Queridos hermanos y hermanas,
Día a día somos testigos del inmenso de dolor de miles de personas que huyen de
sus países buscando condiciones de vida dignas para sus familias.
En esta Jornada del Migrante y Refugiado el Papa Francisco nos invita a reconocer
que «Dios camina con su pueblo». Él está presente en cada migrante y refugiado
que, como el pueblo de Israel en el éxodo, huye de situaciones de opresión,
violencia, pobreza e injusticia para buscar un futuro de esperanza (Ex. 3,7-14). Los
migrantes y refugiados son una imagen contemporánea de este pueblo en camino,
de la Iglesia en camino y, al mismo tiempo, es en ellos y en todos nuestros hermanos
y hermanas vulnerables donde podemos encontrar al Señor que camina con
nosotros y entre nosotros.
El Señor no solo camina con su pueblo, sino que también se identifica con él en su
sufrimiento. “Fui forastero y me acogiste” (Mt. 25, 35-36), nos dice Jesús en el
Evangelio. Esta realidad nos desafía a reconocer en cada migrante y refugiado a
Cristo mismo, que nos llama a ensanchar nuestra tienda, a abrir nuestras puertas,
nuestros corazones y nuestras comunidades para acoger, proteger, promover e
integrar a nuestros hermanos y hermanas.
Costa Rica ha sido un crisol de culturas, un lugar donde personas de diversas
naciones han encontrado un hogar en búsqueda de paz, seguridad y mejores
oportunidades. La vida de los migrantes en nuestro país nos tiene que llevar a tomar
conciencia de que todos somos peregrinos en esta tierra, esto se ve reflejado en la
presencia de personas extranjeras que transitan por nuestro territorio. Según datos
de los organismos internacionales, entre enero y agosto de 2024, más de 250 mil
personas han llegado a nuestras fronteras. Por mes han llegado casi 32 mil
personas. Muchas de estas personas han sido acogidas en albergues, pero la
mayoría de ellos viven en el desamparo.
Como país de acogida, Costa Rica se ha beneficiado a lo largo de su historia,
también ahora y de muchas maneras, con la mano de obra extranjera, con el aporte
social y demográfico frente el envejecimiento de la población local. A pesar de que
se ha creído que son una carga para los costarricenses, los estudiosos han
demostrado que la contribución económica, social y cultural de las personas
migrantes es mayor que lo que le cuesta su atención al estado costarricense. Solo
Como creyentes estamos llamados a no ser indiferentes, a no volver el rostro, sino
a ser misericordiosos y discernir qué nos pide el Señor hoy. Por ello agradecemos
al Dios de la Vida por la respuesta generosa de tantas comunidades parroquiales,
congregaciones religiosas, grupos de laicos y laicas, hermanos de otras
denominaciones religiosas y organismos humanitarios que ofrecen su ayuda a los
migrantes y refugiados. Estos gestos de solidaridad nos recuerdan que la actitud
del seguidor de Jesús es ser misericordioso frente al dolor y la desesperación de
los hermanos y hermanas que han sido forzados a migrar, y nos invitan a redoblar
esfuerzos para vencer la indiferencia, la xenofobia y cualquier manifestación de
rechazo y comprometernos a acoger y proteger a nuestros hermanos migrantes.
Pedimos a nuestra madre, Nuestra Señora de los Migrantes, que interceda por
todos aquellos que han dejado su tierra en busca de una vida mejor, que su amor
de Madre les proteja, guíe sus pasos en este camino de esperanza y que nos
conceda, como pueblo costarricense, la gracia de acogerles solidariamente.
Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, Obispo Auxiliar Arquidiócesis de San José y Responsable Pastoral Movilidad Humana, CECOR
Pbro.Gustavo Meneses Castro, Secretario Ejecutivo
Pastoral Movilidad Humana, CECOR




