Este mes de la Vida y la Familia, es una ocasión privilegiada para volver la mirada al don más grande que Dios nos ha confiado: la vida humana y la familia. Toda vida es sagrada, amada y querida por Dios. Y la familia, fundada en el amor, es el primer santuario donde aprendemos a amar, a perdonar, a compartir la fe y a construir la esperanza.
Cada persona humana es un don precioso que nace del amor creador de Dios y está llamada a vivir en plenitud. Ninguna vida es insignificante, ninguna existencia carece de sentido, porque cada uno de nosotros ha sido pensado, amado y llamado por Dios desde toda la eternidad. Por ello, estamos llamados a acoger la vida, protegerla, promoverla y defenderla en todas sus etapas y circunstancias. Allí donde una vida es despreciada, herida o descartada, todos nos empobrecemos como sociedad; allí donde una vida es acogida y cuidada, florece la esperanza.
La familia, por su parte, es el lugar privilegiado donde la vida es recibida como bendición y donde aprendemos las lecciones más importantes de nuestra existencia: amar y dejarnos amar, compartir y perdonar, servir y confiar. En ella damos nuestros primeros pasos en la fe y descubrimos el valor de la fraternidad, de la solidaridad y del compromiso con el bien común. La familia continúa siendo una gran escuela de humanidad y una verdadera iglesia doméstica donde Cristo se hace presente en la sencillez de la vida cotidiana.
Somos conscientes de que muchas familias atraviesan momentos difíciles. La pobreza, la violencia, la falta de oportunidades, las migraciones, las divisiones familiares y la creciente soledad afectan la vida de muchos hogares. Nos preocupan también las heridas que experimentan tantos niños, adolescentes y jóvenes, así como el sufrimiento de quienes viven la enfermedad, la discapacidad o el abandono. Ante estas realidades, la Iglesia desea hacerse cercana, ofreciendo acompañamiento, consuelo y esperanza. Nadie debe sentirse solo en el camino de la vida.
El Evangelio nos recuerda que Jesús vino para que todos tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10). También hoy nos invita a ser custodios de la vida y sembradores de esperanza. La fraternidad que nace del Evangelio nos impulsa a construir relaciones más humanas y solidarias, capaces de vencer la indiferencia y el individualismo que tanto dañan nuestra convivencia.
Confiamos de manera especial nuestras familias a la protección de la Santísima Virgen María y de san José. Que ellos nos enseñen a custodiar el don de la vida con humildad y generosidad, y nos ayuden a construir hogares donde reine la paz, el respeto, el diálogo y la alegría del Evangelio.
Oro y doy mi bendición a cada una de nuestras familias.
Mons. Bartolomé Buigues Oller
Obispo de Alajuela



