Mensaje de los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica: ¡Paz! un grito que urge ser escuchado en Costa Rica

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En la solemnidad del martirio de San Pedro y San Pablo, testigos valientes de la fe en Jesucristo, que entregaron su vida en medio de situaciones de violencia, los Obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica nos dirigimos al Pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad, ciudadanos de nuestro país, para reiterar nuestro llamado a un genuino y efectivo compromiso de todos, ante la ola de violencia en nuestro país.

Como Iglesia, somos conscientes de la gravedad de esta problemática que dolorosamente tiende a extenderse en el tiempo y en muchas direcciones, por lo que nos unimos al empeño de buscar caminos de unidad y de paz para enfrentar tan compleja situación. Proclamamos “que la violencia es un mal, que la violencia es inaceptable como solución de los problemas, que la violencia es indigna del hombre. La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano”.[1]

Miramos con dolor la gran cantidad de homicidios que se vienen acumulando, muchos de ellos tienen implicados a jóvenes, ligados al narcotráfico o a la delincuencia organizada. Se observa un agravamiento en la perversidad y capacidad organizativa con que se perpetran. Observamos una alta persistencia en los casos de violencia a lo interno de los hogares, donde mujeres, niños y adultos mayores son las principales víctimas.  A esto se agrega la violencia en los centros educativos, lugares de trabajo, en las carreteras y otros muchos contextos.

Hay una complejidad de factores involucrados en la violencia. No se distribuye de manera uniforme, ni social ni geográficamente. Se concentra sobre todo donde la vulnerabilidad expone a las personas a un influjo mayor de factores perjudiciales. En cada suceso, parafraseando al papa Francisco, queda en entredicho el proyecto de la fraternidad de la familia humana, puesto que alimenta la desconfianza que se manifiesta en la construcción de “muros”, para mantener la distancia con los demás (cf. FT 27) o incluso la anulación total del otro, como Caín y Abel, ante el grito de Dios: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9).

Es momento de preguntarnos ante este panorama: ¿vamos a normalizar los hechos de violencia aceptando que es inevitable? ¿Vamos a seguir admitiendo que el dolor de tantos hermanos se reduzca a simples datos estadísticos o a espectáculos mediáticos? Reconocemos que en nuestras comunidades hay grandes manifestaciones de bien, bondad y solidaridad que contrastan con tanto dolor. Creyentes y no creyentes deseamos condiciones sociales que nos permitan vivir dignamente y en libertad, vivir sin miedo.

Instamos una vez más a los servidores públicos de todas las instituciones de la República, a no escatimar esfuerzos para asumir las medidas pertinentes y atender a profundidad esta urgente problemática. En ese sentido, es necesario ejercitarse en “una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas» (cf. LS 181; FT 177). No es fácil, pero sí urgente, porque están sufriendo y muriendo nuestros hermanos.

Seamos conscientes de que las soluciones no son inmediatas y demandan la colaboración de todos. “La paz se construye día a día en la búsqueda del orden querido por Dios y sólo puede florecer cuando cada uno reconoce la propia responsabilidad para promoverla. Para prevenir conflictos y violencias, es absolutamente necesario que la paz comience a vivirse como un valor en el interior de cada persona: así podrá extenderse a las familias y a las diversas formas de agregación social, hasta alcanzar a toda la comunidad política” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia n. 495). 

Nos encomendamos a Nuestra Madre del cielo, Nuestra Señora de Los Ángeles, la Reina de la paz. Que interceda ante su Hijo, Príncipe de la paz, para que encontremos caminos que conduzcan a una sana convivencia que nos permita vivir en la dignidad de los hijos de Dios.

Dado en la sede de la Conferencia Episcopal de Costa Rica el 28 de junio, 2024.

† Javier Román Arias, Obispo de Limón, Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica.

† Bartolomé Buigues Oller, Obispo de Alajuela, Secretario General de la Conferencia Episcopal de Costa Rica.


[1] Juan Pablo II, Discurso en Drogheda, Irlanda (1979), 9; cf. Pablo VI, Exh. ap.Evangelii  nuntiandi, 37.

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