Unidad, profecía y fe. Homilía de Mons. Laurentiu Dancuta en la Misa por el Día del Papa en Costa Rica.

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Excelencias, Altas Autoridades, Estimados amigos del Cuerpo Diplomático, Queridos hermanos y hermanas, Amigos todos,

Nos encontramos reunidos hoy para celebrar la Fiesta del Papa con motivo de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que adelantamos un día. Agradezco la presencia de todos Ustedes en esta celebración Eucarística: juntos rezamos por el Santo Padre, el Papa Francisco, por la Santa Sede, por Costa Rica y por el mundo. Y de manera especial los invito a ofrecer esta participación a la Santa Misa para la paz y la unidad en el mundo: que haya paz en el mundo, que haya paz en nuestra amada Costa Rica, que haya paz en cada familia y en cada corazón.

En la fiesta de los dos apóstoles, siguiendo la enseñanza del Papa Francisco (29 junio 2020), me gustaría compartir con ustedes tres palabras clave: unidad, profecía y fe.

Unidad. Celebramos juntos dos figuras muy diferentes: Pedro era un pescador que pasaba sus días entre remos y redes, Pablo un fariseo culto que enseñaba en las sinagogas. Cuando emprendieron la misión, Pedro se dirigió a los judíos, Pablo a los paganos. Y cuando sus caminos se cruzaron, discutieron animadamente. Eran, en fin, dos personas muy diferentes entre sí, pero se sentían hermanos, como en una familia unida, donde a menudo se discute, aunque realmente se aman. Pero la familiaridad que los unía no provenía de inclinaciones naturales, sino del Señor. El Señor Jesús no nos ordenó que nos lleváramos bien, sino que nos amáramos.

Es Él quien nos une, sin uniformarnos. Nos une en las diferencias como lo hizo con Pedro y Pablo.

La primera lectura de hoy nos lleva a la fuente de esta unidad. Nos dice que la Iglesia, recién nacida, estaba pasando por una fase crítica, como el mundo de hoy: Herodes aumentaba su cólera, la persecución era violenta, el apóstol Santiago había sido asesinado. Y entonces también Pedro fue arrestado. La comunidad parecía decapitada, todos temían por su propia vida. Sin embargo, en este trágico momento nadie escapó, ninguno abandonó a los demás, sino que todos rezaban juntos. De la oración obtuvieron valentía, de la oración vino una unidad más fuerte que cualquier amenaza. La unidad es un principio que se activa con la oración… La unidad de la familia, la unidad de un País, la unidad del mundo se activa con la oración, con dialogo, dialogo con Dios, dialogo con las personas.

Constatamos algo más: en esas situaciones dramáticas, nadie se quejaba del mal, de las persecuciones, de Herodes. Nadie insulta a Herodes ― mientras nosotros estamos tan acostumbrados a insultar a los responsables. Es inútil e incluso molesto que los cristianos pierdan el tiempo quejándose del mundo, de la sociedad, de lo que está mal. Las quejas no cambian nada. Hoy podemos preguntarnos: “¿Cuidamos nuestra unidad con la oración, nuestra unidad de la Iglesia, nuestra unidad en el País, nuestra unidad en el mundo? ¿Rezamos unos por otros?”. Por favor, pidamos hoy la gracia de saber cómo rezar unos por otros. San Pablo exhortó a los cristianos a orar por todos y, en primer lugar, por los que gobiernan (cf. 1 Tm 2,1-3)…  Es una tarea que el Señor nos confía. ¿Lo hacemos, o sólo hablamos, insultamos, y se acabó? Sólo la oración rompe las cadenas, como sucedió a Pedro, sólo la oración aplana el camino hacia la unidad y la paz.

La segunda palabra, profecía. Nuestros apóstoles fueron provocados por Jesús. Pedro oyó que le preguntaba: “¿Quién dices que soy yo?”. En ese momento entendió que al Señor no le interesan las opiniones generales, sino la elección personal de seguirlo. También la vida de Pablo cambió después de una provocación de Jesús: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). El Señor lo sacudió en su interior; más que hacerlo caer al suelo en el camino hacia Damasco, hizo caer su presunción de hombre religioso y recto. Entonces el orgulloso Saulo se convirtió en Pablo: Pablo, que significa “pequeño”. Después de estas provocaciones, de estos reveses de la vida, vienen las profecías: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt16,18); y a Pablo: «Es un instrumento elegido por mí, para llevar mi nombre a pueblos» (Hch 9,15). Por lo tanto, la profecía nace cuando nos dejamos provocar por Dios; no cuando manejamos nuestra propia tranquilidad y mantenemos todo bajo control. No nace jamás de nuestros pensamientos, no nace de nuestro corazón cerrado. Sólo quien se abre a las sorpresas de Dios se convierte en profeta.

Hoy necesitamos la profecía, pero una profecía verdadera: no necesitamos discursos vacíos que prometen lo imposible, sino de testimonios de que el Evangelio es posible. Y acá, en Costa Rica, hay muchos que dan testimonio del Evangelio. Para mí es un honor servir la Iglesia, la Santa Sede, el Santo Padre desde Costa Rica. El País de “Pura Vida” tiene algo especial y parece que atrae mucho la mirada y las gracias de Dios. Es un País de muchos profetas y milagros. Ustedes saben que dos de los santos más recientes y muy conocidos fueron declarados santos precisamente por las gracias recibidas de dos personas ticas. Juan Pablo Segundo y el joven Carlos Acutis intercedieron por milagros para gente de Costa Rica. Beato Carlos Acutis murió a solo 15 años, pero en todo el mundo se conoce su vida y su pasión por Jesús Eucaristía. Él fue un profeta y en todo el mundo se escucha su voz que decía: “Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias”.

Yo estoy seguro que hay muchos más milagros en Costa Rica, en la vida de todos acá reunidos. Milagros y santos. Pero para reconocer un milagro, necesitamos conocer a Cristo, necesitamos la fe. Y la tercera palabra es fe.

En el evangelio que hemos escuchado vemos representados dos modos distintos de conocer a Cristo. El primero consistiría en un conocimiento externo, caracterizado por la opinión corriente. Es decir, se considera a Cristo como un personaje religioso más de los ya conocidos. Después, Pedro responde con lo que es la primera confesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». La fe va más allá de los simples datos empíricos o históricos, y es capaz de captar el misterio de la persona de Cristo en su profundidad. La fe es un conocimiento interno, intimo. La fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios: tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Por eso, la pregunta de Jesús: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación con Él.

Queridos hermanos y hermanas, también hoy Cristo se dirige a nosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: «Y Ustedes ¿quién dicen que soy yo?». Respondámosle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón lleno de fe. Digámosle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.

Queridos hermanos y hermanas, Jesús profetizó a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Como el Señor transformó a Simón en Pedro y a Saulo en Pablo, así nos llama a cada uno de nosotros, para hacernos piedras vivas con las que pueda construir una Iglesia renovada, una humanidad renovada. Siempre hay quienes destruyen la unidad, rechazan la profecía, destruyen la paz y rechazan la fe, pero el Señor cree en nosotros y nos pregunta: “¿Tú, quieres ser un constructor de unidad, un constructor de paz? ¿Quieres ser profeta de mi cielo en la tierra?”. Hermanos y hermanas, dejémonos provocar por Jesús y tengamos el valor de responderle: “¡Sí, Señor, lo quiero!”. Quiero ser constructor de unidad y de paz, quiero ser profeta.

Nos encomendamos a la Virgen María, Reina de los Ángeles, para que ella nos acompañe siempre con su intercesión maternal y nos enseñe la fidelidad a la Palabra de Dios y a la Iglesia. Amén.

Mons. Laurentiu Dancuta, encargado de negocios, Nunciatura Apostólica en Costa Rica.

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