Homilía en la Santa Misa del Día Nacional de la Juventud

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Hay momentos en la vida que permanecen para siempre porque experimentamos como Dios camina junto a nosotros. Estoy convencido de que este puede ser uno de esos momentos. Dentro de algunos años, cuando recuerden este Día Nacional de la Juventud, quizá no retengan cada palabra de esta homilía ni cada canto que hoy hemos elevado.

Sin embargo, deseo que ninguno olvide una certeza que nace de la Palabra de Dios proclamada en esta Eucaristía: el Señor conoce tu nombre, conoce tu historia y nunca ha dejado de caminar contigo. Aun cuando pensabas que estabas solo, Él sigue sosteniendo tu vida con una paciencia que muchas veces solo descubrimos cuando volvemos la mirada hacia atrás.

Muchos llegaron hasta este lugar después de recorrer largas distancias. Algunos salieron de madrugada; otros hicieron sacrificios económicos para poder participar; varios reorganizaron sus responsabilidades familiares o pidieron permiso en sus trabajos.

Todo ello habla de algo que no debemos pasar por alto. Hoy ustedes podrían estar en muchos otros lugares. La sociedad ofrece innumerables formas de ocupar el tiempo, de buscar entretenimiento o de llenar el corazón con experiencias pasajeras. Sin embargo, han elegido venir al encuentro de Cristo.

Hace unas semanas, en diálogo con los jóvenes españoles, el Papa León destacaba esta misma actitud, invitándonos a redescubrir el silencio para reconocer la voz de Dios. Muchas veces vamos con audífonos, música y distracción y no sabemos estar en silencio, pero es en la quietud donde Dios puede hablarnos.

En el silencio, decía el Papa, comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. Y la Verdad, queridos jóvenes, está aquí entre nosotros, es Cristo, nuestro Dios y Salvador. Que en medio de todo lo hermoso que compartan hoy no se les olvide dedicar tiempo a solas con Él.

Ustedes han venido para escuchar su Palabra, celebrar la Eucaristía y experimentar que la fe nunca se vive en soledad, sino como un camino compartido. Por eso, antes de cualquier otra palabra, quisiera decirles gracias. Gracias porque con su sola presencia desmienten la idea de que las nuevas generaciones ya no tienen espacio para Dios. Ustedes están aquí porque, quizá sin tener todas las respuestas, siguen buscando. Y mientras un joven conserve el deseo de buscar la verdad, la bondad y el sentido que Dios quiere para su vida, la esperanza seguirá teniendo un lugar en nuestra historia.

Las lecturas que la Iglesia nos propone para esta celebración parecen haber sido escogidas pensando en ustedes. Nos muestran a un Dios que entra en la historia concreta de las personas y las acompaña allí donde experimentan el miedo, la incertidumbre y la fragilidad. El Señor no habla desde lejos; lo hace desde dentro de nuestra vida.

La primera lectura nos conduce al corazón de esa experiencia. El profeta Isaías dirige sus palabras a un pueblo que había conocido el cansancio, la derrota y el destierro. Israel comenzaba a pensar que había sido olvidado por Dios. Sin embargo, el Señor sorprende a su pueblo recordándole algo que nunca debía olvidar: «Tú eres mi siervo; te he elegido y no te he rechazado». Solo después añade aquella expresión que atraviesa toda la Sagrada Escritura: «No temas, porque yo estoy contigo… Yo, el Señor, tu Dios, te tomo de la mano y te digo: no temas, yo mismo te auxilio».

Detengámonos en ese detalle. Lo primero que hace Dios es recordarle al pueblo quién es delante de Él. Antes del «no temas» aparece el «te he elegido». Esa es una enseñanza decisiva para nuestra vida espiritual. La fortaleza del creyente nace al descubrir que su identidad descansa en el amor de Dios y no en las circunstancias cambiantes de la vida.

Quizá esta sea una de las grandes heridas de nuestro tiempo. Vivimos en una cultura que con frecuencia hace depender el valor de la persona de aquello que produce, de la imagen que proyecta o del reconocimiento que recibe. El éxito parece convertirse en la medida de la dignidad. Y cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando fracasamos, cuando sentimos que no respondemos a las expectativas de los demás, corremos el riesgo de pensar que hemos perdido nuestro valor.

Queridos jóvenes, el Evangelio propone una lógica distinta. Ustedes valen infinitamente antes de haber logrado nada. Valen porque han sido amados por Dios desde siempre. Antes de que alguien creyera en ustedes, Dios creyó en ustedes. Antes de que pronunciaran una palabra, Dios ya había pronunciado su nombre con amor. Antes de cualquier mérito, existe una elección. Esa es la razón por la que ningún fracaso puede definir completamente la vida de una persona. El pecado no tiene la última palabra. Tampoco la tienen los errores, las heridas o las caídas. La última palabra la tiene siempre el amor de Dios, que permanece fiel incluso cuando vacilamos.

El Papa Francisco, que tanto amaba a los jóvenes, nos recordaba en su exhortación Christus vivit, que en todas las situaciones oscuras o dolorosas hay salida. Por eso, no pueden dejar que les roben la esperanza ni la alegría, o que los narcoticen para usarlos como esclavos de intereses ajenos.

Atrévanse a ser más, porque su ser importa más que cualquier cosa. No les sirve tener o aparecer. Pueden llegar a ser lo que Dios, su Creador, sabe que son, si reconocen que están llamados a grandes cosas. Invoquen al Espíritu Santo y caminen con confianza hacia la gran meta: la santidad. Así, como decía un joven santo como ustedes, San Carlo Acutis, no serán una fotocopia. Serán plenamente ustedes mismos. (CV, 107-108)

Pensamos hoy en tantos jóvenes que llevan en silencio preocupaciones que nadie imagina. Algunos han crecido en familias marcadas por el dolor de la separación; otros asumieron responsabilidades demasiado pronto porque las circunstancias los obligaron a convertirse en apoyo de su hogar. Hay quienes han debido abandonar sus estudios para trabajar; quienes buscan empleo sin encontrar oportunidades; quienes experimentan la incertidumbre de un futuro que parece cada vez más complejo. También están quienes luchan contra la ansiedad, la depresión, las adicciones o esa silenciosa sensación de no ser suficientes que tantas veces permanece escondida detrás de una sonrisa. Como Iglesia no podemos ignorar esa realidad. Sería fácil responder con frases hechas, pero el Evangelio nunca actúa así.

Fijémonos en Isaías. Dios se acerca. «Yo te tomo de la mano». Es una imagen profundamente humana. Todos hemos experimentado la seguridad que transmite una mano que sostiene en medio del miedo. Así actúa Dios. Camina con nosotros. Nos sostiene cuando las fuerzas parecen agotarse. Nos levanta cuando caemos. Y, muchas veces, lo hace a través de personas concretas: una madre, un padre, un amigo, un sacerdote, un catequista o una comunidad que se convierte en signo de su cercanía.

Si el Señor toma de la mano a su pueblo, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros? Sería una contradicción anunciar a un Dios cercano mientras mantenemos distancia de quienes más necesitan ser escuchados. Debemos reconocer con humildad que, en ocasiones, hemos esperado que los jóvenes comprendieran nuestro lenguaje sin esforzarnos por comprender el suyo. Algunas veces hablamos mucho sobre ellos, pero escuchamos poco lo que llevaban en el corazón. Otras veces corregimos antes de acompañar. Y cuando eso ocurre, el rostro de la Iglesia deja de transparentar el rostro de Cristo. Hoy quisiera decirles, con toda sinceridad, que queremos seguir aprendiendo a caminar con ustedes. No para rebajar las exigencias del Evangelio, sino para anunciarlo con la misma cercanía con que Jesús salía al encuentro de quienes buscaban una palabra de esperanza.

La pregunta del salmo prolonga esa misma imagen. Después de escuchar al Señor decir: «Yo te tomo de la mano», el salmista se pregunta: «¿Cómo podrá un joven andar honestamente?». No pregunta cómo alcanzar el éxito, cómo hacerse famoso o cómo acumular riqueza. Pregunta cómo caminar. Es la pregunta de quien comprende que la vida no es una carrera de velocidad, sino una peregrinación. Todos caminamos hacia alguna parte; la verdadera cuestión es quién guía nuestros pasos y cuál es la meta de nuestro camino. La respuesta del salmo es hermosa: «Te busco de todo corazón… En mi corazón escondo tus consignas».

Buscar a Dios de todo corazón no significa vivir alejados del mundo ni encerrados en una religiosidad que ignora la realidad. Significa permitir que la Palabra de Dios se convierta en el criterio desde el cual aprendemos a mirar la vida. Cuando el salmista dice que guarda la Palabra en su corazón, no está hablando de memorizar normas; está diciendo que ha encontrado una luz para orientar sus decisiones.

Apreciados jóvenes, nadie puede decidir por ustedes el sentido de su vida. Habrá muchas voces que intentarán hacerlo. Algunas les dirán que la felicidad consiste únicamente en el éxito profesional; otras, que basta con satisfacer los propios deseos; otras, que no existen verdades permanentes y que cada uno debe construir la suya. En medio de tantas voces, Cristo ofrece su palabra como quien conoce el corazón humano mejor que nadie. La libertad que Él regala no consiste en hacer cualquier cosa, sino en descubrir aquello para lo que fuimos creados. Por eso la Iglesia nunca ha visto los mandamientos como una cadena, sino como un camino de libertad. Quien ama de verdad la voluntad de Dios no pierde su libertad; aprende a vivirla plenamente.

Muchos de ustedes enfrentan preguntas complejas. Algunos buscan discernir su vocación; otros intentan descubrir cómo construir un futuro digno en medio de dificultades económicas; otros desean formar una familia estable después de haber crecido entre tantas fragilidades. Hay quienes sienten la presión de ambientes donde se ridiculiza la fe o donde parecería que vivir el Evangelio es una señal de debilidad. También están quienes, en el ámbito universitario o profesional, experimentan el desafío de mantenerse fieles a su conciencia cuando tantas corrientes culturales les dicen que la verdad depende únicamente de la opinión de cada uno. La Iglesia no desconoce esas tensiones. Precisamente por eso quiere ofrecerles algo que el mundo no puede darles: una esperanza fundada en Cristo y una comunidad que camina con ustedes.

Aquí quisiera detenerme en una afirmación que considero fundamental. La Iglesia no tiene miedo de los jóvenes. Al contrario, cree profundamente en ustedes. Cree en su capacidad de amar, de servir y de transformar la sociedad. Cuando la Iglesia habla de la juventud, no habla de un problema que deba resolverse, sino de un don que debe ser acompañado. Por eso sería una grave equivocación reducir la pastoral juvenil a la organización de actividades o encuentros. Todo eso es importante, pero no suficiente. Lo decisivo es ayudar a cada joven a descubrir la vocación que Dios tiene para su vida y que ese proyecto no disminuye su libertad, sino que la lleva a su plenitud.

La segunda lectura nos permite dar un paso más en este camino. San Pablo escribe a Timoteo con la ternura de un padre que contempla el crecimiento de su hijo en la fe. Sus palabras brotan de la experiencia de quien ha conocido las cárceles, las persecuciones y el peso de anunciar el Evangelio. Precisamente por eso conmueve escuchar cómo comienza su exhortación: «Reaviva el don de Dios que hay en ti». El Apóstol no le pide que invente una fuerza nueva ni que construya una fe distinta. Le recuerda que Dios ya ha sembrado en su corazón un don que necesita ser alimentado para no apagarse. Después añade una afirmación que también hoy resuena con extraordinaria actualidad: «Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza».

Qué importante es escuchar estas palabras en nuestro tiempo. Vivimos en una cultura donde el miedo adopta muchas formas. Está el miedo al fracaso, el miedo a quedarse solo, el miedo a comprometerse, el miedo a no responder a las expectativas de los demás, el miedo a mostrar la propia fe y el miedo a tomar decisiones definitivas. Poco a poco ese miedo puede ir estrechando el horizonte hasta convencernos de que lo más seguro es no arriesgar la vida por nada grande. Sin embargo, el Evangelio nunca ha sido el camino de quienes se conforman con una existencia pequeña. Cristo llama siempre a abrir horizontes, a confiar, a remar mar adentro, aun cuando las aguas parezcan inciertas.

San Pablo nos recuerda que el Espíritu Santo no forma personas temerosas, sino hombres y mujeres capaces de amar con generosidad y de mantenerse firmes en medio de las dificultades. Esa fortaleza nace de la confianza en Dios. El amor del que habla el Apóstol no es un sentimiento pasajero, sino la capacidad de entregar la propia vida. Y la templanza es esa libertad interior que permite gobernar el corazón para no convertirse en esclavo de las emociones, de las modas o de los impulsos del momento. ¡Cuánto necesita nuestra sociedad de jóvenes con esa fortaleza serena, capaces de permanecer fieles cuando tantos caminos parecen conducir en dirección contraria!

Sin embargo, san Pablo no se detiene únicamente en la fortaleza. Después de invitar a Timoteo a reavivar el don recibido, le recuerda algo que cambia completamente la perspectiva de la vida cristiana: «Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras o méritos, sino según su propia determinación y su gracia».

Con frecuencia pensamos que la vocación es solamente la decisión de ser sacerdote, religiosa o formar una familia. Pero antes de cualquier vocación particular existe una llamada mucho más profunda: la llamada a la santidad. Esa es la primera vocación de todo bautizado. Dios llama a cada uno a vivir una vida plenamente humana, plenamente entregada y plenamente abierta a su amor.

Jóvenes, no tengan miedo de hacerse esa pregunta. Tal vez sea la más importante de toda la vida: «Señor, ¿qué quieres de mí?». El mundo les preguntará constantemente qué quieren hacer con su vida. El Evangelio les invita primero a preguntar qué quiere Dios hacer en ustedes. Parece una diferencia pequeña, pero cambia completamente el horizonte. Porque cuando una persona descubre que su vida forma parte de un proyecto más grande que ella misma, deja de caminar sola. Descubre que cada talento recibido, cada experiencia vivida, incluso cada herida, puede convertirse en un lugar donde Dios realiza su obra.

Y llegamos finalmente al Evangelio. Jesús pronuncia estas palabras en un momento decisivo. Está hablando a sus discípulos antes de la pasión. Sabe que dentro de poco experimentarán el escándalo de la cruz, la dispersión y el miedo. No les oculta la verdad. No les promete una existencia fácil. Les dice con absoluta claridad: «En el mundo tendrán luchas». ¡Qué lejos está esta afirmación de cualquier promesa de éxito inmediato! El cristianismo nunca ha anunciado una vida sin cruz. Ha anunciado algo mucho más grande: que la cruz no tiene la última palabra. Por eso Jesús añade inmediatamente: «Pero tengan valor: yo he vencido al mundo».

Esta es, probablemente, la gran noticia que ustedes necesitan escuchar hoy. Cristo no dice: «Ustedes vencerán por sus propias fuerzas». Dice: «Yo he vencido». La esperanza cristiana no descansa sobre nuestras capacidades, sino sobre la victoria de Cristo resucitado. Esa victoria no elimina las luchas, pero cambia su significado. El sufrimiento ya no es un callejón sin salida; puede convertirse en un camino de crecimiento, de purificación y de encuentro con Dios.

Por eso quisiera decirles algo desde mi corazón de pastor. No permitan que las luchas que atraviesan definan su futuro. Ustedes son mucho más que sus dificultades. Son mucho más que sus fracasos. Son mucho más que las etiquetas que otros les hayan puesto. Son hijos de Dios. Y esa dignidad nadie puede arrebatársela. Habrá momentos en los que sentirán que las fuerzas se agotan. Pero recuerden las cuatro palabras que hoy la liturgia ha ido sembrando en nuestro corazón. Recuerden que Dios los toma de la mano. Que su Palabra ilumina el camino. Que el Espíritu reaviva el don recibido. Y recuerden, sobre todo, que Cristo ha vencido al mundo.

Dentro de unos momentos continuaremos celebrando la Eucaristía. Todo lo que hemos meditado encuentra aquí su plenitud. Sobre este altar contemplamos a Cristo que vuelve a entregarse por nosotros. El mismo Señor que dijo a Israel: «No temas», que inspiró al salmista a buscarlo de todo corazón, que fortaleció a Timoteo para anunciar el Evangelio y que prometió a sus discípulos la victoria sobre el mundo, se hace hoy alimento para nuestro camino. La Iglesia no vive de sus propias fuerzas; vive de este Pan. Y también ustedes encontrarán aquí la fuerza para seguir caminando cuando el entusiasmo disminuya y aparezcan las pruebas.

Al concluir esta celebración volverán al mismo mundo que hoy Jesús describía con tanto realismo, un mundo donde habrá luchas. Pero volverán también con una certeza nueva. El Señor camina con ustedes. Él seguirá tomando su mano cada vez que el miedo quiera paralizarlos. Seguirá recordándoles que fueron elegidos. Seguirá reavivando el don que sembró en su corazón el día de su bautismo. Y seguirá repitiendo, en medio de cualquier dificultad: «Tengan valor; yo he vencido al mundo».

Que la Santísima Virgen María, joven creyente que supo confiar cuando el camino parecía incomprensible, los acompañe siempre. Que les enseñe a conservar la Palabra en el corazón y a permanecer fieles incluso en la hora de la cruz.

Y que, cuando dentro de muchos años recuerden este Día Nacional de la Juventud, tengan presente, sobre todo, que hoy el Señor volvió a pronunciar su nombre y les recordó que quien camina de su mano nunca camina solo.

Amén.

Guápiles, Pococí, sábado 11 de julio, 2026

Mons. Javier Román Arias

Obispo de Limón

Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

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