vivir y anunciar el
Evangelio en estas tierras benditas de Alajuela; en la conmemoración del bicentenario de nuestra
independencia nacional, tomando conciencia de nuestro caminar como nación, con una historia,
unos valores, unos intereses y un destino común… En definitiva, un kairos, un tiempo de gracia
que nos ha regalado el Señor.


Solo desde la iluminación que nos ofrece su Palabra podremos comprender el significado real de
todo eso. En el evangelio que hemos proclamado, Jesús se dirige a su pueblo, exhortándolo a
descubrir en la historia, de manera similar a como lo hace en la naturaleza, los signos de los
tiempos, a sintonizar con ellos para captar, en el hoy del acontecer histórico, la intervención de
Dios, la realización de la salvación.


Quiere provocarlo al cambio denunciado su rigidez, su resistencia a reconocer e interpretar esos
signos como señales de la salvación para no sentirse obligado a convertirse, a cambiar de conducta. Prefieren ellos disimular, como quien ignora que está viviendo el tiempo de la decisión. Prefieren seguir recorriendo sus habituales, tortuosos y rutinarios caminos, antes que aventurarse por las sendas que Dios señala.


Estando todavía en camino, es posible un arreglo, una respuesta que evite perderse
irremediablemente. No podemos despreciar este tiempo de salvación que es el nuestro. Hay que
percibir la urgencia de nuestra respuesta en el hoy, en medio de las convulsiones que vivimos. La
decisión que tomemos puede llevarnos al rechazo de la oferta salvífica del Señor, y con ello a la
muerte; o a su aceptación, y estar abiertos a la vida y la plenitud que ha pensado para nosotros.
Dejemos resonar esa exhortación: ¿Seremos capaces hoy de interpretar los signos del despuntar del Reino y ponernos en camino de conversión para sumarnos a Él? Descúbrenos, Señor tus caminos, decíamos en el salmo.


San Pablo, en la carta a los Romanos, pretende caracterizar e iluminar la identidad y la acción de
la comunidad cristiana. Nos dice que la vida cristiana exige una dedicación en cuerpo y alma al
Señor, semejante a un sacrificio cultural para Dios. Consiste, no en el ofrecimiento e inmolación
de cosas y animales, sino de sí mismos, mediante una conducta que brota de la vida nueva que
suscita el Espíritu y no de acomodarse al ritmo del mundo presente sin perspectiva de
trascendencia. Demanda esto una disposición a ser transformados desde la renovación interior, un
camino de conversión, para descubrir y unirse a la voluntad de Dios que es, sin duda, lo perfecto.
Se impone para ello una dinámica de discernimiento que nos permita sintonizar con el Señor.

Para caracterizar a la Iglesia, utiliza San Pablo, una de sus metáforas más rica y sugestiva, la del
cuerpo Místico de Cristo. Resalta en ella el aspecto de la unidad en medio de la diversidad de
carismas, de servicios… Distintos miembros, con sus funciones peculiares, que actúan dentro de
una maravillosa armonía. Cada uno es Iglesia, compartiendo el don recibido, para la edificación
del único Cuerpo. Es la expresión del mandamiento nuevo que Cristo dio en la última cena de
permanecer en su amor.


El amor que no es algo etéreo ni vago, sino una realidad viva y operante que se traduce en detalles muy concretos. Todo un programa de vida comunitaria también para nosotros hoy: Que entre ustedes el amor fraterno se exprese en un verdadero cariño. Sean fervorosos en el Espíritu, tengan esperanza y sean alegres, pacientes en las pruebas, oren sin cesar. Compartan con los hermanos necesitados, y sepan acoger a los que estén de paso. Bendigan a quienes los persigan, alégrense con los que están alegres, lloren con los que lloran. Hagan lo posible para vivir en paz con todos. No se dejen vencer por el mal, más bien venzan al mal con el bien…

Hemos gozado de un tiempo jubilar, que se extendió a dos años por la pandemia, para celebrar
nuestro centenario, un tiempo de abundante efusión de gracia de parte de Dios en nuestro caminar como Diócesis, tiempo que suscita nuestra alegría, la esperanza por experimentar la cercanía misericordiosa de Dios y el compromiso para que resuene su Buena Noticia de liberación en especial para los pobres y necesitados de hoy. Aunque la pandemia ha limitado su vivencia de
manera más consciente, lo hemos experimentado en forma de consuelo, cuidado, protección,
cercanía fraterna sanadora y liberadora, en medio del vendaval que se ha suscitado en nuestro
mundo. Se cierra hoy la puerta santa a la espera del próximo jubileo ordinario que viviremos, Dios
mediante, en el 2025.


Como digo en mi carta pastoral “Que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn 17,21), nuestra
historia es como un relato en el que se han tejido varias narraciones que han ido constituyendo lo
que somos. No puede comprenderse, si no se inserta en el gran Relato de la Historia de Salvación
que ha ido entrelazando Dios con nosotros. Nuestro recorrido como Diócesis ha sido el caminar de
un pueblo en el que varias generaciones han ido incorporándose en distintos tiempos y
circunstancias y han contribuido, con su aporte, a la construcción diocesana, lo que hoy somos.


Estamos invitados ahora a guardar, a aquilatar nuestra memoria forjada en ese relato. La historia
nos ha vinculado en una misma comunidad y un destino común. Nos ha legado una rica herencia,
una bendita pertenencia común de hermanos que estamos llamados a acrecentar. Ha tejido una
intensa red de relaciones entre nosotros y ha establecido vinculación afectiva con lazos más fuertes que los de la misma sangre. Es lo que llamamos “diocesaneidad”. Define nuestra identidad
colectiva, una cultura común, un estilo de vida, genera sentido de pertenencia y compromiso por
forjar juntos un camino común. Determina, incluso, la singularidad de nuestra experiencia de
seguimiento de Cristo.

Somos la Iglesia en este pueblo y en estas tierras benditas de Costa Rica, de Alajuela. Nuestra
Iglesia particular, en unidad con la Iglesia universal, se construye y se expande con la conciencia
común de pueblo de Dios convocado para vivir la fe en Cristo y evangelizar, y se renueva
constantemente en el caminar con una sociedad en cambios acelerados y profundos.


Hace ya más de veinte años nuestra Diócesis se implicó en un Sínodo para dar respuesta, desde el
discernimiento, a los retos que percibía en aquel momento. Es muy revelador y actual el propósito
general de ese nuestro II Sínodo Diocesano que expresaba la autocomprensión de la Diócesis como: “Una Iglesia en camino sinodal que se comprende como pueblo de Dios en comunión, signo e instrumento del Reino, que anuncia la salvación en Cristo de todos los hombres y mujeres y se organiza para responder a los retos y desafíos de la sociedad”.


Estamos llamados hoy a este mismo movimiento, situándonos en fidelidad creativa al Espíritu, que
nos habla en los signos de los tiempos. Experimentamos un fuerte llamado a entrar en la dinámica
de discernimiento para descubrir por dónde quiere el Señor guiarnos, qué quiere suscitar y
favorecer en nosotros. Nuestra Iglesia Diocesana es una bella realidad en continua construcción y
pide nuestra implicación y corresponsabilidad para encaminarla según los designios amorosos de
nuestro Dios.


Toda la Iglesia se está situando también en este talante de discernimiento. El Papa Francisco nos
ha convocado a un nuevo Sínodo en torno al tema: Por una Iglesia sinodal, participación,
comunión y misión. Estamos ahora finalizando la fase diocesana. Nuestra Conferencia Episcopal
nos convoca a una Misión Nacional…


Está siendo una gran fuente de desafíos este contexto de pandemia. Nos ha introducido en una
situación de crisis que nos cuestiona, ha provocado rupturas y nos está llevando a un momento
clave para tomar decisiones. Se está forjando una nueva sensibilidad social, nuevas formas de
relacionarnos, notoria percepción de nuestra fragilidad que nos abre a expresiones genuinas de
cuidado mutuo, a la necesidad ineludible de la solidaridad para salir adelante juntos.


Se perciben fuertes urgencias en justicia social ante la mayor visibilización de la pobreza: reducir
desigualdades, restituir derechos a los más desfavorecidos, fortalecer las garantías sociales
consolidando la salud y educación de calidad para todos, forjar una economía social solidaria y
sostenible. Fortalecer la institucionalidad democrática con la oportunidad que nos ofrece ahora la
campaña electoral. Pacificar el país de tanta violencia, vencer discriminaciones y exclusiones,
estima de la vida y de la familia, de los valores culturales, cuidado de la Casa Común…
Se percibe una fuerte búsqueda de sentido aun en medio de una dinámica de secularización que a
veces pretende opacar a Dios de la vida pública, de ideologías que pretenden una reingeniería
social. En la Iglesia emerge también esa nueva sensibilidad que hace predominar lo afectivo
espiritual sobre lo normativo, el mayor protagonismo de los laicos, de las mujeres, la cercanía y
escucha de nuestra sociedad, la conciencia misionera para llevar la Buena Noticia del Evangelio a
tantos ya que viven inconscientes de ser amados por Dios. El Papa Francisco nos invita a forjar la
cultura del encuentro, a una ecología integral, a la fraternidad universal, a la amistad social…


En definitiva, estamos en un espacio público notoriamente transformado que demanda un nuevo
tipo de presencia por parte de la Iglesia, un nuevo estilo de misión. Entremos en un proceso de
discernimiento que se convierta en cultura habitual. El discernimiento es posible sólo como
experiencia fuerte de fe, personal y comunitaria. Es una actitud vital en atención al acontecer de
Dios en la historia, un acto de abandono, de escucha, de confianza en Dios, que guía a las personas, a los grupos y la historia. Mirada creyente y esperanzada que brota de la certeza de que todo es “Historia de Salvación”. Un estilo para aproximarnos a la realidad. La oración crea el clima
adecuado para el discernimiento, tanto a nivel personal como comunitario.

El discernimiento nos levanta, nos desacomoda, nos desinstala. Nos lleva a tomar decisiones
importantes. Nos dispone para lo nuevo, para lo insospechado. Recrea, reinventa al ritmo del
Espíritu. Debe ser pensado y decidido sinodalmente, en una dinámica que nos involucre a todos, el pueblo de Dios en la Diócesis de Alajuela. Un discernimiento como búsqueda conjunta de la
voluntad de Dios en todos los ámbitos de nuestra Diócesis, en las familias, comunidades, diaconías, parroquias, vicarías, para descubrir por dónde quiere el Señor que encaminemos nuestros pasos. Siempre al servicio de la misión que Cristo nos ha encomendado, la extensión del Evangelio, en disposición permanente a la conversión personal, pastoral, social y ecológica.


Hemos dado ya comienzo a esta dinámica de Discernimiento Diocesano propiamente en la pasada
fiesta de Pentecostés 2021. Nos guía como lema general: “Transfórmense mediante la renovación
de su mente, para distinguir la voluntad de Dios” (Cf. Rm 12,2), que hemos escuchado en la
primera lectura de hoy. En este año 2022, con el tema Signos de los tiempos, nos dejamos inspirar por el evangelio que acabamos de proclamar: “Interpretan el aspecto del cielo, ¿y no comprenden el tiempo presente?” Lc 12, 54-56. Voy a firmar hoy el decreto que convoca oficialmente al pueblo de Dios en esta amada Diócesis de Alajuela a esta dinámica de Discernimiento Diocesano.


¿Qué nos está pidiendo el Señor, como comunidad diocesana de Alajuela, al inicio del segundo
centenario? Retomemos el relato de nuestro caminar eclesial con las iluminaciones que hemos
percibido. Encontremos el pulso del Espíritu para favorecer, juntos, las dinámicas que puedan
testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar. Queremos estar enteramente
dispuestos y dóciles a su acción, siempre creativa, ilusionante, provocativa. Podremos así mirar la
realidad con los ojos de Dios, iluminarla desde el Evangelio, encaminarnos buscando su Reino.


Ven Espíritu Santo, origina en nuestra Iglesia Diocesana de Alajuela un «nuevo Pentecostés» para
renovar la fidelidad a nuestro Señor Jesucristo y encarnar sus designios de amor para nuestro
mundo. Caminamos unidos junto a María, nuestra Madre del Pilar, y su esposo San José

Fr. Bartolomé Buigues Oller, TC

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