MENSAJE PARA EL TIEMPO DE NAVIDAD DE LOS OBISPOS DE LA CECOR: La paz y la justicia se abrazan.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado.(…) y se le da por nombre: «Príncipe de la paz». (Cfr. Is 9,5)

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Que la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con cada uno de ustedes y sus hogares en estos días de Navidad.

Navidad es un tiempo que conmemora el acontecimiento glorioso del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo en la carne y sus primeros pasos en la historia. En esa noche es cuando, con gran esperanza, resuena el canto angélico: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, a los hombres amados por él”! (Lc 2, 14). 

Deseamos que también hoy, en nuestros días, resuene este canto con mayor fuerza y fervor en nuestro país y en el mundo entero. Sin embargo, contrasta con una realidad marcada por el incremento de muchas formas de violencia, la cual toma su rostro más nefasto en los conflictos armados y guerras, que como varias veces ha dicho el Papa Francisco, constituyen una verdadera “tercera guerra mundial en pedazos”. Y también que “no existe sólo la violencia de las armas, existe la violencia verbal, la violencia psicológica, la violencia del abuso de poder, la violencia escondida de las habladurías” (Francisco, Discurso a la Curia Romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2022).

No podemos olvidar, en la búsqueda de la paz, que “no hay paz sin justicia”, pues, “la justicia y la paz se besan” (Sal 85). La paz, por tanto, solo puede conseguirse con la instauración de un orden querido por Dios, el cual comporta una justicia más perfecta entre los seres humanos (Cfr. GS 78). “La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia, virtud moral y garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes”. (San Juan Pablo II, 1 enero 2002).

La justicia no es una simple convención humana, porque lo que es «justo», no está determinado originariamente por la ley, sino por la identidad profunda del ser humano. (Cfr. Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 202). Exige, por tanto y, en primer lugar, reconocer al otro como persona, desde su concepción, hasta el desenlace natural de su vida terrena. Esto es particularmente importante hoy cuando se anteponen, al valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, los criterios de utilidad, de tener, o de ideologías deshumanizadoras. En este sentido es importante sensibilizar en la generosidad a las familias para recibir a los hijos y revertir así el “invierno demográfico” en que nos encontramos, garantizando, con ello, una proyección a futuro para las nuevas generaciones (Cfr. Sal 37,11.37).

El origen de muchas formas de violencia está ligado, la mayor parte de las veces, a la ausencia de justicia, en donde “las poblaciones excluidas de la distribución equitativa de los bienes, destinados en origen a todos, podrían preguntarse: ¿por qué no responder con la violencia a los que, en primer lugar, nos tratan con violencia?” (SRS 10).  El debilitamiento que vive nuestro país con respecto al contrato social, y que se evidencia en la terrible desigualdad social en todas sus expresiones, el empobrecimiento, la brecha educativa, las redes de narcotráfico, la falta de atención integral a la crisis migratoria y a poblaciones vulnerables (pueblos originarios, “gente del mar”, agricultores) y otras formas propias de la “cultura del descarte”, puede considerarse como una de las principales causas del aumento de violencia.

La paz que el Señor nos da, y que nace de la justicia, apunta a un bienestar total, a la armonía de la persona humana consigo misma, con sus semejantes, con la sociedad, el mundo creado y con Dios. No se reduce a la ausencia de guerra y violencia, sino que exige oportunidades equitativas para todos, garantizar el acceso a la salud y la educación de calidad, a la salud emocional tan afectada ahora; proteger a las familias y garantizar su estabilidad en bien de la sociedad; educar en la práctica de las virtudes que favorezcan la convivencia y nos enseñen a vivir unidos, caminando y construyendo juntos; dar respuesta a la búsqueda de sentido y a las necesidades espirituales.

Pero, aun así, la paz y la justicia pueden llegar a negarse a sí mismas, si no se abren a la fuerza más profunda que es el amor, a la acción de nuestro Dios y de su Reino, un Reino de justicia y paz (Cfr. San Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2004, 10). “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece”. (Mt 5,9-10).

Nuestro deseo como Obispos de Costa Rica es que, ante el Príncipe de la Paz que ha venido al mundo, erradiquemos de nuestros corazones todo impulso de violencia, busquemos la justicia y el amor en nuestras relaciones, para que brote la paz y construyamos una sociedad y una casa común más habitable y confortable para todos. 

Que María, Reina de la Paz y Madre del Redentor, atraiga sobre nuestro país un “nuevo Belén” donde haya paz para todos los hombres y mujeres amados por Dios.

JAVIER ROMÁN ARIAS, OBISPO DE LIMÓN y PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COSTA RICA

BARTOLOMÉ BUIGUES OLLER, OBISPO DE ALAJUELA y SECRETARIO GENERAL.

CONFERENCIA EPISCOPAL DE COSTA RICA.

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