«La Virgen acompaña al pueblo cristiano en las alegrías y en las penas»

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Homilía del Sr. Nuncio Apostólico Mons. Mark Miles

Fiesta y procesión de la Virgen del Mar, Diócesis de Puntarenas

12 de julio de 2026

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Es una alegría poder estar con todos ustedes en esta celebración de Nuestra Señora del Mar, como cariñosamente la llaman. Agradezco a Monseñor Óscar Fernández la invitación que me ha hecho y que me permite estar hoy aquí. Quiero también dirigir un saludo muy especial a todos los trabajadores del mar y a sus familias: pescadores, marineros, trabajadores de los muelles y a todos los que viven en el puerto. Ustedes conocen la belleza y también la dureza del mar, y la Iglesia reconoce con gratitud sus esfuerzos y sacrificios.

La Sagrada Escritura nos recuerda que muchos de los primeros discípulos del Señor fueron precisamente hombres acostumbrados a las redes, las barcas y las aguas. Cristo los llamó en medio de su trabajo cotidiano (Mt 4,18-22). Por eso la Sagrada Escritura nos presenta tantas escenas junto al llamado mar de Galilea: allí el Señor calmó las aguas agitadas y fortaleció la fe de los discípulos (Mc 4,35-41). Qué bonito ver cómo el Señor llega a nuestra vida ordinaria para llamarnos, para calmar nuestros miedos y orientarnos en medio de las tormentas de la existencia. En este puerto, donde el mar forma parte de la vida diaria, también resulta natural volver la mirada a la Santísima Virgen María, Señora del Carmen, a quien la tradición cristiana venera también como Estrella del Mar.

Haciéndoles sentir la cercanía de nuestro Santo Padre León XIV, quiero citar unas palabras suyas precisamente sobre la Virgen. Nos dice el Papa: “Desde la “barca de Pedro” contemplémosla a ella, Estrella del Mar, Madre del Buen Consejo, como signo de esperanza. Imploremos por su intercesión el don de la paz, el auxilio y el consuelo para los que sufren y, para todos nosotros, la gracia de ser testigos del Señor Resucitado” (Regina Coeli, 18 de mayo de 2025).

Estas palabras del Papa, nos recuerdan que la Virgen acompaña al pueblo cristiano en las alegrías y en las penas. Por eso hoy esta ciudad de Puntarenas se llena de gozo, como decía la segunda lectura de Zacarías: “Alégrate y goza, Sión, pues voy a habitar en medio de ti” (Za 2,14). La procesión que se va a realizar es un signo muy grande. Ver la imagen de la Virgen llevada en una embarcación por el mar y luego por las calles hace visible que el Señor está con nosotros y quiere bendecirnos y fortalecernos para todas las pruebas de la vida. Quienes contemplan esta procesión se llenan de ese gozo santo, de esa alegría que es un regalo de Dios. Qué tradición tan linda, que llena de esperanza a los pescadores, a los trabajadores del mar, a los sacerdotes, a los turistas y a todos los puntarenenses.

Y mientras vemos pasar la imagen de la Virgen, surgen nuestras muestras de cariño hacia nuestra Madre del cielo y también nuestras oraciones. Pedimos por los niños, por los jóvenes, por quienes están en el hospital, por el trabajo y por las familias. Pero, sobre todo, le pedimos que interceda para que el Señor nos bendiga con toda clase de bienes espirituales y celestiales (Ef 1,3). Ciertamente existen riquezas que no son materiales, porque muchas de las cosas más importantes y necesarias para la vida son invisibles. Estas realidades existen y lo reafirmamos en el Credo cuando decimos: “Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”. Piensen, por ejemplo, en la paz. No podemos ir al mercado y pedir tres metros de paz; necesitamos implorarla a Aquel que es el dueño de la paz. O pensemos en el amor: nadie puede comprarlo ni obligarlo. Y qué necesarios son para nuestra vida el amor, la paz y todos los dones que Dios nos concede para nuestra salvación.

Se llaman bienes espirituales porque proceden del Espíritu Santo y disponen el alma para participar en la vida divina. Todos estos dones se hacen visibles en Cristo, porque en Él hemos sido elegidos para ser santos e irreprochables en el amor (Ef 1,4). Y, de manera muy especial, como lo expresa la carta a los Efesios en la segunda lectura, Dios nos ha destinado, por medio de Cristo, a ser sus hijos para alabanza de su gloria (Ef 1,5-6).Qué gran regalo, todos esos bienes pueden resumirse en uno solo: Cristo mismo.

Por eso, como en la oración de la Salve, al ver pasar a la Señora del Mar digámosle: “Muéstranos a Jesús”, ella es la estrella del mar de nuestra existencia que nos lleva a Jesús, verdadero Sol de Justicia, del cual proviene toda luz. María volverá a llenarnos de esperanza haciéndonos sentir cercano a su Hijo, como si caminara otra vez junto al mar. Y también ella, como buena Madre, nos dará el consejo sabio de su corazón: “Hagan lo que Él les diga; cumplan la voluntad de Dios” (Jn 2,5). Por eso, en el Evangelio, ante la presencia de María, Jesús dice que quien hace la voluntad del Padre se convierte en familia de Dios, en hermano, hermana y madre (Mt 12,46-50). Y eso lo realizó la Virgen de una manera especial, porque, como dice san Agustín, ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno, respondió: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» ( San Agustín, Sermón 215, 4).

Hermanos y hermanas, Dios nos ha dado lo más grande que tiene, que es su Hijo Jesucristo (Jn 3,16), y en cada Eucaristía se renueva para nosotros este don inmenso. Cristo sigue viniendo a nuestro encuentro para fortalecernos con su Palabra y alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre (Jn 6,51). Pidámosle a la Señora del Mar que nos ayude a recibir a su Hijo con un corazón abierto y agradecido. Que Nuestra Señora del Mar interceda por el Reverendo Elimar Carvajal quien próximamente tendrá la responsabilidad de seguir los buenos esfuerzos de Mons. Oscar como Pastor de esta Diócesis.

Antes de concluir, deseo dirigir una palabra de gratitud a Usted, estimado Monseñor Oscar. Esta es una de las últimas grandes celebraciones diocesanas que le corresponde presidir, y el Señor le concede vivir este momento rodeado de mucha fe y fervor. La Nunciatura le agradece por su generosidad y su atenta colaboración en todo momento. Después de tantos años dedicados al servicio de esta querida Diócesis queremos hacerle sentir nuestro reconocimiento por su entrega y fidelidad a la misión que el Señor le encomendó. Que María, Nuestra Señora del Mar interceda siempre por nosotros y esta amada Diócesis de Puntarenas. Amén.

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