Llegamos al final de la primera formación diocesana en este año Jubilar, marcados profundamente por el lema que nos guía en este tiempo de gracia: “Peregrinos de Esperanza”. Es una invitación a contemplar nuestra vida cristiana como un camino en el que, como pueblo de Dios, avanzamos juntos hacia la plenitud de la vida en Cristo.
Un peregrino no camina sin rumbo, ni lo hace en solitario. Peregrinar implica asumir que somos un pueblo en marcha, sostenidos por la fe, animados por la esperanza y fortalecidos por el amor. En medio de las luces y sombras de nuestra historia personal, familiar y comunitaria, la esperanza nos asegura que, más allá de nuestras limitaciones, está el Señor que camina con nosotros. Él es nuestro compañero de viaje, nuestra fuerza en el cansancio y nuestra meta definitiva.
Este tiempo jubilar es una oportunidad para detenernos en nuestro caminar y reflexionar sobre la dirección que lleva nuestra vida. Es un momento para dejarnos renovar por el Señor, para redescubrir la alegría de ser Iglesia y para fortalecer nuestra identidad como discípulos misioneros. Este camino que emprendemos juntos no está exento de desafíos, pero cada dificultad es una ocasión para demostrar que la esperanza que viene de Cristo es más fuerte que cualquier adversidad.
Hoy, al concluir esta formación, los invito a abrazar con mayor compromiso la misión que el Señor nos confía. Como Iglesia diocesana, estamos llamados a ser signos vivos de esperanza en un mundo que muchas veces vive en la incertidumbre y la desesperanza. Nuestros hermanos y hermanas necesitan descubrir en nosotros testigos de la alegría del Evangelio, personas capaces de transmitir, con nuestras palabras y acciones, la certeza de que Dios no abandona a su pueblo.
Que este año jubilar sea para nuestra diócesis un tiempo de conversión personal y comunitaria. Que aprendamos a caminar juntos, superando divisiones, fortaleciendo nuestros vínculos como comunidad de fe y renovando nuestro compromiso con los más necesitados. Como peregrinos, estamos invitados a caminar con el corazón abierto, reconociendo que cada paso, por pequeño que parezca, nos acerca más al Señor y a los demás.
Los animo a vivir intensamente este año Jubilar en sus respectivas parroquias, a peregrinar a los templos que he declarado como jubilares, uno en cada vicaría, en los que pueden ganar indulgencias por los vivos y por los difuntos; a participar en los jubileos diocesanos para distintos grupos de personas; y si tienen posibilidad, a participar en el jubileo diocesano que tendremos en octubre en Roma y visitando los lugares significativos de la Virgen y de los santos patronos de nuestras parroquias. Dios mediante nuestra fiesta patronal a la Virgen del Pilar la viviremos en una misa junto al Papa Francisco.
Antes de despedirnos, quiero agradecer una vez más al Instituto Diocesano de Formación Pastoral por la preparación y ejecución de esta primera formación diocesana de este año. A todos les agradezco de corazón por su presencia y participación. Ustedes, junto a las distintas comunidades parroquiales que representan, son el rostro vivo de esta Iglesia diocesana, y su compromiso es el reflejo de la esperanza que queremos compartir. Sigamos adelante con alegría, confiando en que el Señor, que comenzó en nosotros esta buena obra, la llevará a término.
En este caminar, no estamos solos. Nuestra Madre del Pilar, Madre de la esperanza, es nuestra fiel compañera junto a su esposo San José. Ellos, que viveron su peregrinación de fe con valentía y confianza, nos enseñan a mirar más allá de las dificultades, a escuchar la Palabra de Dios con humildad y a responder con generosidad al llamado del Señor. Que ellos nos guíen y que intercedan por nosotros, para que nuestra Diócesis sea un signo de esperanza para todos.
Que la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y los acompañe en este camino de esperanza.



